Jesucristo el Señor de todo

Solo si Él lo es todo, la Iglesia es el verdadero Cuerpo

Por Jorge Himitan

La Iglesia primitiva no tenía un libro de doctrina, ni siquiera el Nuevo Testamento. ¡Pero era la iglesia verdadera! Estaba sujeta a la cabeza, cada uno reconocía a Cristo como el Señor de su vida y tenía la vida del Cuerpo. ¿Cómo sabían ellos, entonces, si alguien pertenecía a la iglesia de Cristo o no? Precisamente por estos dos factores: vida y sujeción.Son las dos cosas que indican que pertenecemos a la Iglesia.

A continuación presentamos algunos aspectos prácticos que tienen que ver con lo que es la verdadera Iglesia.

Aunque hablamos de la iglesia en conjunto, es bueno individualizar un poco. Porque generalmente al referirnos a ella, decimos: “Sí, es cierto, la Iglesia debería ser así”. Pero, ¿quiénes forman la Iglesia? ¿No está compuesta por cada uno de nosotros? ¡Por supuesto que sí! De modo que si la Iglesia no funciona es porque tú no funcionas, y porque yo no funciono. No hablemos pues de ella como algo ajeno a nosotros mismos, y de sus problemas como de los de alguna institución extraña a nuestra vida.

La verdadera Iglesia es aquella en la que cada uno de los miembros respalda, de palabra y de hecho, cuatro expresiones de vida que se encuentras en la iglesia primitiva y que vamos a considerar en los párrafos siguientes.

Jesucristo es el Señor de mi voluntad.

La Iglesia verdadera es aquella en la cual cada uno de los miembros demuestra con sus hechos que Jesucristo es el Señor de su voluntad.

La Iglesia es un cuerpo. ¿Cuántas voluntades puede haber dentro de un cuerpo? ¿Qué pasaría si yo tuviera en mi cuerpo más de una voluntad? Todos tenemos una sola. Si quiero caminar, camino; si quiero hablar, hablo; si quiero saltar, salto.

Cuando tú integras el Cuerpo de Cristo, y lo reconoces como Señor por el acto del bautismo, ya tu voluntad queda sepultada. Tú mueres bajo las aguas y se levanta una nueva criatura que dice: “En mi vida ya no mando yo sino Cristo”.

Simplemente te limitas a hacer la voluntad de dios, y lo que Él ha ordenado.

Jesucristo es el Señor de mi tiempo

Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones… Y perseverando unánimes cada día en el templo”(Hechos 2:42,46).

Perseveraban. ¡Qué linda palabra! ¿En qué perseveraban? En estar juntos. Si había una reunión, allí estaban todos. Parece que el lema de la Iglesia primitiva era: toda la iglesia en todas las actividades.

Allí había tres mil personas que no estaban habituadas a concurrir a reuniones. Irían al templo en alguna ocasión. Algunos de los más devotos irían al santuario una vez por semana. Pero en ese momento se produjo una revolución en sus vidas. Experimentaron algo completamente diferente y comenzaron a reunirse todos los días. Cada día, en el templo y en las casas.

La Iglesia verdadera es aquella en la cual cada miembro proclama y demuestra con su vida que Jesucristo es el Señor de su tiempo. Si él me quitara por unos minutos el aire que respiro, ya mi tiempo no sería más mío. Porque, ¿qué es el tiempo, esa sucesión de momentos que controlo con reloj y almanaque? Es sencillamente el desarrollo de la vida. Así que si Él es Señor de mi vida, es también el Señor de mi tiempo.

Jesucristo es el Señor de mis bienes

Cuando decimos que Cristo debe ser el Señor de tu vida, el que mande, el dueño, el amo, incluimos, por supuesto, todo lo que posees. Porque lo que posees es una expresión de lo que tú eres, de lo que has vivido, de lo que has logrado, de lo que has ganado.

La Iglesia de Cristo es aquella en la que cada miembro reconoce y honra verdaderamente a Jesucristo como dueño y Señor de todo lo que posee.

“Señor, todo lo que tengo es tuyo. Tú eres mi Señor. Tengo una casa, un terreno, un auto, una bicicleta, muchísimo dinero, o muy poco; todo lo que tengo, Señor, es tuyo”.

Sin embargo, no te apresures a poner en venta tu casa. Primero tendrías que ponerla en tu corazón. Que sea rota en ti toda ligadura de amor a tus posesiones. Que sea extirpado todo espíritu de obtener, de adquirir cosas; todo afán de poseer más y más, ya que ese espíritu es el que domina el mundo. Que sea quitado de raíz.

Jesucristo es el Señor de mi hogar

Uno de los aspectos más importantes de nuestra vida es el hogar. “Señor, venga tu reino”. ¡Amén! Pero, ¿a dónde? Como en el cielo, así también en la tierra. ¡La tierra es grande! Yo no puedo hacer que el Reino de Dios venga a toda la tierra; pero hay un pedacito de tierra que está bajo mi autoridad: mi hogar. Y yo puedo hacer venir el Reino de Dios a mi hogar. Si tú lo haces en tu hogar, yo en el mío y otros en los suyos, el Reino se extenderá e irá estableciéndose sobre la tierra.

La base de la sociedad es la familia. Dios así lo ha determinado. Y si el Reino no penetra hondamente en nuestros hogares, lo que podamos experimentar será muy superficial. Porque nuestra verdadera manera de ser es la que se muestra en casa, no la que deja verse afuera.

¿Qué clima reina en tu hogar? ¿Está la presencia de Dios todos los días? ¿Hay alabanza? ¿Reina el amor? ¡Cómo abrazamos a los hermanos en las reuniones! Pero, ¿nos tratamos en casa con el mismo amor? El clima de amor, el espíritu de alabanza y esa hermosa comunión que gozamos en las reuniones deben ser los mismos que reinen en nuestra casa. Si el gozo y el amor caracterizan a nuestras reuniones, pues, gozo y amor tienen que caracterizar a nuestro hogar.

¡Que venga tu Reino! ¡Y que cambie nuestros hogares! Pero el hogar no cambiará por sí solo. Ni por orar mucho. No cambiará porque ayunes. Ora y ayuna, sí, pero obra también. Ti hogar cambiará cuando cada uno de sus miembros reconozca a Jesús como Señor.

 

Autor: Jorge Himitan
Tomado del libro: Jesucristo, el Señor
Editorial: Logos

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