En sintonía con el Espíritu de Dios

Nuestra relación con el Espíritu Santo

Por T. D. Jakes

La plenitud del Espíritu Santo hace que tengamos a nuestra disposición el poder de Dios para cumplir con el trabajo del Reino. Poco después de ser bautizado con el Espíritu de Dios, muchos creyentes perciben un cambio radical en su capacidad de orar y de caminar bajo la unción del Señor.

¿Por qué es tan importante orar con el poder del Espíritu Santo? Muy a menudo, nuestro espíritu está dispuesto, pero nuestra carne es débil. Necesitamos la ayuda de Dios para superar esta debilidad que nos arrastra, la cual proviene de nuestra naturaleza carnal.

El ser humano

Pablo escribió: Que Dios mismo, el Dios de paz, los santifique por completo, y conserve todo su ser —espíritu, alma y cuerpo— irreprochable para la venida de nuestro Señor Jesucristo”(1 Tesalonicenses 5:23). Esta porción de La Biblia nos muestra las tres partes consecutivas del ser humano: cuerpo, alma y espíritu.

Si estas tres partes fueran lo mismo, Pablo nunca habría orado pidiendo que cada una de ellas fuera preservada. Si deseamos vivir una vida de oración próspera, así como desarrollar todo nuestro potencial en Dios, debemos tomar conocimiento de cada parte de nuestro ser y colocarla en el lugar correcto.

Cada una de estas partes tiene incidencia en nuestra vida de oración. Si fuéramos solo espíritu, las bendiciones que provienen de las plegarias vendrían sin impedimento alguno. Pero no debemos olvidar nuestro cuerpo ni nuestra mente.

En este pasaje, las palabras “todo” y “conservar” son muy significativas. “Todo” significa alcanzar nuestro potencial de manera completa y absoluta. “Conservar” significa “guardar”, “Observar”, “mantener algo en su lugar”. Cuando oramos, debemos enfrentarnos con estas tres partes. Cada elemento tiene un papel decisivo en el éxito o fracaso en nuestra vida de oración.

Cuerpo

El cuerpo comprende nuestra carne y nuestros apetitos. La carne nunca desea orar, nunca despierta en ti el deseo de buscar a Dios. Está en enemistad con el Señor y no entiende sus caminos. Esta es la razón por cual el hombre nunca puede agradar a Dios en la carne. Ya que la carne nunca podrá estar a la altura del Espíritu, debemos disciplinarla para que se sujete a lo que sabemos que es correcto. La carne te dirá: “No tienes la necesidad de orar. Si va a suceder, entonces así ocurrirá”. Pero debemos batallar para que ciertas cosas ocurran. Debemos bombardear las puertas del cielo para obtenerlas, y el cuerpo nunca se halla dispuesto a comportarse de esta manera.

Alma

El alma del ser humano se halla entre nuestro cuerpo, el cual nunca desea orar o hacer lo correcto, y nuestro espíritu, que anhela a Dios y a las cosas espirituales. El alma abarca nuestras emociones, nuestros sentimientos, nuestras debilidades y nuestro pasado. En tu alma ocurre un proceso continuo, progresivo y renovador. Cuando oramos con el alma, oramos con el intelecto y con el conocimiento de lo mejor de nuestra capacidad. Pero para poder comenzar la batalla espiritual y profunda, debemos ir más allá de nuestra lógica y de nuestro intelecto.

Espíritu

Cuando estabas perdido, tu espíritu estaba muerto “en transgresiones y pecados” (Efesios 2:1). Sin embargo, ahora que eres salvo, tu espíritu ha sido revivido, lo que significa que ha sido vitalizado, que tiene vida; que es vibrante y fuerte. A medida que el Espíritu Santo comienza a tener una relación íntima con tu espíritu, comienzas a producir el “fruto del Espíritu” (Gálatas 5:22-23). El Espíritu de Dios desea conocerte profundamente, Él no busca una relación superficial.

“Adán volvió a unirse a su mujer, y ella tuvo un hijo al que llamó Set”(Génesis 4:25). El resultado de la intimidad son los frutos.

Pablo escribió: “a fin de conocer a Cristo” (Filipenses 3:10), lo que implica una relación tan estrecha que te hace partícipe de la experiencia con el Señor. Pero no puedes conocer a Jesús en el poder de la resurrección si antes no lo conoces en sus sufrimientos y muerte. Nuestro hombre debe crucificarse a diario con Él, a medida que somos transformados de gloria en gloria.

Pablo conocía a Jesús como libertador y perdonador de pecados pero, aún así, anhelaba conocerlo más estrechamente. Para que este hecho ocurra, dos situaciones debían suceder: “olvidando lo que queda atrás” (Filipenses 3:13).

Este pasaje se refiere a actividades que si bien no eran pecaminosas o perversas, tampoco eran edificantes. Al dejarlas atrás, Pablo pudo pedir más de Dios.

“…esforzándome por alcanzar lo que está delante”(Filipenses 3:13). Pablo se esforzaba por alcanzar el premio del sumo llamamiento de Dios en Cristo Jesús. Deseaba alcanzar una intimidad espiritual de tal magnitud, que el resultado de esta fuera el fruto espiritual.

Fuera del radas

“Luego oí en el cielo un gran clamor: ‘Han llegado ya la salvación y el poder y el reino de nuestro Dios; ha llegado ya la autoridad de su Cristo. Porque ha sido expulsado el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba día y noche delante de nuestro Dios”(Apocalipsis 12:10). Ya que Satanás es el príncipe de la potestad del aire y se presenta en la presencia de Dios, constantemente inspecciona nuestra vida de oración. Entonces, no es de extrañar por qué experimentamos tal adversidad y oposición cuando intentamos acercarnos a Dios. Para poder dirigirnos hacia el trono del Señor, debemos superar la vigilancia del enemigo.

Cuando oras en el Espíritu, te diriges al trono de Dios sin que Satanás te detecte, ya que hablas misterios para Él. Tus plegarias son como bombarderos antirradas que el diablo no puede detectar.

El hecho de orar en el Espíritu te permite orar para pedir sanidad, liberación del yugo, así como de Satanás, sin estar en al mira del enemigo. Puedes acudir a la presencia de Dios y recibir artillería para sacudir las puertas del infierno. Esta es la razón la cual el diablo se opone a que las personas oren en el Espíritu. Confunde a los creyentes con respecto a esta verdad espiritual, ya que sabe que no posee arma alguna para defenderse.

Autor: T. D. Jakes
Tomado del libro: La unción
Editorial: 
Peniel

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