¿Qué legado vas a dejar?

Una mirada introspectiva y hacia el futuro

Por Evangelina Daldi

Hace poco asistí al velorio de un ser querido. Yo, como seguro muchos de ustedes, asistí a varios velorios de personas cristianas. Y la característica distintiva es que en todos se habla de que a pesar del dolor que causa la pérdida de la persona, también es reconfortante saber que algún día la volveremos a ver en el mejor lugar en el que cualquiera de nosotros puede estar. Esta certeza, una vez que el dolor pasa, se traduce en una enorme alegría.

Este velorio, en un sentido, no fue la excepción. Salvo por las palabras del hijo del hombre fallecido.Fueron palabras muy profundas. Muy sentidas. Y brindaron una invitación a todos los que estábamos allí. Consideré oportuno compartirlas con ustedes.

“Pensando en momentos lindos vividos con mi papá, recuerdo que un día, cuando me levanté para ir a trabajar, pasé por la habitación donde él oraba y leía la Biblia. Era un hombre muy apegado a la lectura de la Palabra. Se levantaba muy temprano todas las mañanas para tener su tiempo a solas con el Señor.

Recuerdo que aquel día lo escuché orando por mí. Y me sorprendió su oración: ‘Señor, te pido que asustes a mi hijo. Hazlo, Señor’. En aquel entonces yo estaba alejado de Dios, y debo confesar que me enojé mucho con mi padre por tener tal súplica. Resumiendo la historia, el Señor me asustó. Y ese susto me llevó a sus brazos. Hoy, como padre, entiendo las palabras del mío. Por eso no puedo más que honrar a mi papá por haberme dejado el mejor legado que alguien puede dejar: Jesús. Porque Él es el único que nos permite vivir una vida diferente”.

Todos, en ese momento, nos sentimos muy conmovidos. Aún hoy recuerdo esas palabras, y me sucede lo mismo.

Esto me llevó y me lleva, como seguro a muchos de ustedes, a pensar qué haremos nosotros. Pero pienso que quizá esta pregunta puede extenderse más allá de lo que son los hijos. Sino que podemos también hablar de todo nuestro entorno.

¿Qué es lo que le vamos a dejar a nuestros hijos? ¿Qué es lo que reciben de nosotros nuestros amigos, nuestros compañeros de trabajo, nuestros vecinos, los hermanos de nuestra congregación? ¿Qué ven nuestros pacientes, nuestros alumnos, nuestros clientes? ¿Será que vivimos vidas que inspiren al Señor? ¿Será que cuando alguien piensa en nosotros, piensa en una persona que vive de modo diferente? ¿Marcamos alguna diferencia? ¿Cuál es nuestra herencia? ¿Qué dirán nuestros seres queridos cuando el Señor nos llame a su presencia?

El legado, la marca, la huella no es algo que se deja de un día para el otro. Es una construcción. Es un proceso que comienza y no termina más, ni aun con nuestra partida de la tierra. Por eso es importante que hoy mismo reflexionemos qué clase de vida vivimos, cuáles son las actitudes que nos definen, cuáles son los valores que llevamos como estandarte. ¿O será que los demás saben que somos cristianos solo porque vamos los domingo a la iglesia?

La vida que honra a Dios y sirve al prójimova mucho más allá de congregarnos algunos días a la semana, va mucho más allá que llevar adelante un programa de lectura bíblica, va bastante más allá que participar de actividades “religiosas”, aunque por supuesto, todo esto es muy bueno y debe hacerse.

La vida con el Señor es un camino que se elije tomar para siempre. Es optar por agarrarnos de su mano y emprender un viaje interminable procurando que cada paso sea una mejorar permanente, y no solo en el área espiritual. Porque el Señor lo impregna todo, lo invade todo. Él nos transforma integralmente: nuestro espíritu, nuestras emociones, nuestro intelecto, nuestro comportamiento. Si hay desconexión en alguna de las áreas que nos forman como personas, entonces hay un problema.

Dios en nosotros hace que seamos mejores trabajadores, que nuestras palabras dejen de ser quejas, que tratemos mejor a nuestro cónyuge, que pasemos más tiempo con nuestros hijos, que seamos mejores amigos, que sirvamos al Señor con alegría, que la sociedad tenga un mejor ciudadano, que nuestros vecinos vean que somos más que buena gente.

Es por eso que la invitación de hoy, comienza hoy pero no termina nunca. Apela a una decisión sin fecha de caducidad. El desafío tiene que ver con comenzar, si es que todavía no hemos arrancado, o continuar con vidas que reflejen cada día más a Cristo. Vidas que hagan las oraciones que deben ser hechas (aunque muchas de ellas no nos sean cómodas). Vidas que actúen con honestidad. Con verdad. Con compromiso. Que seamos personas pensando no en la muerte, sino en el legado que queremos dejarle a nuestra generación, a nuestra casa, a nuestra nación.

Y que entonces sí. Que cuando estemos disfrutando de la vida eterna y nuestro paso por lo terrenal haya cesado, los que quedan puedan pronunciar las palabras de aquel hijo: “Me dejó el mejor legado que alguien puede dejar: Jesús en el corazón, que es lo único que nos permite vivir una vida diferente”.

 

¡Muchas bendiciones!

Por Evangelina Daldi
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