Hablemos sobre deudas

Aprender cómo debemos manejar nuestra economía

Por Ana Cortés

He salido de deudas infinidad de veces y he vuelto a caer en ellas. Ahora ya estoy mucho más consciente de la realidad y por eso trabajo día a día para mejorar en esas áreas. Lo cierto es que de acuerdo con mi experiencia, existen dos tipos de deudas: las ignorantes y las creativas.

Las deudas ignorantes son las que tienen la mayoría de las personas. Es decir, son aquellas deudas que se asumen por cosas que no les producirán ningún beneficio en su vida financiera. Para presentar un ejemplo, piensa en todo lo que compraste que no pone dinero en tu billetera. La televisión, el auto, los muebles… Todos esos son pasivos, es decir, no ponen dinero en tu cuenta bancaria. Podemos también mencionar las deudas por tarjeta de crédito.

Las deudas ignorantes son las que adquirimos sin saber siquiera cómo vamos a cubrirlas. Yo suelo decirle a mi esposo: “Si vas a usar la tarjeta, entonces vas a producir esa cantidad de dinero extra para pagarla, porque todo lo demás ya está destinado para algo”. La mayoría de las personas usan las tarjetas y piensan que pagarán con lo que ya ganan; lo cual, por cierto, en la mayoría de los casos ya también se debe.

He conocido personas con muy buenas intenciones que terminaron dejando su casa porque compraron una que desde el principio no era la adecuada para sus finanzas. No contaban con un plan para producir más dinero, ni tenían un plan financiero personal o familiar. Aun así, se lanzaron en esa aventura comercial. Y la mayoría de ellas ni siquiera asumen la responsabilidad. Es decir, le echan la culpa al que les vendió la casa, al banco, al gobierno, bueno, al que se les pare enfrente. No se dan cuenta de que solo en casos de fraude, ellos debieron haber previsto altas y bajas en “su” propia economía. El pago de tu casa no debe ser mayor al 35% de lo que generas. Y si quieres que sea más, tienes que producir más; el dinero no aparecerá de forma mágica.

Vínculos con la depresión

Sé que miles de mujeres y hombres se encuentran en depresión, aturdidos por la sensación de que no podrán salir de la situación financiera en la que se encuentran. No obstante, debemos saber que siempre hay maneras para estar libres de la estrechez económica; solo hay que aprender a tomar decisiones acertadas, que impliquen más el futuro y menos las emociones. Esto que les digo, yo misma tuve que aprenderlo a través de la misma experiencia personal. Entre el año 2000 y 2004 hice mucho dinero. La verdad es que no tenía ni idea de lo que era invertir de una manera inteligente, así que acabé despilfarrándolo todo. Me endeudaba, después usaba mis tarjetas como alguien que sabe lo que hace. Pero en realidad, yo no sabía nada de cómo funcionaban las cosas.

Te voy a narrar cómo decidí aprender a usar las tarjetas de crédito. Esta experiencia fue muy estresante; sin embargo, la enseñanza que recibí de quien más amo no me dejó otra alternativa sino que aprender a usarlas de la forma correcta.

En el año 2004, mi exesposo se quedó sin empleo. Vivíamos todavía en México; y a mí no me pareció un problema porque yo tenía mis empresas y me iba muy bien.

Descubrí algo que no había notado antes: hasta entonces él era quien en realidad pagaba todo en la casa: la hipoteca, la luz, el agua, el teléfono, la comida, etc. Yol solo pagaba mis tarjetas, a veces el colegio de mis hijos y todo lo demás lo despilfarraba. Cuando empecé a cubrir todos los gastos, entendí que cada vez resultaba más complicado pagar las tarjetas. Antes de esa situación, ese pago no parecía tan difícil.

Aquello comenzó por estresarme. Por si fuera poco, tres de mis clientes más fuertes cerraron sus plantas en México y se fueron a China. Además, mi exesposo, en un gesto de ayuda, decidió vender el flamante automóvil que yo le acababa de comprar en efectivo hacía apenas tres meses. Entonces, una persona que decía ser nuestro amigo, nos dijo que él nos lo compraría para ayudarnos. Así que nosotros le dimos las llaves y él nos dio un cheque. Hasta el día de hoy no hemos visto ni un solo peso de ese cheque. Nos defraudaron. Esto trajo más estrés a mi mente; peleaba con mi exesposo, con mis empleados; en verdad, cavaba un hoyo profundo y no sabía ni cómo. No hacía más que presenciar cómo día a día las deudas en las tarjetas seguían creciendo y no importaba cuándo abonara, el mes siguiente las deudas eran más grandes.

Por esa época, teníamos un automóvil pequeño que a lo sumo valdría en el mercado alrededor de unos cuatro mil quinientos dólares. Un día me dijo: “Bueno, los bienes son para remediar los males”, así que decidí poner el automóvil en venta. Yo debía en total cinco mil dólares a la tarjeta de crédito (solo una, gracias a Dios). Pensé: “Bien, si vendo el auto por cuatro mil quinientos, puedo conseguir los otros quinientos y listo, me quito este dolor de cabeza de encima”.

De manera que al día siguiente, puse en venta el auto. Al poco tiempo vinieron tres personas. Miraban el carro, pero no se animaban. Y ya sabrás que mientras más gente venía a ver el auto y no cerraban el trato, yo me molestaba más, me frustraba, y mi tolerancia y fe estaban por los suelos. Esa noche (con la desesperación a flor de piel) hice un pacto con Dios. Le dije: “Padre, al primero que venga mañana con deseos de comprar el auto se lo venderé. Así que asegúrate de que traiga todo el dinero”. Siempre hago este tipo de pactos con Dios. Y me funcionan muy bien, aunque normalmente, no lo hace exactamente como yo quiero, a mí solo me toca confiar, y ahora te explicaré por qué.

Al otro día, cuando llegué a mis oficinas a las siete y treinta de la mañana, me encontré con que me esperaba un joven para ver el automóvil. Lo vio, lo manejó un instante y lo examinó minuciosamente. Luego me preguntó: “¿Cuánto cuesta?”. Con mi sonrisa en la boca le dije: “Cuatro mil quinientos dólares”. No dijo nada. Solo siguió mirando el carro. Yo estaba tan ansiosa que quería saltarle encima de la desesperación. Lo único que quería escuchar era: “Aquí está el dinero, ¡muchas gracias!”. Así que me acerqué y le dije: “¿Cuánto tienes? Lo que tengas en este momento está bien”. A lo que él contestó: “No, es que no traigo mucho. Solo traigo lo de mis ahorros de trabajar en el verano”.

Al oír sus palabras, ya no me agradó tanto la idea. Sin embargo, yo había hecho un pacto la noche antes, de modo que le pregunté:

¿Te gusta? ¿Lo quieres?

Sí  me dijo.

Está bien. Dime cuánto traes y el auto es tuyo. Lo máximo que puedas, no importa.

Un poco sorprendido me dijo:

Pero es que solo tengo dos mil quinientos. Le aseguro que es todo lo que tengo en el bolsillo. Incluso no tendré para comer en toda la semana.

¡Oh, Dios mío! Se me resecó la garganta. Me retiré de donde él estaba. En ese momento, mi secretaria se encontraba en la recepción, la miré de reojo y le di las siguientes instrucciones:

Alejandra, arregla todo lo necesario con este muchacho, se va a llevar el auto.

Ella me preguntó:

¿Por cuatro mil quinientos dólares?

Yo volteé a mirarla con una expresión que podría fulminarla, mis ojos llenos de rabia y a punto de llorar le dije:

No. Por dos mil quinientos solamente.

Solo alcancé a escuchar “peeeero…”, mientras yo me apresuraba a subir las escaleras que conducían al segundo piso del edificio, donde se hallaba lo que yo llamaba mi cueva. A toda prisa entré a mi “cueva”, cerré la puerta y comencé a llorar, me puse a gemir de forma casi audible, y a pelear con Dios.

Claro, si yo había hecho un pacto con Él, ¿cómo se atrevía a romperlo? ¡Yo necesitaba todo el dinero para cubrir la deuda de la tarjeta! Bueno, por descuido la fui llenando hasta le tope. ¾Dios, ¿acaso no funciona como una varita mágica?. De repente, escuché que tocaron la puerta. Era mi secretaria que me pedía que firmara los papeles para cederle el auto al joven.

Las circunstancias en las que se encuentran la mayoría de las familias en Latinoamérica son difíciles. Tienen solo para sobrevivir día a día; sin embargo, eso se podría subsanar si hicieran un plan realista de vida y finanzas, y decidieran seguir hacia delante sin importar los cambios requeridos en sus hábitos. Desgraciadamente, por idiosincrasia pensamos que la vida es así, y que no importa lo que hagamos no tendrá ningún impacto en nuestras finanzas.

No es fácil evitar las deudas ignorantes como en las que me encontraba. Para no caer en esa trampa es necesario instruirse, querer cambiar e incluso, en muchas ocasiones, cambiar de amistades. Con Creadores, mi organización, tenemos clubes de educación financiera por todo México, y ahora estamos abriendo en países como Perú, Colombia, Venezuela, Chile, Argentina y muchos más.

Bueno, firmé los papeles y le pedí a mi secretaria que hablara a la empresa de la tarjeta y les dijera que ese mismo día se liquidaría todo lo que debíamos, que nos dijeran cuánto era y nosotros efectuaríamos el pago. Recordar mis palabras ahora me causan gracia; yo sabía con toda certeza cuánto era lo que debía. No sé en qué pensaba cuando le pedí que llamara.

Mi secretaria entró para decirme con voz de urgencia: “Dicen los de la tarjeta que si hoy pagamos dos mil dólares, ¡hoy mismo dan por liquidada la deuda! Así que aún le sobran quinientos. ¿Qué quiere hacer con ellos?”.

De inmediato lloré aún más de lo que lo hacía en ese momento. Entonces me fui a casa. Lloré hasta desahogarme y mientras lo hacía, decidí que aprendería de finanzas, porque no podía desperdiciar esta oportunidad que Dios me daba. Sí, Él siempre supo que yo solo necesitaba dos mil dólares para liquidar mi deuda y hasta me dio quinientos demás. La cuestión es que todo eso me sucedió por utilizar las tarjetas de la manera menos adecuada, para comprar cosas que no necesitaba.

Deudas creativas

Estas deudas son de las que te tienes que empapar y aprender cada día más. Ellas son en realidad inversiones. Esto se aprende en la carrera de la vida. Solo sé precavido, rodéate de personas que tengan experiencia, sé humilde al aprender, acuérdate de que todos tenemos diferentes niveles de éxito y que todos tenemos algo que enseñar a los demás y también algo que aprender.

El reto se presenta cuando comienzas a ahorrar; debes evitar a toda costa la tentación de inventar en tu mente cosas en las que pudieras gastar tu dinero, pues siempre vas a encontrar algo en qué gastarlo. Tienes que aprender a invertir. Recuerda que para ser una persona de éxito en las finanzas, tienes que aprender a controlar tus emociones y comprometerte con tu futuro. Tienes que desarrollar un carácter que tenga características que te ayudan a crear abundancia, no escasez.

Por Ana Cortés
Tomado del libro: Cruza el puente de tus finanzas
Editorial: Grupo Nelson

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