Un águila remonta vuelo

Un gigante del Evangelio que partió hacia los brazos de su Señor

Por Omar Daldi

Era el comienzo de la década del 80, y la iglesia a la que asistía realizó una reunión especial en busca de renovación y profundidad en el Espíritu, una actividad en el centro de la ciudad de Quilmes. El predicador invitado era un hombre llamado Juan José Churruarín; yo nunca lo había visto antes, pero sería el comienzo de una hermosa y larga amistad. Aquella noche el pastor Churruarín leyó Levítico 6:13: “El fuego arderá continuamente en el altar, no se apagará”. El impacto de lo que el dijo, y la gracia que trasmitió en esa oportunidad fue tan grande que todavía recuerdo esa reunión como una de las mejores de mi vida. Casi como un trofeo de aquella imborrable noche, todavía conservo el audio casete del mensaje, el único que resistió tres mudanzas y varias limpiezas.

Pero no es ese casete todo lo que me queda de Juan José, porque no es esa cinta lo que valoro de él. Todos hemos escuchado cientos de predicaciones, algunas sobresalientes, que te inspiran, te desafían, te retan a la acción. Lo que me quedó de ese siervo de Diosson cosas que no pueden verse ni tocarse, no pueden reproducirse ni repetirse. Es la experiencia de haber compartido muchas horas y momentos. Y entonces ese tiempo juntos se traduce en conocimiento, en relación, en admiración, en respeto, en amistad, en vivencias.

El pastor Juan José tenía muchos dones espirituales que su Señor le había dado: era un gran predicador, un prolífico escritor; poeta, cantante, músico y compositor excelente. Consejero como pocos, su palabra de ciencia y profecía certera lo distinguía de cualquiera, era pastor y padre espiritual de cientos de personas distribuidas por el mundo, y así podría seguir enumerando con la certeza de siempre quedarme corto, y omitir algunas de esas gracias.

Yo creo que todas las personas tienen un distintivo, algo que los hace únicos, originales, sobresalientes de los demás, entonces si alguien me pregunta cuál era su distintivo, pienso que Juan José fue un hombre que conocía al Señor, y eso no es poca cosa. El conocía al Dios que servía de una manera única, no hablaba por repetición, ni por lo que había leído en un libro o un manual de teología, y eso que era muy buen lector. El predicaba de un Dios que conocía, tenía una estrecha relación, se alimentaba de Él, su amor y adoración era genuina y correspondida, y eso era notorio para los demás, para todos nosotros.

Solo puede escribirse un verso como el siguiente, si se conoce bien al destinatario de semejantes palabras. Esto escribió acerca de Jesús en una de sus inmortales canciones:

Los ojos más bellos, más bellos del mundo

Son los que miraron al pobre pecador

Hallándome perdido en pecados y en delitos

Sus ojos me miraron, la salvación me dio.

El 29 de marzo el amado pastor Juan José Churruarín fue llamado a levantar vuelo como las águilas, a pasar el cielo que se ve e ingresar al real, al auténtico, al nuevo donde ya no hay más pecado, dolor, ni muerte. Para Sara Mabel, su amada esposa, sus tres hijos y ocho nietos un dolor inmenso y una ausencia muy grande. Para la Iglesia de la Argentina una gran pérdida. Para los amigos, vamos a extrañar su presencia, consejos y amor. Para él: una gran ganancia. Para Dios nuestro Señor: “Mucho valor tiene a los ojos de Señor la muerte de sus fieles”(Salmo 116:15).

 

Hasta siempre, amado pastor Juan José

Por Omar Daldi
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