Me gustaría comer contigo

Sentarnos juntos a la mesa trae amor

Por Brennan Manning

El escándalo que Jesús ocasionó en el judaísmo palestino del siglo I, el mundo cristiano de hoy no lo aprecia como debería. El sistema de clases se hacía cumplir con rigor. Estaba legalmente prohibido mezclarse con pecadores que estaban fuera de la ley, la prohibición de compartir una mesa con mendigos, prostitutas y recaudadores de impuestos no estaba en discusión en ámbitos religiosos, sociales y culturales.

Cuando Jesús comió con los recaudadores de impuestos, las autoridades religiosas también se enfurecieron porque “los recaudadores de impuestos se encontraban entre los más despreciables”.

Desafortunadamente, la sociedad occidental ha perdido en gran medida el interés por el significado de compartir una comida. En oriente, compartir una comida con alguien es un símbolo de paz, confianza, hermandad y perdón; aquella mesa compartida es la vida siendo compartida. Decirle a un judío ortodoxo: “Me gustaría cenar contigo” es interpretado como: “Me gustaría entablar una amistad contigo”.

Eso fue lo que Zaqueo oyó cuando Jesús le pidió que bajara del árbol y, a raíz de estas cosas, el hábito de Cristo de compartir la mesa generó comentarios hostiles desde los comienzos de su ministerio.

A los fariseos les llamó la atención que Jesús quisiera hacerse amigo de los marginados sociales. No solo incumplía la ley, ¡sino que destruía la mismísima estructura de la sociedad judía! “Al ver esto, todos empezaron a murmurar: ‘Ha ido a hospedarse con un pecador’” (Lucas 19:7). Pero Zaqueo, sin preocuparse demasiado por el respeto ajeno, se alegró enormemente.

A través de la comunión en la mesa, Jesús simbólicamente demostraba su visión del amor indiscriminado del Padre, un amor que hace salir el sol tanto en personas buenas como malas y hacer llover sobre honestos y deshonestos por igual (Mateo 5:45). La inclusión de los pecadores en la comunidad de los salvos, lograda en la comunión de la mesa, es la expresión más dramática del mensaje del amor redentor del Dios misericordioso.

Jesús reivindica el compartir la mesa con los pecadores y justifica su conducta revolucionaria ante aquellos que la critican cuando afirma que el amor del Señor por el pecador no tiene límites. “‘Lo que hago en palabra y obra —dice Él— representa la naturaleza y la voluntad de Dios’ (…) Así, Jesús afirma que en sus acciones se hace efectivo el amor de Dios por los pecadores arrepentidos”. Al establecer un  compañerismo de Él mismo con los pecadores, Cristo lo establece entre los pecadores y Dios. Jesús es constantemente consciente de que el Señor es amor, y esa es la base para hacer algo sin precedentes: socializar con los andrajosos. Esto implica mucho en la vida de adoración de la comunidad cristiana.

Los domingos de adoración son una expresión pública y en comunión del amor del Señor y del prójimo; cualquier acción de culto que se interponga en el camino del amor, se interpone en el camino del mismo Dios. Las celebraciones de alabanza y gratitud tienen como fin lograr lo que Jesús hacía al compartir la mesa: acción de gracias, paz, aceptación mutua, reconciliación, fraternidad. Cuando la comunidad de fe alberga rencores y alimenta resentimientos entre sus miembros, cuando crece la indiferencia por el otro, cuando abundan los grupos privilegiados y se refuerzan las líneas de división social, religiosa y étnica, el servicio de adoración alimenta, en lugar de destruir, las barreras que separan a la gente y disminuye la calidad de vida de la fraternidad. De este modo, la comunión se celebra indignamente.

Jesús va directo al grano: “Por lo tanto, si estás presentando tu ofrenda en el altar y allí recuerdas que tu hermanotiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí delante del altar. Veprimero y reconcíliate con tu hermano; luego vuelve y presentatu ofrenda” (Mateo 5:23-24). ¡Qué terrible cambio deprioridades religiosas! El tiempo de culto y adoración aDios está subordinado a la reconciliación con los hermanos;el valor de la alabanza en comunidad para Él (independientementede la calidad de la música, la efectividadde la predicación y del diseño imaginativo del escenario)se mide por la calidad de vida y el amor en la comunidad de fe.

Si solo podemos experimentar la compasión yla aceptación incondicional de Jesucristo si nos sentimosvalorados y apreciados por los demás, entonces es la mismísimafamilia de la Iglesia la que puede sanar el odio quesienten por sí mismos los divorciados, los alcohólicos, losinadaptados y los rechazados sociales cargados con desórdenesemocionales y mentales. La calidad de la presenciacristiana en la sociedad (no solo su relación con el Señorsino con sus hermanos y hermanas) es lo que Pablo llamó“discernir el cuerpo”. La calidez y la bondad, la actitud sin prejuicios y el amor  acogedor de los cristianos podría ser un conducto que lleve a que el poder sanador de Jesús opere en la vida de un hermano o hermana. Esta atractiva fusión entre la adoración y la vida es sinónimo de la comunión de Jesús en la mesa con los pecadores. Esto trae sanidad e integridad a toda la comunidad.

 

Por Brennan Manning
Tomado del libro: Destellos de Jesús
Editorial: Peniel

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