No pierda esta oportunidad

Llame a Jesús con todas sus fuerzas

Por Heath Adamson

Hay una historia en Marcos 10:40-52 que me llama la atención cada vez que la leo porque demuestra la importancia de un momento. En este pasaje, un ciego estaba sentado fuera de las puertas de Jericó, la ciudad donde los muros habían caído sobrenaturalmente cientos de años antes (Josué 6). La historia de esta batalla había sido trasmitida por generaciones, como evidencia de la mano soberana de Dios. Nada era imposible para Él. Pero mucha gente se había olvidado. Una ciudad de muros quebrantados se había convertido en una ciudad de gente quebrantada. Este mendigo ciego era uno de muchos.

Póngase en el lugar del ciego. Usted se encuentra inmerso en la evidencia tangible de que Dios es real, de que Él puede hacer milagros, y sin embargo, usted está ciego. Muchos de nosotros podemos identificarnos. Sabemos que Él está en medio de nosotros y creemos que Él puede hacer todas las cosas; sin embargo, las circunstancias parecen contar con una historia diferente. Sabemos que Él es poderoso, pero no vemos su poder en nuestra vida.

Por lo general, los que no podían trabajar se ponían en las puertas de la ciudad donde habría una gran cantidad de transeúntes a los que les podían pedir monedas. Esta era probablemente la rutina diaria para este hombre. Pero en este día particular, él oyó que Jesús venía. Así que, desesperado por un toque sanador, comenzó a llamarlo en voz alta.

El ciego nunca se había encontrado con Jesús, por lo que no reconocería el sonido de su voz ni tendría ninguna otra forma de identificarlo. Cuando él llamó a Jesús, lo único que puedo asumir es que lo hizo en varias ocasiones, una y otra vez. La Escritura incluso dice: “Y muchos le reprendían”, pidiéndole que dejara de gritar. Pero el hombre seguía clamando.

Imagine la desesperación; o tal vez no tiene que imaginarla porque usted la ha sentido también. La desesperación nos llama a abrirnos paso a través del ridículo y la acusación de los que nos rodean, por la esperanza de un único encuentro con el Salvador.

Algunas personas pensaron que este mendigo estaba atrayendo demasiada atención. Otros consideraron que perturbaba la tranquilidad. Incluso algunos pensaron que estaba distrayendo a Jesús de algo más importante. Aun así, el mendigo continuó clamando. A veces, nuestra disposición a ser incomprendidos por los que nos rodean se convierte en nuestro punto decisivo para un encuentro con lo divino. Si vamos a ser criticados o acusados de algo, que sea de que nos negamos a perder un momento en el que Jesús está presente.

El mendigo no se dejó influir por la multitud, y afortunadamente, Jesús tampoco. Jesús nunca lo hace. Sin embargo, Él es influido por las voces de aquellos que claman a Él. ¿Puede cambiarse la mente de Dios? La Escritura es clara en que la mente de Dios no cambia; sin embargo, su corazón es influenciado. Cuando mencionamos su nombre, ya sea que estemos de camino a Jericó, en una cafetería, sentados en la clase o en el auto, Él siempre contesta a nuestro llamado.

Finalmente, Jesús pasó por allí, y el hombre llamó su atención. Jesús se detuvo y escuchó. Entonces Jesús preguntó: “¿Qué quieres que haga por ti?”. El hombre respondió: “Rabí, quiero ver”. Pero la Escritura registra que Jesús le dio ommata al hombre, una palabra que Platón utilizó poéticamente para describir los ojos del alma: visión espiritual. El hombre pidió sanidad física, y Jesús respondió de una manera espiritual.

A veces, cuando nos encontramos con Jesús, pensamos que queremos que Él nos satisfaga una necesidad física, pero él elige responder satisfaciendo una necesidad espiritual. Aun cuando Jesús nos da un cheque en blanco, “¿Qué quieres que haga por ti?”, la cosa más grande que deseamos es nada comparado con lo que Él quiere ofrecernos. Él siempre está más preocupado por nuestras necesidades espirituales que por nuestras necesidades físicas. Él siempre supera nuestras expectativas, cuando se lo permitimos.

No puedo dejar de preguntarme qué habría ocurrido si el ciego se hubiera sentido demasiado avergonzado o demasiado incómodo por clamar a Jesús ese día. Basados en las Escrituras, sabemos que Jesús nunca pasó nuevamente por aquí. Algunas oportunidades solo se nos presentan una vez. Si no las aprovechamos, no lo podremos hacer nunca. Las perderemos para siempre.

Es ahora

¿Ha pensado usted alguna vez en cómo nuestras oportunidades de encontrar a Jesús o de despertar a las realidades del cielo, podrían estar limitadas? De forma general, nosotros no vivimos nuestra vida cotidiana de esta manera. Nos despertamos por la mañana y pensamos cómo terminar el día. Pensamos en tomarnos una taza de café y a qué hora tenemos que salir para llegar a la oficina a tiempo. Pensamos en qué ropa nos pondremos ese día y si necesito una camisa planchada.

Independientemente de cómo usted pasa sus momentos, ¿está considerando que este momento nunca vendrá de nuevo? ¿Está administrando sus momentos de forma que reconozca lo preciosos que son, y que este momento podría ser todo lo que usted tiene?

Cada momento es una oportunidad para experimentar su gracia, su amor y su poder transformador. La zarza siempre arde y la tierra es siempre santa. Cuando nos despertamos a esta realidad, encontramos cierta paz en medio de nuestras tormentas. Llegamos a conocer a Dios y a nosotros mismos más plenamente. Él imparte vida en nuestro lugares muertos.

Cuando empezamos a pensar en Jesús de esta forma, no necesitamos tácticas de miedo como: “¿A dónde irás cuando mueras?”. Con cada momento que pasa (cada segundo único e insustituible), Jesús le ruega que experimente la plenitud de su amor. Con esto en mente, usted no querrá perder la oportunidad, ¿verdad?

Si usted tiene recuerdos de momentos perdidos, no permita que el ruido de la multitud impida que usted clame a Jesús. No necesita una explicación para su condición. Usted solo necesita conocer su nombre. No deje que la culpa o la vergüenza frustren la conversación que Él trata de tener con usted. Deje que la convicción penetre. Deje que Él le llame hija o hijo. Él lo llama por su nombre completo. Sus misericordias son nuevas cada mañana.

Por Heath Adamson
Tomado del libro: La zarza siempre arde
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