El cuarto día se hace esperar

Toda nuestra vida tiene un propósito eterno

Por Evangelina Daldi

El evangelio según san Juan, en el capítulo 11 relata la historia de la muerte de un hombre llamado Lázaro. Probablemente la mayoría de ustedes sepan la historia. Un hombre llamado Lázaro, muy amigo de Jesús, con dos hermanas, Marta y María. Cierto día, Lázaro cae enfermo, así que las hermanas le mandan un mensaje a Jesús para contarle esto, con la intención (por supuesto) de que el Señor sane a su hermano.

Cuando Él se entera de esta noticia, la Biblia dice: “…cuando oyó que Lázaro estaba enfermo, se quedó dos días más donde se encontraba”(v. 5). Extraño, ¿no? Había necesidad de urgencia, pero el Señor no tiene mejor idea que quedarse dos días más donde estaba. De hecho, la Palabra nos cuenta que Jesús llegó a lo de Lázaro cuatro días después de su muerte.

Cada vez que leo esta historia, no puedo evitar ponerme en la piel de las hermanas de Lázaro. Confieso que en su lugar me hubiese sentido enojada con el Señor. “Pero era tu amigo. Tenías que estar acá antes. Si tanto lo amabas, tendrías que haber estado acá y haberlo sanado. ¿Cómo es que te quedaste dos días más? ¿Acaso no pensaste en que te necesitábamos acá? Nosotros que siempre te servimos fielmente y que nos consideramos buenos amigos tuyos, somos buena gente, vamos a la iglesia regularmente y confesamos que somos cristianos…”.

Apareceese sentimiento de decepción, esa tristeza que nos invade cuando alguien tan querido nos falla… y más que nada cuando sentimos que Dios lo hace. No entendemos las razones, nos hacemos toda clase de preguntas y nos sentimos encerrados. Todo lo que creímos se cae a pedazos, nuestra fe parece tambalear, lo que cantábamos y proclamábamos parece pender de un hilo. Allí las cosas cobran otro sentido. Toda esa fe que decíamos tener, esa “proclama”, esos consejos que dábamos, esos versículos marcados en nuestra Biblia ahora no son lo que eran. Ahora es cuando hay que “salir a jugar”, cuando dejamos la teoría y debemos practicar todo eso que decíamos. No es fácil, por lo menos no para mí. La duda se hace grande, el miedo se agiganta, el desconcierto se vuelve protagonista, los cuestionamientos se levantan… todas esas cosas que en la cima de la montaña no están.

Y ahí es cuando tenemos que tomar una “difícil” decisión. Debemos tomar una decisión de silenciar todas esas voces y escuchar al Maestro: “Tu hermano resucitará”(v. 23).¿Qué harás?

¿Estoy hablando de la muerte? Sí, también. Esperabas, confiabas, tenías fe de que el Señor sanaría a tu padre, de que Él se glorificaría en tu amigo. Pensabas que Dios tocaría a tu hijo o se llevaría el cáncer de tu cónyuge. Pero eso no pasó. Y ese ser tan amado murió.

Pero también estoy hablando de forma genérica. Un sueño, un anhelo, una respuesta, una promesa. Un hijo que no llega; un emprendimiento que no levanta vuelo, la conversión de un ser amado; la promesa de que ese hombre o mujer llegaría a nuestra vida; la casa propia; el crecimiento de la iglesia; el templo nuevo; el trabajo que tanto necesitamos…

La decisión de qué harás es personal; nadie puede tomarla por vos. Al ring subimos solos. Al desierto entramos solos. Son nuestras luchas. Y por más que haya gente que ora por nosotros y nos ayuda con palabras de aliento, esa batalla es solamente nuestra.

Pero es justo ahí cuando podemos darnos cuenta de que nuestro Dios es el Invisible; aún cuando no lo vemos, Él está. Y nos dice al oído una y otra vez: “Tu hermano resucitará”.

Cerremos los ojos, entonces, pensemos en esa frase e imaginémonos ese sueño cumplido. Imaginemos hecho realidad eso que parece imposible. Porque todo es posible cuando tomamos la determinación de creerle solo a Dios que nos dice: “Tu hermano resucitará”. ¿Hay miedos? ¿Hay dudas? ¿Hay cuestionamientos? ¿Hay enojo? ¿Hay decepción? Puede ser… pero a pesar de todo decidimos hacer al Padre mucho más grande que todo eso, aunque nos cueste lágrimas. Él lo merece.

Y quizá sea justo cuando tomes esa decisión de creerle a Dios que te des cuenta de que en realidad, Jesús no quería sanar a Lázaro, no era su intención. El Señor quería resucitarlo. Puede que ahí veamos que Jesús decidió llegar adrede cuatro días: muchos judíos creían que los espíritus de los muertos se quedaban tres días alrededor del muerto. ¡Pero Jesús esperó que ese “espíritu se fuese bien lejos”!

Puede que con todo eso nos demos cuenta de que todo tiene un propósito, incluso la muerte, porque en realidad no todas nuestras historias terminan con resurrecciones. Puede que las cosas no salgan como esperamos, puede que salgan mal. Es allí entonces que nuestro desafío no es creer que las cosas resultarán como tenemos ganas, sino que el Señor hará su obra a su manera para su gloria. Y esto será tremendo. Nuestro desafío es creer que el propósito que Dios tiene para cada uno de nosotros es supremo y más glorioso del que nosotros mismos nos imaginamos.

No le tengas miedo a la demora. Piensa que esa tardanza puede ser porque el Señor tal vez está planeando un milagro mayor del que puedas imaginarte.

¡Hasta la próxima!
Por Evangelina Daldi
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