El centro de nuestra adoración

Buscar solo a Jesús

Por LaMar Boschman

Durante nuestra adoración, algunos de nosotros somos culpables de concentrarnos en las manifestaciones de su presencia y no en el Señor mismo. Como sentimos que Él está cerca, a causa de lo que vemos, olemos o sentimos somos tentados a quedarnos en lo obvio e ignorarlo a Él, a quien no podemos ver.

El propósito de la manifestación de la presencia de Dios es acercarnos a Él. Cuando esta manifestación llega a ser el centro de nuestra atención, erramos y afligimos el corazón de Dios.

Me gusta el perfume que usa mi esposa. Pero es mi esposa el objetivo de mi atención, no su perfume. En este sentido, la presencia de Dios es como la “colonia” de su persona. Captura nuestra atención y nos hace saber que Él está cerca. Pero el perfume no es la persona. Solo Jesús es el centro de nuestra adoración.

Cuando somos guiados por los sentidos, podemos ser fácilmente manipulados o desviados. La música puede conmovernos. La oratoria elocuente puede conmovernos. Aun los malos espíritus pueden movilizarnos. Cuando, sin embargo, nuestro único centro de atención es la persona de nuestro Dios, nada puede movernos a error.

Demasiada de nuestra alabanza se queda en lo que Dios hace por nosotros, en vez de en lo que Él es. Dado que nuestra atención a Dios a menudo está en su provisión para nosotros, a veces puede ser carnal. Algunos de nosotros adoramos a Dios a causa de lo que esperamos ganar en la relación, no a causa de que lo amamos a Él.

Es maravilloso alabar a Dios por lo que nos provee. Pero es más maravilloso alabarlo a Él porque Él es proveedor. Es maravilloso alabarlo porque Él nos salva, pero es mejor alabarle sane, pero es mejor alabarle porque Él es el sanador.

Nuestra adoración no debe estar basada en la necesidad. Debe estar basada en nuestro amor por su persona. Adora al Cristo exaltado, al Jesús de la revelación divina.

Cuando el Señor nos hace conocer su presencia, nuestra inmediata respuesta debería ser adorarlo a Él, no presentar nuestra lista de deseos. Conocer a Dios solamente como la fuente que suple nuestra necesidades no inspira las más altas alabanzas que Él quiere recibir de su pueblo.

Cuando nos casamos, es porque nos hemos enamorado de una persona, no porque necesitamos una cocinera. La adoración a Dios debe ser como nuestras más íntimas expresiones de amor el uno al otro, como marido y mujer. No hablamos acerca de las cuentas que vencen en la semana en nuestros momentos íntimos. Eso seguramente le quitaría valor a la expresión de nuestro amor.

La acci´øn de gracias y la alabanza son a menudo respuestas a los hechos de Cristo. La adoración, por otro lado, es siempre basada en su persona. La adoración es una personas respondiendo a otra en amor.

La manifestación de la presencia de Dios nos permite adorar efectivamente porque nos capacita para captar un pantallazo de la persona exaltada de Cristo. La revelación de su presencia eleva nuestra adoración a un nivel más alto.

Cuando Juan, el amado, se encontró en la presencia de Jesús oyó una voz. Para él sonaba como una trompeta, a la vez fuerte y con autoridad (Apocalipsis 1:8-12). Cuando él oyó la voz del Señor, se dio vuelta, esperando ver algo. Dios era real para él. Él esperaba ver a Dios, y porque lo esperaba, Juan vio. Me volví para ver de quién era la voz que me hablaba y, al volverme, vi siete candelabros de oro. En medio de los candelabros estaba alguien ‘semejante al Hijo del hombre’, vestido con una túnica que le llegaba hasta los pies y ceñido con una banda de oro a la altura del pecho. Su cabellera lucía blanca como la lana, como la nieve; y sus ojos resplandecían como llama de fuego”(vv.12-14).

¡Qué experiencia gloriosa! Nosotros pensamos que esto fue reservada para unos pocos escogidos. ¡Estamos equivocados! Tú puedes tener una experiencia similar a la de Juan si estás dispuesto a concentrarte en la persona de Jesús, oír su voz, y tomar tiempo para volverte y verlo.

Si nosotros estamos dispuestos a buscar a Dios como Juan lo hizo, Él está dispuesto y listo para revelarse a nosotros.

¿Puede una persona mirar al Sol y no ser afectada por su brillo? El brillo de Jesús era como el Sol cuando está más brillante. ¿Puede alguien mirar al Señor y no ser afectado? Por supuesto que no. Juan dijo: “Al verlo, caí a sus pies como muerto”(v. 17).

Esta es la respuesta apropiada a la revelación de la presencia de Dios. Mucha gente ha oído al Señor hablándole. Muchos otros han buscado verle; pero pocos caen postrados a sus pies. Juan no fue forzado a caer delante del Señor. Su corazón no podía hacer otra cosa.

El corazón de un verdadero adorador encuentra solo una apropiada expresión: una postración total; porque la gloria de la presencia de Dios provoca una mezcla de temor al principio y luego una profunda adoración.

Mientras estaba en la tierra, Jesús era la presencia del Padre encarnado; la misma presencia de Dios en cuerpo, hecho manifiesto, “hecho carne”, la divinidad mezclada con la humanidad. “Y el Verbo se hizo hombre y habitó entre nosotros. Y hemos contemplado su gloria, la gloria que corresponde al Hijo unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad”(Juan 1:4).

Hagamos que Él sea el objeto de nuestra adoración, y enseñemos a otros a concentrarse en Él también.

Cuando los líderes de adoración en cada cultura se ponen de pie frente a sus respectivas congregaciones y toman la responsabilidad de guiar al pueblo hacia la presencia de Dios, estas palabras bíblicas pueden desafiarnos: “Señor, queremos ver a Jesús”(Juan 12:21).

No es una emoción o un sentimiento que nosotros personalmente buscamos y al cual debemos guiar a otros. Es la persona del Cristo exaltado y la manifestación de su persona. Debes desarrollar la pasión por su presencia.

 

Autor: LaMarBoschman
Tomado del libro: Pasión por su presencia
Editorial: Peniel

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