Tesoros humanos

Descúbrase a usted mismo

Por Wayne Cordeiro

Cada uno de nosotros es un alhajero, un recipiente con un tesoro, una vasija de barro llena de riquezas escondidas. Dios no dispuso que este tesoro quede enterrado. Jesús nos recuerda: “Hagan brillar su luz delante de todos, para que ellos puedan ver las buenas obras de ustedes y alaben al Padre que está en el cielo”(Mateo 5:16).
Dios ha colocado dentro de cada uno de nosotros un tesoro divino que quiere liberar. Cuando esas riquezas ven la luz del día, las personas ven el poder y el plan de Dios. Pero primero tenemos que adaptar nuestros ojos.
Si yo pongo un diamante muy costoso en una vieja bolsa de papel arrugada y la arrojo al pavimento, la mayoría de las personas directamente la pisaría o la arrojaría a la basura. ¿Por qué? Porque generalmente juzgamos lo que está adentro por el exterior. Es mucho más fácil ver la condición externa que el tesoro interior. Después de todo, vivimos en una sociedad que fomenta desmedidamente lo cosmético en lugar de lo auténtico. No obstante, el envoltorio no siempre expresa el verdadero valor del contenido.
El embalaje puede estar arrugado, roto o incluso sucio, pero su condición no abarata en lo más mínimo el valor de la joya. Podemos decir que la bolsa es estúpida o fea, pero aún eso no devalúa el tesoro interior. ¿Por qué? Porque el valor es intrínseco a la gema, prescinde de lo que alguien pueda pensar. ¡No cometa el error de confundir el alhajero con las joyas!
Eso es precisamente el error que cometemos mucho. Miramos lo que somos, mientras que Dios mira lo que podemos llegar a ser. Él conoce nuestro verdadero valor porque lo puso allí. Y solo liberamos ese potencial cuando comenzamos a ver las cosas como Él las ve.

Potencial sin explotar
Me pregunto: ¿se da cuenta de lo que hay en su interior?
Cada uno de nosotros lleva un tesoro en un vaso de barro. Dios diseñó que esas riquezas sean descubiertas y exhibidas para revelar su gloria, no la nuestra. El potencial incluye: poder sin explotar, sueños incumplidos, dones exhibidos, talento sin desarrollar, energía disponible, éxito no usado, todo lo que pueda llegar a ser, todo lo que quiere hacer.
El potencial no es lo que usted ya ha hecho. Siempre será lo que todavía no hizo. Imagine cómo sería el mundo si cada uno de nosotros viviera de lleno todo su potencial. ¿Cómo impactaríamos al mundo?

Contra viento y marea
Crecí en el Valle Palolo de la Isla de Oahu. Esa área vale poco y nada para Hawái, Albergues pobres, niños caprichosos, bandas rivales, sumado a su sospechosa reputación y posición en los niveles más bajos de la sociedad. El inglés estándar hace mucho que fue reemplazado por el pidgin, un dialecto local que fusiona el inglés con el idioma de Hawái, el japonés y el chino. El pidgin permite que la mezcla de habitantes se comunique. Ese fue mi hogar de la infancia.
Cuando tenía 7 años, lo que conocíamos como “familia” terminó en un abrupto divorcio. Poco tiempo después mi madre volvió a casarse, igual que mi padre. Pronto mi madre tuvo dos hijos más y mi padre uno. Me sentí feliz por ambos pero eso nos dejó a los cuatro “primeros niños de la familia” suspendidos entre dos nuevas familias.
Para darle tiempo a mi madre a adaptarse a su nueva casa, mi padre, un sargento del ejército, nos sugirió que lo acompañáramos a un viaje de tres años por Japón. Los militares acordaron pagar nuestros gastos. La aventura propuesta parecía tentadora, de modo que todos aceptamos ir.
Japón me suministró muchas experiencias que dieron forma a mi futuro. Por ejemplo, serví por algún tiempo en la iglesia católica local como monaguillo. Periódicamente acompañaba a un grupo de la parroquia a una actividad mensual en un orfanato. Al igual que el mejor alumno, me sentía atrapado por la compasión del grupo y movido por su sinceridad.
“Un día serviré a Dios como estas personas”, dije.
Los tres años pasaron velozmente y mi sueño fue barrido por la conmoción del regreso a los Estados Unidos, esta vez al desconocido Oregon. Poco después, mi padre se subió a un ómnibus que me llevaría a un internado católico.

Durante una larga escala de la estación de ómnibus, un hombre comenzó a conversar conmigo. Voluntariamente quiso pagarme el desayuno. Yo tenía hambre y estaba solo, de modo que acepté. En mi ingenuidad, no tenía idea de que sus intenciones no tenían nada que ver con el desayuno.
Llegué al internado al día siguiente, quebrado y confundido. Temiendo que sería sumamente expulsado si alguien descubría lo que había sucedido, reprimí la memoria y el dolor.
Me sentí aún más descorazonado cuando recibí la noticia de que mi madre estaba moribunda. En sus cartas me suplicaba que volviera a su lado, y relataba que había contraído un tipo de enfermedad de riñón que era mortal.
Le pedí a mi padre que me enviara a su casa, pero el sabor amargo del divorcio todavía corrompía sus decisiones. Él se negó.
Dos días después, recibí un telegrama: mi madre había fallecido.
Salí de la clase como un rayo. Le grité a Dios, lo culpé por haber permitido tal crueldad. Golpeé el puño en la corteza de un árbol hasta que mis nudillos sangraron. En ese momento, tomé dos decisiones: odiar a mi padre por su egoísmo y darle la espalda a Dios por su apatía.
En los años siguientes comencé a sumergirme en las drogas. Pronto comencé a robar. Después del segundo año, no pude esconder más mis actividades ilegales y fui expulsado. Finalmente me escapé de casa y me mudé, y comencé a tocar en una banda de música.
No obstante, la música no pudo apagar el silencioso sueño dentro de mi corazón, sobre lo que podía ser para Dios. A pesar de la turbulencia, ese sueño rehusó liberarme. ¡Los sueños son tenaces y ferozmente fieles!
Me pregunto: ¿qué hay dentro de usted? No mire el envoltorio. ¿Qué tiene adentro? No malgaste su vida simplemente preguntando. Le ha sido confiado un magnífico destino.
Por Wayne Cordeiro
Tomando del libro:
Deje volar sus sueños
Peniel

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