Una reflexión personal

El peligro de que haya más verdad

Por Evangelina Daldi

A diferencia de otras veces, esta editorial no propone ningún desafío. Ni para mí, ni para ustedes.

Estas palabras, vale la temprana aclaración, son para la mera reflexión que, gracias a publicarla en este medio, hago públicas. ¿Son duras? Puede ser. Espero que sean bien recibidas por aquellos que sigan leyendo. Verán que si hay algo que aquí no habrá es condenación.

Me pregunto si a nosotros, los cristianos, no nos vendría bien un poco más de verdad en nuestra vida.

Por momentos percibo que nos hemos metido en un mundo de fantasía, que vivimos la mayor parte del tiempo en una vidriera en donde exponemos solo aquello que imaginamos que los demás quieren ver ( y solo lo que nosotros nos animamos a mostrar). A esto muchos lo llaman “testimonio”; puede ser, no sé. Quizá este sea otro tema.

Nos han impuesto y nos hemos impuesto, ambas cosas juntas, un estereotipo de vida cristiana por momentos muy alejada de la realidad del lunes por la mañana cuando suena el despertador. O del miércoles a la noche cuando en la intimidad del hogar nos sentimos agobiados. O del sábado por la noche cuando nos juntamos con amigos y enfrentamos tentaciones varias. O el jueves por la mañana mientras discutimos fuerte con nuestra esposa.

Todas esas son cosas de las que poco (o nada) podemos hablar, si son personales, claro. No están bien vistas. Somos juzgados y juzgamos. Seríamos señalados y señalaríamos. Hablarían de nosotros por atrás, y hablaríamos de otros por atrás. De hecho, lo hacemos.

No se habla de problemas matrimoniales (y mucho menos si formamos parte del liderazgo, como si esto representase algún tipo de categoría superior con requerimientos varios). No se habla de pornografía, ya que es algo que “no existe”. ¿Dinero? “Es para el Señor”. Las tentaciones extramatrimoniales le pasan a “la gente mundana”. Las drogas en el seno familiar generalmente no producen compasión, sino lástima por aquella familia que no forma parte de nuestro círculo. Y así podríamos estar hojas y hojas.

No sé por qué nos cuesta tanto enfrentar la realidad. No sé por qué nos prestamos al chusmerío, no sé por qué lapidamos personas y familias cuando tenemos los mismos problemas o distintos, pero problemas al fin. No sé por qué no podemos reconocer que hay cosas que nos cuestan, que tenemos problemas con nuestro esposo, que nuestros hijos se nos fueron de las manos y no tenemos ni idea qué hacer. Somos líderes con muchas personas bajo nuestra guía pero realmente cuando de noche estamos en la computadora, tenemos un monstruo insaciable que nos lleva a visitar páginas webs que sabemos que no deberíamos. Tenemos problemas con el dinero. Mentimos. Robamos. Insultamos al K, menospreciamos al anti-K. Y aquí también podríamos seguir.

Somos personas que vamos regularmente a la iglesia, escuchamos música cristiana, puede que asistamos a algún grupo pequeño, célula, barca, grupo café o como sea que lo llamen en su congregación. No decimos malas palabras (o a veces sí). Somos personas que realmente aman a Dios. Realmente pensamos que Jesús es lo mejor que le puede pasar a una persona. Pero también somos individuos que viven alguna o varias de las cosas mencionadas en el párrafo más arriba; no tenemos todo resuelto. No nos las sabemos todas. A pesar de que hace años que somos cristianos, a veces la tentación nos puede. A veces el manual teológico no nos alcanza, aunque digamos que sí.

Pero la vida no siempre es 2+2, la vida está llena de grises, llena de dificultades, llena de problemas. Y entre medio de todo eso, a veces no sabemos qué hacer con el Señor, y mucho menos con los cristianos.

Nos da vergüenza orar por muchas de estas cosas, y muchísima más vergüenza hablarla con algún “consejero”, porque puede que nosotros seamos esos consejeros que deberíamos tener todo tipo de respuestas.

A veces complicamos tanto las cosas cuando son más simples de lo que pensamos.

Dios está allí, parado en la puerta y nos mira, y solamente quiere la verdad. Porque desde el primer momento en que nos paramos frente a Él y le decimos: “Papá, me atrae mirar pornografía”, “Padre, ya van cinco veces que me guardo para mí la plata de las ofrendas del grupo pequeño”, “Dios, mis amigos me ofrecieron drogas sintéticas y por vergüenza a decirles que no probé, y realmente la pasé muy bien, aunque sé que está mal”. “A veces siento que me arrepentí de haberme casado”, “Hay una mujer en la que pienso más que en mi esposa”, “Señor, me acuesto con mi novia, y no entiendo por qué está mal”. Porque quizá si intentáramos hablar un poco más así y menos con las frases evangélicas trilladas, seríamos realmente libres.

Y entretanto aprendemos a dejar los brillos de las vidrieras de lado, quizá también podríamos aprender a callarnos para hablar de otra gente de la que no sabemos nada, o poco, y lo que seguramente menos necesita sea otros que “le saquen el cuero”. Quizá sí necesita más gente que por el solo “amor” del que nos habla Aquel a quien decimos servir, les dé una mano, un oído o simplemente ore por ellos (y realmente ore, y no diga que va a estar orando cuando lo primero que hace es contarle a la de la otra célula el problema).

Quizá tengamos ganas de formar parte de este grupo de personas. O quizá no. Y prefiramos seguir haciendo como que está todo bien, cosa que no requiere ningún tipo de reflexión, ningún tipo de responsabilidad ni ningún tipo de cambio.

Por último, aunque siempre dejo nuestra dirección de correo electrónico por si quieren hacer comentarios sobre alguno de nuestros artículos, esta vez sí me gustaría pedirles que aquella persona que tenga ganas de querer expresar su pensamiento sobre estas mis palabras (sea cual fuere), lo haga, ya que el intercambio de pensamientos sobre este asunto sería de mucha edificación para mí (para todos, de hecho).

Hasta la próxima

Por Evangelina Daldi
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