Personas que dan todo y más por Cristo

Una entrega sin reservas

Por Derek Prince

La clave del éxito no depende de lo que decimos sino de lo que somos. En Apocalipsis 12:11, de las personas que lograron victoria sobre Satanás se dice que no valoraron tanto su vida como para evitar la muerte”. ¿Cómo debemos entender esta afirmación? Yo pienso que para estas personas era más importante hacer la voluntad de Dios que seguir viviendo. Al enfrentar una situación en la cual cumplir con la voluntad de Dios les costaría la vida, ese exactamente fue el precio que estuvieron dispuestas a pagar. No buscaron otra alternativa o alguna salida.

La palabra que yo utilizaría para describir tal tipo de cristianos es: comprometidos. Tales creyentes están comprometidos a obedecer la Palabra de Dios y a hacer su voluntad, sin importar las consecuencias para su propia vida.

Lucas 9:21-24 muestra a una entusiasta multitud que sigue a Jesús, emocionada por los milagros que había presenciado. Pero al parecer Jesús está más interesado en el compromiso personas que en ese tipo de entusiasmo. “Jesús les ordenó terminantemente que no dijeran esto a nadie. Y les dijo: ‘El Hijo del hombre tiene que sufrir muchas cosas y ser rechazado por los ancianos, los jefes de los sacerdotes y los maestros de la ley. Es necesario que lo maten y que resucite al tercer día’. Dirigiéndose a todos, declaró: ‘Si alguien quiere ser mi discípulo, que se niegue a sí mismo, lleve su cruz cada día y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa, la salvará’”.

El mensaje de Jesús no promete una jornada fácil por la vida. Por el contrario, su exhortación en el Sermón del Monte es: “Entren por la puerta estrecha. Porque es ancha la puerta y espacioso el camino que conduce a la destrucción, y muchos entran por ella. Pero estrecha es la puerta y angosto el camino que conduce a la vida, y son pocos los que la encuentran”(Mateo 7:13-14).

Si el cuadro que usted tiene de la vida cristiana no incluye las demandas de Dios de sacrificio y entrega total a Él, necesita preguntarse por cuál “camino” es que se dirige. Podría descubrir que va por la senda ancha y espaciosa que lleva a la destrucción.

En la Iglesia contemporánea algunos ministerios enfatizan solo las bendiciones y beneficios de la vida cristiana, y nunca hablan de las condiciones que tenemos que cumplir a fin de obtener esas bendiciones y beneficios. Esos ministerios se podrían comparar con un comerciante que exhibe una atractiva gama de mercancías, pero nunca adhiere una etiqueta con el precio a ninguna de ellas.

A menudo he sido bendecido (y desafiado) por el relato que Lucas hace del viaje del apóstol Pablo a Roma, en los capítulos 27 y 28 de Hechos. Este no fue un viaje casual; fue un movimiento vital y estratégico en los planes de Dios. Según Gálatas 2:7, Dios le había encomendado a Pablo la responsabilidad de llevar el Evangelio a los “incircuncisos”, es decir, a todo el mundo gentil. La clave sería establecer un centro de la ciudad de Roma. Desde allí el Evangelio se esparciría automáticamente por muchos canales del mundo antiguo.

Debido a la importancia de la mudanza del apóstol a Roma fue que encontró tremenda oposición espiritual para su viaje. Viajaba en un buque de carga como prisionero en cadenas. Además, el barco quedó atrapado en una tormenta tan horrible que durante dos semanas las personas a bordo nunca vieron un rayo de sol en el día, ni la luna o las estrellas durante la noche.

“Llevábamos ya mucho tiempo sin comer, así que Pablo se puso en medio de todos y dijo: «Señores, debían haber seguido mi consejo y no haber zarpado de Creta; así se habrían ahorrado este perjuicio y esta pérdida. Pero ahora los exhorto a cobrar ánimo, porque ninguno de ustedes perderá la vida; sólo se perderá el barco. Anoche se me apareció un ángel del Dios a quien pertenezco y a quien sirvo” (Hechos 27:21-23).

Pablo utilizó dos frases para describir su relación con Dios: “a quien pertenezco y a quien sirvo”. En el sistema de Dios, estos dos elementos (pertenencia y servicio) nunca pueden estar separados. Si no pertenecemos a Dios, no tenemos el derecho de servirle. No hay asalariados en su familia. Del otro lado, no podemos pertenecerle si no estamos disponibles para su servicio. Dios no admite en su familia a egoístas, consentidos ni autoindulgentes. Tales, no tiene lugar en su reino.

En su Reino, Dios no tiene lugar para asalariados. Quienes sirven en Él lo hacen porque son de la casa; son miembros de la familia. Eso significa que no podemos separar los dos elementos que Pablo utilizó para describirse a sí mismo: “a quien pertenezco y a quien sirvo”.

Finalmente, el barco en que viajaban Pablo y sus acompañantes dio contra un promontorio rocoso y comenzó a romperse. Esto le dio oportunidad a quienes estaban a bordo de escapar a tierra firme.

¿Se le ha ocurrido a usted preguntarse si estaba Pablo en la voluntad de Dios durante toda esa experiencia? Creo que el apóstol estaba totalmente en la voluntad del Señor, y toda su jornada hacia Roma fue ordenada por Él. Pero las fuerzas satánicas, que temían el posible impacto de su ministerio en Roma, hicieron todo lo que estaba en su poder para destruirlo antes de que pudiera llegar a su destino. La tormenta que encontró en el camino no tuvo un origen puramente natural sino que fue desatada por las fuerzas satánicas en los cielos.

En su sabiduría divina, Dios a veces permite que sus siervos que hacen su voluntad sean expuestos a la maldad y a la ira de Satanás. De esta manera tienen una visión no solamente de la verdadera naturaleza de las fuerzas que se les oponen sino también de la necesidad de ejercer una permanente vigilancia.

En 1 Pedro 5:8, el apóstol advierte a sus compañeros creyentes: “Practiquen el dominio propio y manténganse alerta. Su enemigo el diablo ronda como león rugiente, buscando a quién devorar”. Debe ser una aterradora experiencia encontrarse con un león que anda en busca de su presa. La Biblia jamás nos infunde temor pero, del otro lado, nunca nos anima a subestimar el poder de la ferocidad de nuestros adversarios.

Después del sufragio, Satanás tenía otro reto. La gente que escapó segura a tierra comenzó a reunir combustible para hacer una fogata. Pablo no se paró a esperar que otros se ensuciaran las manos; estuvo entre los primeros que empezaron a buscar leña. Aprovechó Satanás este hecho como una oportunidad para hacer un intento final de destruir al apóstol: “Sucedió que Pablo recogió un montón de leña y la estaba echando al fuego, cuando una víbora que huía del calor se le prendió en la mano”(Hechos 28:3). De todas las doscientas setenta y seis personas que iban en el buque, ¿por qué la víbora escogió a Pablo?

Pero Pablo estaba lleno del Espíritu Santo. Él no sintió la necesidad de orar o de hablar en lenguas. Para asombro de los nativos isleños que sabían lo mortal que era la mordedura de una serpiente, él sencillamente sacudió su mano, arrojó la víbora al fuego y siguió recogiendo leños.

¿Cuál fue la victoria de la vida victoriosa de Pablo? Él mismo lo explica en 2 Timoteo 1:12: “Por ese motivo padezco estos sufrimientos. Pero no me avergüenzo, porque sé en quién he creído, y estoy seguro de que tiene poder para guardar hasta aquel día lo que le he confiado”.

El secreto de la vida victoriosa de Pablo se resume en una sola palabra: compromiso. Él estaba totalmente a la disposición de Dios. En Filipenses 3:13-14 declara la suprema ambición de su vida: “Hermanos, no pienso que yo mismo lo haya logrado ya. Más bien, una cosa hago: olvidando lo que queda atrás y esforzándome por alcanzar lo que está delante, sigo avanzando hacia la meta para ganar el premio que Dios ofrece mediante su llamamiento celestial en Cristo Jesús”.

El algunos segmentos de la Iglesia contemporánea se ha introducido una separación entre la salvación y la santidad. A esta se le presente como una “adición” opcional al paquete de la salvación, tal como lo hacen los promotores de viaje: “¿Usted ya pagó por su viaje a ‘Tierra Santa’? Por $85 adicionales puede visitar Egipto y navegar por el Nilo”.

La santidad no es una añadidura, un agregado adicional al paquete de la salvación, por el contrario, sin santidad nadie verá al Señor.

En 2 Corintios 7:1, Pablo apena a sus compañeros creyentes para que se unan a él en la búsqueda de la santidad personal: “Como tenemos estas promesas, queridos hermanos, purifiquémonos de todo lo que contamina el cuerpo y el espíritu, para completar en el temor de Dios la obra de nuestra santificación”. Lograr la santidad es algo que Dios no hará por nosotros. Él nos promete que la gracia lo hará. Esto es algo que no puede separarse del temor a Dios. Es la obra lógica de nuestro compromiso personal con Jesús, y condición esencial de la victoria sobre Satanás que Dios nos ha prometido.

Los dos últimos versículos del libro de Hechos nos muestran un cuadro maravilloso de la victoria que puso fin a la tempestuosa jornada del apóstol: “Durante dos años completos permaneció Pablo en la casa que tenía alquilada, y recibía a todos los que iban a verlo. Y predicaba el reino de Dios y enseñaba acerca del Señor Jesucristo sin impedimento y sin temor alguno”(28:30-31).

El comentario apropiado aquí podría ser: “¡Misión cumplida!”. El Evangelio para los gentiles se había establecido en la capital del imperio que dominaba todo el mundo gentil: ¡Roma!

Pero hay también aquí una aplicación personal que podemos hacer en nuestra vida. Piense otra vez por un momento en los creyentes que describe Apocalipsis 12:11 quienes no valoraron tanto su vida como para evitar la muerte”. Es necesario que cada uno de nosotros se pregunte: “¿Me describe a mí esta frase?”.

Si no puede responder a esta pregunta con un “sí” confiado, el Espíritu Santo quizá lo esté invitando en este momento a hacer un compromiso, una entrega personal sin reservas al Señor Jesús.

Autor: Derek Prince
Tomado del libro: Guerra de los cielos
Editorial Desafío

  Image size: 96x150, 30.301Kb
  Image type: png

Se el primero en comentar

Deja Tu Comentario

Tu dirección de correo no será publicada.


*