No se deje amedrentar

Pongamos toda nuestra confianza en el Señor

Por Charles R. Swindoll

Wayne Dyer escribió un libro que llegó a ser un éxito de librería titulado Sus zonas erróneas. Allí, él habla acerca de los días cuando perdemos la batalla por el hecho de no vivir el momento presente. Nos sentimos culpables por algo que ocurrió ayer, o tenemos temor de algo que pudiera acontecer mañana, y no logramos alcanzar hoy la total satisfacción. El temor puede impedir que disfrutemos del día de hoy.

Yo hallo un gran consuelo en lo que escribió David cuando se refirió al temor: El Señor es mi luz y mi salvación; ¿a quién temeré? El Señor es el baluarte de mi vida; ¿quién podrá amedrentarme?”(Salmo 27:1).

Observe que David no dijo que el Señor da luz, ni que el Señor provee fortaleza. El dijo que el Señor es luz y es fortaleza. Eso es muy importante.

Nosotros tenemos al Señor dentro de nosotros. Así que no importante si estamos en domingo o martes, Él es todo para nosotros. Y no tenemos que estar dentro del edificio de una iglesia para contar con lo que Él es. Por el hecho de que el Señor es en todo tiempo luz, defensa y protección, él se hace cargo de las cosas que nos molestan.

Consideremos las preguntas de David. “¿a quién temeré?”. Esa es la palabra normal de uso diario en hebreo con el significado de “temor”. Pero en la siguiente pregunta no aparece la misma palabra: “¿quién podrá amedrentarme?”. Estamos interesados en esta última palabra. Significa “estar asustado”, “estar atemorizado de alguien”, “estar intimidado”.

Eso fue lo que preguntó David. Ni siquiera Goliat intimidó al pequeño David, pues este dijo que la batalla era del Señor. El Dios de David es el de sus hijos hoy. Él dice: “Yo soy tu luz, tu salvación, tu defensa”. Bueno, razonamos, tal vez David no se enfrentó realmente a la clase de presiones que enfrento yo. Leamos cuáles fueron las presiones que enfrentó él: “Cuando los malvados avanzan contra mí para devorar mis carnes, cuando mis enemigos y adversarios me atacan, son ellos los que tropiezan y caen. Aun cuando un ejército me asedie, no temerá mi corazón; aun cuando una guerra estalle contra mí, yo mantendré la confianza”(Salmo 27:2-3).

David estaba solo peleando contra un ejército. ¿Cómo le parecen a usted tales obstáculos? Todo el ejército de Saúl había sido enviado a buscar a un hombre. ¿Sabe lo que pensé al leer eso? Pensé: “¡Eso es la cumbre de la intimidación!”.

Cuando David salió de una cueva y se escondió detrás de una roca, él podía oír a todos los enemigos alrededor de él. Quiero decir que si el Señor se hubiera manifestado realmente en ese momento, nunca se manifestaría. El conflicto era intenso: un ejército había acampado contra él, una guerra se había levantado contra él. Casi no puedo creer lo que él dice luego: “yo mantendré la confianza”.

 Mantener la confianza

Tener confianza en este caso no significa tener confianza en uno mismo. No se refiere a la inteligencia humana. Ni siquiera significa ser más ingenioso que los demás. Significa “estar seguro”, “tener seguridad”. El Señor fue la única fuente de seguridad para David. Ahí es precisamente donde la validez del cristianismo se comprueba. Y más que cualquier cosa, usted quiere tener confianza. Dios también quiere que usted la tenga.

Bueno, ¿cómo le vino la confianza a David? Él tenía una cosa en el corazón: Una sola cosa le pido al Señor, y es lo único que persigo: habitar en la casa del todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura del y recrearme en su templo”(Salmo 27:4).

No le pida a Dios cien cosas. Pídale una. “… esta buscaré…”. Bueno, David, ¿a qué te refieres? Dímelo pronto. “Que esté yo en la casa del Señor todos los días de mi vida”.

¿Qué? ¿Significa esto que tengo que vivir dentro del edificio de una iglesia? Usted sabe que no es eso lo que significa, pues David se halla en el campo, huyendo para salvar su vida. “Para contemplar la hermosura del Señor, y meditar en su templo”.

Ahora bien, que  no se le escape esto: morar en la casa del Señor y meditar en el templo. Continúe leyendo: “Porque en el día de la aflicción él me resguardará en su morada; al amparo de su tabernáculo me protegerá, y me pondrá en alto, sobre una roca”(v. 5).

Habitar en la casa… recrearse en el templo… ampararse en el tabernáculo. Todo eso ayuda a sustituir el temor por la confianza. A mí eso me suena muy bien. ¿Pero qué quiere decir David con todo esto?

En el tiempo de David, las figuras poéticas de los salmos eran tales que estar “en un lugar habitado” significaba estar rodeado de protección. En otros términos, significaba estar rodeado de protección. En otros términos, significa tener compañerismo consciente y continuo con el Señor viviente en medio de su pueblo. Un hombre ha llamado esto “la práctica de la presencia de Dios:.

Lo que decía David era lo siguiente: “Cuando salgo de esta cueva, sin saber de dónde proceden las lanzas, rodeado por tu protección, estoy seguro. Eso es lo que te pido, Señor, que nada interrumpa nuestra comunión”.

Cuando estamos intimidados, cuando carecemos de confianza, invariablemente estamos más conscientes de la persona que nos ataca que del Señor. Cuando entramos en el escenario que nos intimida, conscientemente tenemos que vernos en la tienda, meditando en el tabernáculo, mirando la belleza del Señor diciéndole: “Ahora mismo, Dios, no tengo nada de lo que pueda depender; soy todo tuyo”.

Fue este el punto en que David comenzó a orar: “Oye, Señor, mi voz cuando a ti clamo; compadécete de mí y respóndeme. El corazón me dice: ‘¡Busca su rostro!’. Y yo, Señor, tu rostro busco. No te escondas de mí; no rechaces, en tu enojo, a este siervo tuyo, porque tú has sido mi ayuda. No me desampares ni me abandones, Dios de mi salvación” (vv. 7-9).

Esta no es una petición hecha a medias. Cada palabra de David era sincera. Tenemos la tendencia de perder el tiempo con la oración. Dios dice: “Yo te prometo mi presencia. Vincúlate a mí. Cuenta conmigo, y yo te ayudaré a pasar a través de esta situación amenazante”.

Y nosotros decimos algo frío y formal como: “Está bien, Señor, si por casualidad lo quieres así, dirígeme, por favor, guíame y dirígeme”. ¡Esa no es la clase de oración que Dios quiere!

“Señor, ¡ahora mismo acepto tu Palabra! No puedo entrar en esta situación sin ti. Te pido que me contestes, me proveas lo que necesito, que me des una fuerza y el valor que necesito en este momento”.

Autor: Charles R. Swindoll
Tomado del libro: Tres pasos adelante dos para atrás
Betania

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