Estaremos siempre cerca

El mismo Señor se encargará de guardarnos

Por James D. Berkley

La gente anda por la vida frenéticamente buscando rumbos, mientras todos viven al tiempo en un tipo de desesperación cada vez mayor. Las fronteras misericordiosas de Dios han sido derribadas como una barrera que contiene multitudes en un partido de fútbol, y todo tipo de gente ha sido lastimada en la locura resultante. La gente vaga peligrosamente fuera de las fronteras como un niño que recién empieza a caminar en una carretera. ¿Es acaso sorprendente cuán ansiosa se ha vuelto nuestra sociedad, con antihéroes llenando las pantallas de nuestro cine y las malas noticias asaltándonos en el noticiero de la noche? La vida para las masas es como una caminata desventurada a través de un campo minado. Un pude tener suerte, pero no apueste que la tendrá.

Envuelto con el amor de Cristo que recibimos cuando Él restauró nuestra relación se encuentra un enrome fardo de esperanza con la dirección más ínfima.

Y cuando digo que recibimos esperanza, no es de la clase tal como “De verdad espero ganarme la lotería”. La esperanza de Dios no es un ansia vaga sino seguramente fútil. La esperanza a la que me refiero es algo seguro, una cantidad conocida, algo con lo que uno puede contar. Es el tipo de esperanza que nos permite la fortaleza para marchar adelante: “¡Debido a Jesucristo, ahora tengo esperanza!”. La transición más feliz de mi vida fue desde la desesperación del nihilismo hasta la esperanza del cristianismo.

La dirección agradable de Dios también nos quita un peso del alma. Para parafrasear el gran novelista ruso Dostoyevsky dijo: “Cuando lo trascendente desaparece, todo es permitido”. El caos de un mundo en donde se permite todo no nos trae más que aflicción. Como los adolescentes que empujan los límites del control parental pero finalmente encuentran seguridad en las fronteras, necesitamos, y bien en el fondo ansiamos, la provisión por gracia de Dios, de límites a nuestro comportamiento. No hay gente tan gozosa como aquella cuya única motivación son los estímulos, y ninguno tan sólidamente satisfecho como los que descansan seguros dentro de la voluntad de Dios.

En el paquete del cristianismo encontramos una excelente guía para el usuario: La Biblia, que está cargada de direcciones sobre la vida razonable, sólidas, bien ilustradas y comprobadas.

¿Puede durar?

Dios lo mantendrá cerca para siempre, no importa lo que pase. A través de todo este proceso, Dios ha sido iniciador, y nosotros los que respondemos. Cuando llega el momento de sellar la relación y llevarla hasta el final, nuevamente Dios juega el papel crucial. Ahora que ha regresado, Dios no lo dejará caer.

Esta garantía sólida de que sí, la relación durará, se conoce como la doctrina de la perseverancia de los santos. Los santos es un término antiguo para cristianos y se refiriere a todos los creyentes, no solo a los que se les ha dado ese título especial, como a San Pedro o a Santa María. Así que la perseverancia de los santos no es más que cristianos que están esperando a que el tiempo finalmente se agote.

En varios lugares, La Biblia nos asegura de esta reconfortante verdad. Pablo escribió a los cristianos en Filipo que él estaba convencido de esto: el que comenzó tan buena obra en ustedes la irá perfeccionando…” (Filipenses 1:6). También le escribió a los cristianos en Roma: “porque las dádivas de Dios son irrevocables” (Romanos 11:29).

Jesús le dijo a la gente que lo presionaba en Jerusalén: “y que viene después de mí, al cual yo no soy digno ni siquiera de desatarle la correa de las sandalias. Todo esto sucedió en Betania, al otro lado del río Jordán, donde Juan estaba bautizando. Al día siguiente Juan vio a Jesús que se acercaba a él, y dijo: «¡Aquí tienen al Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo! De éste hablaba yo cuando dije: “Después de mí viene un hombre que es superior a mí, porque existía antes que yo” (Juan 10:27-30).

Tan sólido como Dios

Lo que es tan grande acerca de la duración final de nuestra relación con Dios es que esa perseverancia descansa en la fidelidad de Dios, y no en nuestra propia capacidad ineficaz de persistir.

¡Estoy tan contento de que no descanse en mí! Soy inestable. Soy débil. Soy incompetente. Para quienes les encanta el personaje de Peter Sellers del Inspector Clouseau en las películas de “La pantera rosa”, yo soy un Clouseau espiritual, ¡y todos lo somos! Abandonados en nuestros propios medios, arruinaríamos esta relación tan pronto como Clouseau derriba una mesa de billar. Pero no estamos librados a nuestros propios medios. Dios nos retiene con el mismo nivel de competencia absoluta que Él utilizó para rescatarnos.

Una de nuestras grandes equivocaciones de descansar en nuestras emociones: yo me siento bien al respecto, así que debe ser verdad. En cambio, nuestra confianza debe descansar en la confiabilidad de Dios. Jesús dijo que él nunca me perdería, y uo sé que él es la verdad absoluta. Así, puedo descansar asegurado en Él.

Uno puede sentirse mal el día después que deposita su fe en Jesucristo. Tal vez puede sentirse genial. Pero ninguno de los dos sentimientos mide la realidad de nuestra relación con Dios. Él es el vínculo que la completa.

El pastor Fred Musser de Georgia relata una historia que le contó su mentor: “Cuando mi hijo era pequeño”, recordaba el reverendo Temple, “con frecuencia caminábamos juntos por el campo y las pasturas cercanas detrás de la casa parroquial. Al principio, el pequeño me sostenía del meñique, pero descubrió que cuando tropezaba con algo, se caía, y ahí caía al polvo o a la nieve. Yo me detenía, él se levantaba, se limpiaba y me tomaba nuevamente del meñique, apretando un poco más fuerte esta vez.

Esto sucedía con frecuencia, hasta que un día, mientras se estaba sacudiendo el polvo, me miró y dijo: “Papá, si me tomaras de la mano, no me caería”.

El reverendo Temple continuó: “Saben, él siguió tropezando muchas veces después de eso, pero si yo lo tomaba de la mano, nunca volvía a dar contra el piso. Eso me enseñó una lección: cuando camine con Dios, no intente aferrarse de Él, deje que Él se aferre a usted. Usted puede tropezar, pero Él nunca lo dejará caer”.

 

Por James D. Berkley
Tomado del libro: Cristianismo esencial
Editorial: Vida

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