¿Amigo o enemigo?

Cómo consideramos nosotros al tiempo

Por Evangelina Daldi

Aproveché que estaba sola y miré una de esas películas que la mayoría de los adultos no miraría: “Alicia a través del espejo”.

Alicia, en este caso, es el mismo personaje que se encuentra en “Alicia en el país de las maravillas”. En esta largometraje, ella se lanza hacia una nueva aventura en busca de conseguir ayudar a un amigo que está en problemas.

Al inicio de la película, en el marco de una conversación con su madre, Alicia maldice el paso del tiempo, se queja sobre él. Y dice una frase que tuvo gran impacto. No podría citarla tal cual la expresó porque no la recuerdo, pero fue algo así: “El tiempo es un tirano; un enemigo que nos va quitando todas las cosas de a poco”.

Alicia no es la única que piensa así. Muchas personas reniegan (renegamos) del paso del tiempo. Muchas mujeres (aunque no exclusivamente) se niegan a decir la edad. Las publicidades de cremas anti edad cada vez son más populares. Ni hablar de las cirugías estéticas. Muchos adultos (“bien adultos”) copian la forma de vestir de sus hijos o, en algunos casos, de nietos. Y muchos otros ejemplos más.

Parece que corremos una carrera que desde el principio sabemos que está perdida. Pero aún así hacemos mil malabares, incluso, muchas veces, engañándonos a nosotros mismos “para que no se note”.

La aventura de Alicia se torna como la de muchos de nosotros. Una preocupación constante por tratar de frenar el tiempo, por tratar de hacer la mayor cantidad de cosas posibles, por tratar de tapar la mayor cantidad de agujeros. Todo a “contra reloj”. Todo ya. Todo rápido. Porque sino perdemos tiempo. Porque sino la vida pasa. Porque sino, cuando nos queramos dar cuenta, la vida habrá pasado.

Y, lamentablemente, a este ritmo, logramos hacer lo que justamente queremos evitar a toda cosa: perdernos. Perdernos cosas, perdernos personas, perdernos momentos, perdernos vivencias.

Y esto quizá tenga que ver con la visión del tiempo que tenemos. Porque en nuestra mente está instalada esta carrera despiadadamente injusta, este sentido de la urgencia y del apuro. Porque sino pasa el tiempo, y a su paso arrasa con todo lo que encuentra: niñez, juventud, juegos, canciones, ropa de bebé, cuadernos, carpetas, bicicletas…

Pero tal vez sea tiempo de pararnos en otro lado. Y mirar la vida desde otra perspectiva. De aquella que nos permita disfrutar de todas esas cosas sin importar lo que dure. Dejar de preocuparnos por lo que vendrá, por lo que el futuro nos deparará tratando de aferrarnos a las cosas y a las personas “porque no sabemos cuánto durará”. En esta concepción hay un tilde de melancolía, de tristeza por lo “poco que va a durar” (aunque en realidad no lo sabemos).

Pero justamente podemos aferrarnos a la alegría y a la gratitud. ¿Por qué digo gratitud?

Alicia, al final de su aventura, dijo: “Ahora me doy cuenta de que estaba equivocada. El tiempo es un amigo, un amigo que nos regala cada segundo, cada minuto y cada hora”.

El tiempo es un amigo que nos presenta otro Amigo. El Señor nos regaló el don de la vida, no para ser vivida como una cuenta regresiva, sino como una que empieza hoy pero no se sabe cuándo terminará. No sabemos cuántos minutos tendremos, cuántas horas nos esperan o cuántos años viviremos. Pero cada uno de ellos que pasa es un regalo que merece ser bien vivido, merece ser bien disfrutado, merece ser bien aprovechado. Porque en esa carrera frenética es donde el tiempo se desperdicia.

Por eso debemos tomar la decisión de cómo vamos a vivir los segundos que nuestro mayor Amigo nos regale.

Y con esa alegría por el obsequio recibido alzar nuestros ojos y manos en gratitud, ofreciendo nuestra vida como una ofrenda que será bien vivida, con la mayor plenitud que podamos alcanzar.

Dejemos de mirar al bebé que pronto dejará de usar chupete; al hijo que pronto dejará de usar “rueditas”; a la niña que pronto cumplirá 15; al diploma que pronto ocupará la pared; a los cientos de personas que pronto vendrán a nuestros templos; a los grandes clientes que acudirán pidiendo nuestro servicio; a ese hombre o mujer que pronto llegará; a las puertas que pronto se abrirán.

Todo eso sucederá, sí. Pero quizá por un momento, miremos y disfrutemos el chupete que aún lleva el bebé, gocemos de nuestro hijo que anda en bicicleta aún con rueditas; relacionémonos más con esa que aún es una niña; disfrutemos del proceso de una carrera en la universidad; fortalezcamos y bendigamos a esas cuarenta personas que hoy asisten a nuestras reuniones; cuidemos a los clientes con los que hoy trabajamos; disfrutemos nuestra soltería que tiene tantas virtudes; miremos a las puertas que ya se abrieron y que nos trajeron bendición, y en gratitud digámosle al Señor: “Gracias Abba, por cada día nuevo, en donde tus misericordias se renuevan, que nos da la posibilidad de disfrutar y de tener una vida mejor. No importa el tiempo que me toque vivir, lo viviré todo como el gran don que ya me has dado”.

¡Muchas bendiciones!

Por Evangelina Daldi
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