Un cristianismo práctico

Que nuestra cristiandad está llena no solo de rituales

Por Juan Simarro

Aceptar el Evangelio no debe ser confundido con la simple unión a la práctica del ritual. Yo no critico que, para muchos, el haber aceptado el Evangelio sea dedicarse a la alabanza, la lectura de la Biblia, la asistencia a los cultos, la oración y participar en las ofrendas y en las tareas de la iglesia… pero se queda corto, incluso parecería no tener sentido, si nos anclamos en el ritual de espaldas al dolor de los hombres. Hay cosas que me extrañan, que no puedo llegar a comprender. ¿Será que presentamos el Evangelio de la gracia y nos olvidamos del Evangelio de la misericordia? ¿Será que olvidamos el evangelio del Samaritano? Sí, me extraña que, a veces, el compromiso se quede ahí, en el rito. Preguntas: ¿por qué esas alabanzas, oraciones y lecturas de la Palabra no nos llevan, en tantas ocasiones, a entender el Evangelio y la espiritualidad cristiana como un ponerse al servicio de Dios y del hombre, dejando de estar de espaldas al grito de los marginados de la tierra? ¿Por qué tantas veces buscamos un Evangelio de “autodisfrute” pero de espaldas al prójimo que sufre cerca de nosotros? ¿Por qué nuestra idea de servicio se restringe muchas veces a la idea del servicio en las tareas del templo?

Para un cristiano que acepta el Evangelio en su integridad, que entiende lo que es la auténtica espiritualidad cristiana, debería ser imposible la pasividad en relación con el prójimo empobrecido o marginado. La vivencia del Evangelio, nos debería empujar, necesaria y naturalmente, al compromiso con el prójimo sufriente, con el que está en necesidad, del que hoy no podemos decir que no tenemos noticias, pues incluso los medios de comunicación nos muestran sus sufrimientos incluso cuando estamos relajados en casa, durante nuestras comidas, nuestros momentos de relax.

Quizás no nos han explicado bien las implicaciones del Evangelio, del seguimiento al Señor. Quizás no hemos reparado en el Evangelio del Samaritano, en los valores del Reino y en los ejemplos de vida de Jesús. Quizás la razón podría ser que, quizás, no nos explican bien el auténtico Evangelio que nos cambia y nos convierte en las manos y los pies del Señor en medio de un mundo de dolor. Sería una tragedia para la Iglesia que esto fuera así. Sería el anclaje en nuestra vida cristiana de la comodidad y la indiferencia ante el prójimo que intenta enturbiar el auténtico mensaje de Jesús. Pero no, no quiero pensar en eso.

También puede ser que los valores antibíblicos egoístas y que nos hacen mirar hacia nosotros mismos como el centro de todo, nos han contaminado y que la vivencia de la auténtica espiritualidad cristiana, en su radicalidad, es muy difícil y, en muchos casos, parece imposible. Es como si no nos animaran los valores del Reino, los valores bíblicos, en contracultura con los valores seculares, a vivir vidas comprometidas y solidarias con el prójimo. A veces nos sentimos impregnados de contravalores paganos que nos animan a ponernos de espaldas al dolor del apaleado. Desde este posicionamiento, no podemos ser ni evangelizadores, ni anunciadores, ni testigos del auténtico Evangelio, ni testigos de Jesús ni del Evangelio de Dios a los pobres, aunque, obviamente, su evangelio era para todos. Cuando el Evangelio no nos motiva al compromiso de amor y ayuda al prójimo, cuando no nos mueve a misericordia, es cuando nuestros rituales, prédicas, charlas, sermones, oraciones, cultos, ofrendas y aleluyas son, como diría el apóstol Pablo, metal que resuena y címbalo que retiñe y que hace daño en los oídos de Dios. Es más, nuestra vivencia de la espiritualidad cristiana no es integral, aunque tenga ciertas facetas o visos de autenticidad. La vivencia del Evangelio en el seguimiento al Maestrodebe enseñarnos a lavar y vendar heridas, a usar lo que somos y lo que tenemos para ponerlo a disposición del prójimo apaleado y tirado al lado del camino, para dar de comer, vestir, albergar. El que está haciendo esto, de alguna manera ya está anunciando el Evangelio de la gracia y de la misericordia, el Evangelio del Samaritano que no pude ser pospuesto a una teología segunda que nos lleva a pensar que solo lo haga aquel que diga tener cierta vocación para ello. No nos echemos hacia atrás en el compromiso con Dios y con el prójimo, en el compromiso que nos demanda el auténtico Evangelio de la gracia y de la misericordia de Dios. ¿Tienes tu vino y tu aceite? ¡Úsalos! ¿Tienes tu cabalgadura con la que puedes ayudar al prójimo apaleado? ¡Úsala! ¿Tienes dinero suficiente? ¡Úsalo y ten en cuenta el seguimiento de los casos de los sufrientes! Ábreles lugar en el mesón y vuelve. Si tienes que comprometerte aún más, hazlo. Párate a ayudar a los heridos del mundo. Liberándoles a ellos, nos liberamos nosotros también. No, el Evangelio no es algo de cumplimiento y legalista, no es solo maltratarte tus rodillas hincándolas en el duro suelo. No, si esto no nos lleva a algo más que son demandas del Evangelio de la misericordia. Nuestros gestos solidarios pueden iluminar al mundo coadyuvando a la evangelización.

“Señor, ayúdanos a comprender tu Evangelio, esa ligazón tan estrecha que hay entre el amor a ti y el amor al prójimo necesitado… nada menos que en relación de semejanza. Señor, ayúdanos a ser tu mensaje, a ser hacedores de la Palabra… en compromiso también con el hombre que nos necesita. Que aprendamos a curar heridas. Siempre en compromiso”.

Por Juan Simarro
Protestante Digital

Se el primero en comentar

Deja Tu Comentario

Tu dirección de correo no será publicada.


*