Más Mirnas, por favor

Porque hay personas que son realmente admirables

Por Evangelina Daldi

Entablar una conversación con Mirna fue una bendición y al mismo tiempo hizo que me sintiera avergonzada de mí misma.

Al ser una persona real, he cambiado su nombre y daré detalles muy generales ya que no quisiera provocarle ninguna incomodidad.

Mirna es una mujer casada con dos hijos. Hace ya mucho tiempo, a su hijo menor,  se le diagnosticó una rarísima enfermedad que provoca una atrofia muscular general. ¿Qué significa? Una atrofia en absolutamente todos los músculos de su cuerpo. Los médicos dijeron que es una enfermedad que le sucede a una persona de cada cien mil. Aunque el muchacho es perfectamente normal en su capacidad mental, cada vez encuentra más problemas en su capacidad motriz, lo que le impide hacer muchas de las cosas que nosotros hacemos todo el tiempo y que consideramos natural.

Años más tarde, varios más, encontraron que la hija mayor poseía la misma enfermedad, y pronto comenzó a padecer las mismas complicaciones. Y pensar que era una persona cada cien mil…

Es pues así que Mirna y su esposo, deben enfrentar una dura realidad. Vivir para asistir a sus dos increíbles hijos, que por cierto son muchachos maravillosos.

Al conocerlos de cerca, aunque no tanto, me he enterado de muchas situaciones difíciles que han tenido que vivir. Pero si hay algo de lo que nunca me enteré fue de su cansancio, de su dolor, de su agotamiento, de sus cuestionamientos. Nunca he escuchado quejas; es más, aunque seguro las hubo en privado, nunca he visto lágrimas.

Hace unos días, hablé con Mirna. Le dije que había visto unas fotografías de ella y su esposo, y que a través de ellas notaba que habían tenido un hermoso tiempo. A lo que ella me respondió: “La verdad que la pasamos tan bien. Aunque en las fotos no se ve que los dos estábamos algo rengos…”. De inmediato le pregunté qué les había sucedido. Y esta fue su respuesta: “Es por la situación de los chicos. Hacemos mucha fuerza, y el cuerpo y la edad te lo cobran. Tenemos días que estamos re bien y otros no tanto, ¡jajajaja! Dios nos da toda la fortaleza”.

Para serles totalmente franca, sus palabras fueron una cachetada. Me sentí totalmente maravillada ante la persona que me hablaba. Y al mismo tiempo me vi totalmente avergonzada por mi pequeñez.

Resalté la risa porque yo, en ese momento, no encontré nada de gracioso. Pero ella sí. Ella sí se reía. Mirna se reía porque Dios le daba la fortaleza (toda, palabras textuales).

Creo que conozco el 10% de la historia de ellos. Y con eso me basta para admirarlos. Según mi limitada perspectiva, Mirna tiene tanto de qué quejarse. Tanto para despotricar. Tanto para hacer “catarsis”. Y sin embargo, jamás lo hizo. Jamás.

Me sentí chiquita. Porque sé que esa no hubiese sido mi actitud frente una vida como aquella. Sé que mi boca no estaría llena de ese tipo de confesiones ni palabras. Sé que mi espíritu no siempre estaría dispuesto a reconocer lo que el Señor hace aún en medio de dolor. A veces tiendo a focalizarme en lo malo, en el dolor, en el sufrimiento, en la pena, en lo que falta, en las “injusticias”…

Es mi oración que el Señor haga de mí misma, con mi ayuda, por supuesto, una Mirna. Que yo sea un poco más parecida a ella. Que mi boca se abra para hablar de las bendiciones que Dios me ha dado. Que mi confesión proclame cómo la gracia me salva y me suple. Que mi espíritu esté impregnado de gozo todo el tiempo. Y no como quien niega ciegamente los problemas o los dolores. Sino como quien elije poner la mirada en Cristo, y nada más que en Él.

Por Evangelina Daldi
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