Nuestro centro es Jesús

Solo en el Señor encontramos una vida sólida

Por John Ortberg

Un día nublado, a fines de invierno de 2013, un hombre cuya familia había vivido en la misma casa por generaciones de súbito perdió la vida cuando un hundimiento tuvo lugar debajo de los cimientos de su hogar, lo cual hizo que el suelo colapsara y simplemente se tragara la edificación. Los expertos explican que en algunas partes de esa región la piedra caliza que se halla debajo de la superficie de la tierra está siendo disuelta lentamente por el agua de lluvia ácida. Cuando suficiente roca es carcomida, el vacío simplemente produce un colapso bajo el peso de lo que un cimiento inadecuado ya no puede sostener.

Gordon MacDonald escribió una vez sobre cómo lo que él llamó el “síndrome del hundimiento” tiene lugar en la vida humana. Este puede desatarse debido a un fracaso en el trabajo, una relación personal rota, la crítica severa de un padre o ninguna razón evidente. No obstante, se siente como si la tierra se hubiera hundido bajo los pies.

Resulta, escribió MacDonald, que en cierto sentido tenemos dos mundos que manejar: un mundo externo construido por la carrera, las posesiones y las redes sociales; y un mundo interno que es más espiritual en su naturaleza, donde se seleccionan los valores y se forma el carácter, un lugar donde puede practicarse la adoración, la confesión y la humildad.

Debido a que nuestros mundos externos son visibles, medibles y ampliables, resultan más fáciles de manejar. Demandan nuestra atención. “El resultado es que nuestro mundo privado a menudo sufre, y se le descuida porque no grita tan fuerte. Puede ser ignorado de forma selectiva durante largos períodos de tiempo antes de que sufra un colapso y se produzca un hundimiento”. Él cita las inolvidables palabras de Oscar Wilde: “Ya no soy el capitán de mi propia alma”. El hundimiento, dice MacDonald, es la imagen de la vulnerabilidad espiritual de nuestros días.

Carencia de un centro

El libro de Santiago utiliza una palabra fascinante para describir esta condición. A menudo se traduce con la frase “de doble ánimo”, pero la palabra griega es dipsujos, la cual pudiéramos considerar como denotando un alma doble, un alma dividida o un alma descentrada. He aquí unos pocos de los indicadores cuando el alma carece de centro.

Un alma sin centro tiene dificultad para tomar una decisión. Una de las imágenes que Santiago usa para esta condición es aquella donde se compara a la persona de doble alma con la ola del mar, que es empujada hacia delante un momento hacia atrás al siguiente. Las personas cuyas almas están enraizadas en un centro hallan que eso les ofrece claridad a sus decisiones. Steve Jobs, que con toda certeza tenía un solo ánimo en su propósito, afirmó que siempre se vestía igual todos los días porque de esa manera no tenía que desperdiciar energía tomando una decisión sin importante. Juan el Bautista llevaba un atuendo diferente, pero tenía el mismo enfoque de una opción con respecto a la moda.

Un ejemplo clásico opuesto en las Escrituras es el personaje de Poncio Pilato. Él lucha con la decisión de qué hacer con Jesús. Trata de convencerlo para que diga algo que le permita dejarlo libre. Hostiga a los dirigentes religiosos, pero sin tomar la decisión que su autoridad le hubiera permitido. Le pide a la multitud que lo saque del aprieto, pero ellos optan por Barrabás. Cuando el alma no está centrada, uno nunca está seguro de qué tentaciones vale la pena resistir y qué sacrificios vale la pena hacer.

Un alma sin centro constantemente se siente vulnerable ante las personas o las circunstancias. Cuando David huía de Absalón, quedó completamente agotado y se detuvo para descansar. La traducción literal del texto indica que para “re-almarse” a sí mismo. Es el alma de Elías la que se aterra por la amenaza de Jezabel. Él huye y se esconde. Mientras tanto, Dios trata con todas sus “partes”. Le da a su cuerpo reposo y algo de comida; permite que la mente de Elías oiga su voz como un silbo apacible y delicado; apela a la voluntad del profeta para que vuelva a la batalla. A la larga, el alma de Elías es restaurada, pero solo porque halló su centro.

A un alma sin centro le falta paciencia. En el libro de Números, cuando el pueblo se impacientó durante el largo peregrinaje de Dios por el desierto, el texto dice que “sus almas se abatieron”. El mismo uso del término aparece en el libro de Jueces; el alma de Sansón no tenía centro porque simplemente él deambulaba de la búsqueda del poder al placer, las mujeres y la venganza. El hostigamiento de una sola mujer fue suficiente para hacer que este hombre poderoso tuviera su alma “reducida a mortal angustia”. Por otro lado, debido al carácter del proverbialmente paciente Job se dice que era “de gran alma”.

El rey Saúl era un hombre grande con un alma chica. Cuando debía dirigir a Israel contra sus enemigos los filisteos, se impacientó esperando que el profeta Samuel se presentara ofrecer los sacrificios. Su solución fue tomar el asunto en sus propias manos y ofrecer el sacrifico él mismo. El resultado fue un pacto roto con Dios y un paso gigante hacia la desintegración de su alma.

El alma sin centro es arrojada fácilmente. Estábamos con unos amigos en una especie de feria al aire libre, y en un lugar había un toro mecánico. Nos detuvimos para observar, pero nadie quería subirse. El hombre que operaba el toro dijo: “¿Por qué no intentas tú?”. Nunca tomé clases de rodeo cuando estaba en el seminario, pero nadie más se ofreció, y yo quería ver algo. Así que le dije al que operaba que quería montar.

“Hay doce niveles de dificultad en este toro”, explicó. “Tal vez no sea tan fácil, pero la clave radica en mantenerte centrado, y la única forma de hacerlo es sentándote de manera suelta. La gente trata de aferrarse demasiado fuerte. No hagas eso. Tienes que ser flexible. Si piensas que pueden controlar los movimientos, nunca lo lograrás. Tienes que seguir al toro. Tienes que mantenerte moviéndote. Mueve tu centro de gravedad conforme se mueve el toro”.

Me subí al toro y el aparato empezó a moverse lento, luego lo hizo más rápido y comenzó a sacudirse por todos lados, mientras yo me aferraba a él realmente fuerte. Entonces recordé el consejo, así que me relajé, entretanto el toro siguió moviéndose cada vez más rápido. Simplemente me aferré hasta que finalmente el toro redujo su velocidad y se detuvo, mientras que yo continuaba sobre él. No fue nada bonito, pero lo había logrado. Me imaginaba cuán sorprendido debía estar el operador del aparato al ver que había triunfado. Miré al hombre y él se quedó mirándome. Luego sacudió su cabeza, sonrió y dijo: “Ese fue el nivel uno”.

El nivel dos duró tal vez unos segundos. El toro ganó.

A veces experimentamos la vida al nivel uno. Simplemente trascurre sin mayores complicaciones. El nivel uno es la semana después de tu luna de miel, cuando nada es más emocionante o complicado que hallar un lugar para guardar las cosas que recibiste como regalos de bodas. Sin embargo, la vida nunca permanece en el nivel uno.

Esta se complica. Las cosas pasan. Un hijo con un serio trastorno de ansiedad. Una adicción que ha hibernado por dos décadas de repente se despierta. Mi trabajo está en peligro. Mi fe se llena de dudas. Mis amigos me traicionan. No puedo dormir. Mi salud se vuelve incierta. Si a tu alma le falta un centro cuando la vida se mueve rápido, serás arrojado del toro. No importa cuál firmemente quieras aferrarte, a la larga serás lanzado fuera.

Un alma sin centro halla su identidad en lo externo. Mi tentación cuando mi alma no está centrada en Dios es tratar de controlar mi vida. En la Biblia se habla de esto en términos de elevar el alma de uno. El profeta Habacuc dijo que lo opuesto a vivir en una dependencia fiel de dios es elevar el alma de uno en orgullo, mostrarnos insolentes. El salmista dice que la persona que puede vivir en la presencia de Dios es la que no ha elevado su alma a un ídolo.

Cuando mi alma no está centrada en Dios, me defino a mí mismo por mis logros, o mi presencia física, o mi título, o mis amigos importantes. Y una vez que pierdo esto, pierdo mi identidad.

Abrázame, papito

Un amigo mío me contó una vez cómo su hijo de 3 años, que ahora ya es un hombre crecido en sus treinta y tantos años, solía acercársele cuando estaba cansado, asustado o simplemente necesitaba un abrazo. El pequeño alzaba sus brazos y decía: “Abrazo, papito. Abrazo”. Años más tarde, según mi amigo recordaba, su hijo llegó a casa después del trabajo y descubrió que su esposa lo había dejado por otro hombre. Se sintió devastado, por lo que llamó a su papá y le preguntó si podía ir a verlo. Por supuesto que podía, así que el hombre condujo por cinco horas hasta la casa de sus padres. Al llegar, entró por la puerta y se derrumbó en los brazos de su papá. Mi amigo me dijo: “Podía oírlo gimiendo: ‘Abrazo, papito. Abrazo’”.

Cuando nos acercamos a Dios, elevamos nuestras almas para ser nutridos y sanados. Un alma centrado en el Señor siempre sabe que tiene un padre celestial que abraza su dolor, su temor, su ansiedad. Esto es vida espiritual: poner el alma a cada momento en la presencia y al cuidado de Dios. “Mi alma se aferra a ti, en tu mano derecha me sostiene”.

Mantener nuestras almas centradas en Dios es mucho más difícil de lo que parece. Nos aferramos fuertemente, pero a menudo a las cosas equivocadas. Sin embargo, mantenerse centrado en Dios (su palabra, sus caminos) es la esencia de vida para el alma.

“Mi alma se aferra a ti; tu mano derecha me sostiene”. Cuando Dios parece distante, “mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo; ¿cuándo vendré, y me presentaré delante de Dios?”. El hermano Lawrence le llamó a esto “la práctica de la presencia” de Dios, y la parte más importante de esta práctica está en “renunciar, de una vez por todas, a lo que sea que no conduce a Dios”.

Una manera sencilla de guardar tu alma es preguntándote a ti mismo: “¿Bloqueará esta situación la conexión de mi alma con Dios?”. Al empezar a hacerme esa pregunta descubro cuál poco poder tiene el mundo sobre mi alma. ¿Qué tal si no logro una promoción, o no le gusto a mi jefe, o tengo problemas financieros, o tengo un día complicado? Sí, todo eso puede causar desencantos, sin embargo, ¿tiene algún poder sobre mi alma? ¿Puede sacar mi alma de su centro, que es el mismo corazón de Dios? Cuando uno piensa de esa manera, se da cuenta de que las circunstancias externas no pueden impedirnos estar con Dios. Así acaso, nos llevan más cerca de Él.

Autor: John Ortberg
Tomado del libro: Guarda tu alma
Editorial: Vida

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