Hablemos del desarrollo

Comprender las distintas etapas por las que debemos atravesar

Por Adrián Intrieri

El camino esperable para todo niño sería ir desde la infancia, pasando por la adolescencia y desarrollarse hasta alcanzar la madurez como adulto. Y cada momento debería vivirse de manera pertinente, con la intensidad que corresponda. Ni la infancia debería durar más ni la adultez debería ser prematura; cada momento de la vida debería ser el justo.

El problema que enfrentamos hoy es justamente este, que la adolescencia invadió la infancia y se extendió en la adultez. Debido a esto encontramos muy poca infancia y muy poca adultez.

La adolescencia antes era entendida como un tiempo de transición entre la infancia, que tenía sus propias características, y la adultez, que debía conquistar las suyas. Entonces la adolescencia era como algo que “ya se le iba a pasar” y se pensaba que tenía más que ver con un desequilibrio por aquello en lo que estaba transformándose en lugar de pensarse como un tiempo de crecimiento. Porque la adolescencia era un momento o una etapa donde el niño “abandonaba” su mundo infantil y “practicaba” el hecho de ser adulto. Por eso durante décadas la adolescencia fue menoscabada y estigmatizada. Al adolescente se lo veía como un rebelde, un desprolijo y hasta se llegó a creer que por los cambios hormonales el adolescente era medio tonto. Más allá de eso, lo que sí sabíamos era que el adolescente dejaba de lado lo conocido e iba hacia lo desconocido. Justamente el término adolescencia proviene del latín adolecere que significa aquel que duele o el que adolece.

Pero, ¿a qué nos referimos con adolecer?

Escuché en varias conferencias cosas tales como “debemos dejar de decirles a los adolescente que son adolescentes, porque no adolecen nada; o ¿acaso a ustedes les duele algo?”.

Esto es un error conceptual, aunque es verdad que el púber no siente ningún dolor. Ningún adolescente se levanta por la mañana y dice: “¡Me duele la adolescencia!”. Sería ridículo pensar eso. Cuando nos referimos al hecho de adolecer nos referimos a un sentir interior, un desencuentro interno, una molestia, una sensación de inquietud, de desconcierto, de malestar. Todo esto es llamado dolor porque produce incomodidad con uno mismo.

Sabíamos que el adolescente debía enfrentar los cambios físicos que lo invadían, tratando de comprenderlos, aceptarlos y darles el mejor de los usos. O podríamos decir que tenía la tremenda tarea de transformarse, de modificar su forma de entender las cosas y de entenderse a sí mismo, de cambiar la naturaleza de lo que conocía, es decir, de su forma de entender y actuar siendo un niño y enfrentarse obligado por nosotros los adultos a comportarse como alguien que no sentía que debía ser. ¡Imagínate lo complicado que es eso!

¿Qué es el desarrollo?

Todos nacemos y crecemos, a esto le llamaremos desarrollo. Es el proceso de crecer que todos vivimos. Y lo esperable es que alcancemos nuevas etapas en la vida: de la infancia alcancemos la adolescencia, y de aquí la juventud, y de la juventud la adultez, y de esta a la ancianidad. Esto se logrará desarrollándose como persona. Como todo desarrollo, y como la palabra lo dice, existen elementos que deben ser desarrollados, transformados, corregidos, reelaborados, repensados, y a esto llamaremos crecimiento.

Veamos tres características que creo que son primordiales en la infancia que deben ser desarrolladas en la adolescencia para transformarse en adultez. Veremos solo tres aunque existen muchas más, pero he elegido estas porque creo que sostienen los tres conflictos más comunes de las nuevas generaciones.

Omnipotencia infantil

El niño cree que todo lo puede, su lógica es que nada le es imposible, todo lo merece, y todo que tiene recibirlo. Lo que pide se le debe dar, lo que exige debe tenerlo.

No hay registro todavía del peligro y entonces hace cosas que lo exponen. A esto llamaremos omnipotencia infantil: el niño vive una etapa donde cree que todo lo puede y nada malo le sucederá. La omnipotencia infantil es sumamente necesaria para el sano crecimiento del niño, porque es justamente lo que le permite sentirse seguro y de esta seguridad parte la posibilidad de arriesgarse a conocer o descubrir el mundo. Un niño que no es omnipotente en su infancia es un niño temeroso y le resulta dificultoso crecer, así que la omnipotencia infantil es sumamente necesaria, pero deberá ser transformada.

Por eso el niño a medida que “crece” se enfrenta con que no es tan poderoso y que si, por ejemplo, mete los dedos en un tomacorriente, algo malo le sucederá. Comienza a comprender que si cruza la calle sin mirar a los costados puede correr peligro. Escucha sobre cosas que apenas entiende, pero que algo tienen que ver con lo malo, y que debe tener cuidado y no exponerse. Esto es crecer, cuando aparecen los límites y las consecuencias de las decisiones.

Es a medida que se abandona la omnipotencia infantil que vamos camino a la madurez, característica de la vida adulta. Y es en este momento del desarrollo que la omnipotencia infantil se va abandonando por un concepto novedoso para el púber: límite. Va aprendiendo de la experiencia, y comprende que sus caciones tienen consecuencias, que no todo lo que puede hacer o no todo puede conseguir. Esto lo limita.

Muchas de estas declaraciones, que debemos aclarar que no son percibidas con claridad por el jovencito, se desatan en la adolescencia. ¡Y no son para nada fáciles! Son imperceptibles, obligadas, vividas antinaturalmente y por ende, conflictivas en el interior del joven.

Se abandona la omnipotencia infantil transformándola y traduciéndola en el concepto de límite si esto no se logra transformar de manera efectiva, nos enfrentaremos con rezagos o conductas omnipotentes en la adultez, por ende inmaduras, aun cuando sean mayores de edad.

Mundo de fantasía

Visiones fantásticas de la vida tenemos todos, pero en la infancia son sobresalientes. El niño puede con mucha facilidad ser otra persona, ser bombero, policía, astronauta o lo que sea, comenzando a jugar a ser adulto. Y no solo juega sino que siente que es grande, no juega al bombero, sino que se siente bombero.

La fantasía es necesaria porque le permite al niño desarrollar su capacidad creativa, pero al igual que con la omnipotencia infantil, debe irse abandonando para dar lugar a la realidad.

La realidad es característica de la vida adulta, porque debido a la experiencia y el conocimiento podemos dar cuenta de las cosas que suceden son el aporte de la fantasía. Cuanto más crecemos y conocemos las cosas, las acciones y sus consecuencias, más adquirimos la posibilidad de dar sentido a nuestra visión de la realidad. La realidad es el sentido que cada uno de nosotros les damos a las cosas que nos rodean.

En la realidad abandonamos la fantasía y nos hacemos cargo de lo que puede suceder realmente. Es una enorme tarea que todos debemos hacer para crecer. Podríamos decir, sin temor a equivocarnos, que crecer es justamente abandonar nuestra visión fantástica e ir construyendo nuestra realidad.

Pero hay adultos que todavía tienen residuos de la fantasía en sus vidas. Creen cosas fantásticas y piensan de manera fantástica. Dan lugar a mitos y leyendas como si fuesen reales y sostienen que las cosas que les suceden son consecuencia de cuestiones fantásticas. Esto justamente no tiene nada que ver con la adultez. Conocía  un adulto que sostenía que no debía salir a buscar trabajo porque este vendría a él.

La fusión en la infancia

Al estado en que el niño se siente que es uno con la madre llamaremos estado de fusión, porque justamente sucede eso: están fusionados. El bebé es uno con la madre y no existe separación entre ambos. Pensemos que para que el bebé pueda desarrollarse y crecer será necesario que transforme esa fusión.

El niño cuando nace no conoce nada de las cosas. Para él todo es la madre y la madre es todo; aún más: él es la madre y la madre es él. No hay separación.

Gradualmente comprende que la madre y él son dos cosas distintas. Pero si bien comprende esto, construye un tipo de relación estrecha con aquellos vínculos que sostiene y vivencia como propios. De ahí, las relaciones dependientes entre los niños y sus padres. Si el padre y la madre no saben o no pueden poner límites a esta dependencia, estaremos construyendo una persona que dependerá en todo de los demás.

A medida que se abandona el estado de fusión, debido a la puesta de límites por los padres, el niño y luego el adolescente al crecer irá aprendiendo a valerse por sí mismo. Esto en la adultez llamaremos autonomía.

No fuimos creados para la dependencia porque esto significaría que estaríamos sujetos a los demás y no podríamos hacer nada por nuestra cuenta. El ejemplo más común de dependencia es la emocional. El dependiente es preso de los demás, vive por los demás, olvidándose de sí mismo. La persona dependiente suele ser posesiva y no logra nada sin la ayuda externa; sin el otro se siente desvalido, abandonado y por consiguiente vive exigiendo a los demás, que hagan las cosas por él.

La dependencia es nociva para el desarrollo pero la solución no es dejar de ser dependiente y convertirse en su antónimo, es decir, entonces, independientes, porque la persona independiente es el otro extremo: es la persona que no necesita del otro, le basta solo consigo mismo. El independiente ignora al otro y no se relaciona.

Fuimos creados para la autonomía, para que, construyendo lazos con los demás, es decir, relacionándonos y vinculándonos, vayamos aprendiendo a valernos por nuestros propios medios, haciéndonos responsables de nuestras decisiones y de nuestro crecimiento. La autonomía nos obliga a pensar en qué hacemos con nuestra vida, y que no podemos echarle la culpa a nadie por nuestras decisiones. Nos desafía a encontrar creativamente soluciones para nuestra vida y a aprender a usar las herramientas necesarias para desarrollarnos y crecer.

Un niño inmaduro es un ser omnipotente, fantasioso y dependiente. Ir camino a la adultez es una invitación a crecer en nuestra madurez, comprendiendo los límites, construyendo nuestra realidad y haciéndonos cargo de nuestra autonomía.

Lo que sucede en la transformación con estas cosas entre la infancia y la adultez es lo que llamamos adolescencia.

La tarea de los adultos es colaborar en esta transformación para que los niños abandonen gradualmente, es decir, pertinentemente, su infancia, y logren alcanzar la madurez en una actitud adulta.

Autor: Adrian Intrieri
Tomado del libro: La invasión de la eterna adolescencia
Editorial: Publicaciones Alianza

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