Disponernos a escuchar a Dios

Conectar nuestra vida a una comunión permanente con el Señor

 Por Dallas Willard

Para comprender cómo habla Dios, debemos entender hasta cierto punto lo que es la Palabra de Dios. En el camino de Cristo, discernir la voz de Dios es, básicamente, solo una dimensión de cierto estilo de vida, la vida eterna, una vida que se vive en una relación comunicativa con Dios (Juan 17:3).

Estudiar la Palabra de Dios nos ayuda a comprender qué es esta vida eterna, cómo vamos a tomar parte en ella mediante la misericordia de Dios y, en especial, cómo escuchar a Dios es parte de ella. Sin duda, nos sentiremos cómodos escuchando a Dios solo si nos sentimos cómodos con la Palabra de Dios, cuando habla a través de su creación y de su redención. Escuchar a Dios no es un hecho extraño.

Dios habla no solo para nosotros y nuestros propósitos, ni tampoco lo hace únicamente por nuestra prosperidad, seguridad y gratificación. Aquellos que reciben la gracia de la compañía excepcional de Dios en su palabra también están por ese hecho preparados para mostrarle a la humanidad cómo vivir. Ellos y solo ellos están cómodos en el universo como realmente es. En ese sentido “son la luz del mundo”. Su naturaleza transformada los hace de inmediato aptos para esa tarea. Por lo tanto, esa función no es una optativa ni una ocurrencia tardía. La luz que irradian no es lo que hacen sino quiénes son.

Los acontecimientos del mundo, así como también las situaciones de las que somos conscientes, demuestran la gran necesidad de luz para saber cómo vivir. Los medios de noticias populares, los diarios, la radio y la televisión, así como las investigaciones académicas y las publicaciones nos informan de forma permanente sobre los problemas sociales y personales. Esos problemas permanecen sin solucionarse debido a la confusión, la ignorancia o la perversidad –tanto de nuestros líderes como de la población mundial–, sobre las causas fundamentales de la felicidad y la tristeza humanas.

Las soluciones a los problemas humanos –desde el incesto hasta la guerra atómica; desde la enfermedad mental hasta la pobreza y la polución– no son, de ninguna manera, fáciles ni simples. Pero lo que sabemos de la naturaleza humana parece indicar que podemos obtener conocimiento de cómo vivir solo de aquellos que están preparados para guiar con el ejemplo. Solo al mostrar cómo vivir podemos enseñar a hacerlo. Es gracias a este tipo de vida, que está en nosotros y que nos transforma en ejemplos del morar de Dios, como podemos revelar el fundamento para comunicar la palabra redentora de Dios y su Espíritu a un círculo aun mayor de seres humanos. Este es el modelo expuesto en el libro de los Hechos del Nuevo Testamento y en otros puntos de la historia cristiana. En nosotros, como en Cristo mismo, la Vida es “la luz de la humanidad” (Juan 1:4).

En conjunto, la Iglesia, como el Pueblo “llamado” de Dios, tiene el poder para ponerse de pie a fin de que la humanidad errante vea, así como la columna de nube y la columna de fuego guiaron durante el día y la noche a los israelitas a través del desierto (Éxodo 13:21-22). Cuando el mundo enfrente el hambre, el crimen, las dificultades, los desastres económicos, las enfermedades, la soledad, el desarraigo y la guerra, la Iglesia deberá ser la autoridad certificada a la cual mire en busca de respuestas sobre cómo vivir. Los recursos del poder de Dios están a disposición de la Iglesia. Nosotros sentimos esto, sin importar cuán vagamente, y lo anunciamos cuando decimos: “¡Cristo es la respuesta!”. Aunque quizá no hayas pensado en estos problemas como “preguntas”, sí presentan las dificultades precisas de la vida que solo Jesús puede resolver.

Los individuos que son discípulos y amigos de Jesús, que han aprendido a trabajar hombro con hombro con su Señor, están en este mundo como un punto de contacto entre el cielo y la Tierra, una especie de escalera de Jacob a través de la cual los ángeles de Dios podían ascender y descender a la vida humana (Juan 1:51; Génesis 28:12). Por lo tanto, el discípulo permanece como un embajador especial o un receptor a través del cual el Reino de Dios es transmitido a todos los sectores de la vida humana (Lucas 10:1-11). Este, como tan bellamente describió Hannah Hurnard, es el rol del intercesor: “Un intercesor es alguien que está en tan vital contacto con Dios y sus semejantes que es como un cable vivo que cierra la brecha entre el poder salvador de Dios y los hombres pecadores que han sido cortados de ese poder. Un intercesor es el enlace de contacto entre la fuente de poder (la vida del Señor Jesucristo) y los que necesitan aquel poder y la vida”.

Pero ¿cuál es el proceso a través del cual pueden ser transformados por completo en los hijos de la luz?, ¿transformados en “[…] irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación maligna y perversa, en medio de la cual resplandecéis como luminares en el mundo; asidos de la palabra de vida… (Filipenses

2:15-16 RVR60)? ¿Cómo debemos entender el proceso en curso (que incluye escuchar la voz de Dios), mediante el cual nuestra vida presente será redimida, modelada y conformada a semejanza del Hijo (Romanos 8:29)? ¿Cuál es el rol de la Palabra de Dios en este proceso?

Otro nacimiento

¿Cómo vamos a hacer realidad las siguientes palabras de Las Escrituras?

“La actitud de ustedes debe ser como la de Cristo Jesús” (Filipenses 2:5). “Él no cometió ningún pecado, ni hubo engaño en su boca. Cuando proferían insultos contra él, no replicaba con insultos; cuando padecía, no amenazaba, sino que se entregaba a aquel que juzga con

justicia” (1 Pedro 2:21-23).

Es a través de la acción de la Palabra de Dios sobre nosotros, en todo nosotros y con nosotros como llegamos a tener la mente de Cristo y, por ello, a vivir completamente en el Reino de Dios.

La Palabra de Dios es una esencia creativa y nutritiva, un poder activo que no está limitado ni al tiempo ni al espacio, ni a las restricciones físicas. La Palabra organiza y guía aquello que está dirigido por Dios y por las personas en unión con Él. Es lo que reside en los cimientos de toda clase de vida y de los seres que existen.

¿Qué es la vida? En todos sus niveles y tipos, la vida es poder para actuar y responder en modos específicos de relaciones. Por ejemplo, un repollo tiene ciertos poderes de acción y respuesta y un nivel de vida correspondiente. Hay una gran diferencia entre un repollo que está vivo y otro que está muerto, aunque el muerto todavía existe. Esto también puede decirse de un caracol o de un gatito. Pero un repollo vivo no puede dar una respuesta, por decir, una bola de hilo.

Eso es justamente por la clase de vida que hay en él. Aunque está vivo como repollo, está muerto para la esfera del juego. De manera similar, un gatito jugando con un hilo no puede dar una respuesta a los números o a la poesía, y en ese sentido, el pequeño gato está muerto a las esferas de la aritmética y de la literatura. Un repollo vivo, aunque muerto para una esfera (la del juego) está vivo en la otra: la esfera de la tierra, el sol y la lluvia. La situación es similar a la del gatito.

Una vez, los seres humanos estuvieron vivos para Dios. Fueron creados para ser receptivos y para relacionarse con Él. Adán y Eva vivieron una relación comunicativa con su Creador, que se renovaba diariamente. Al no confiar en Dios y desobedecerle, fueron cortados con la esfera del Espíritu. Por ello, llegaron a estar muertos en relación a la esfera del Espíritu, tanto como el gatito lo está de la aritmética. Dios había dicho del árbol prohibido: “El día que de él comas, ciertamente morirás” (Génesis 2:17). Y murieron.

Por supuesto que biológicamente continuaron vivos. Pero dejaron de ser receptivos e interactivos en relación con la regla de Dios en su Reino. Iba a ser necesario para Dios conferir un nivel adicional de vida en los seres humanos a través de un nuevo nacimiento (Juan 3:3). Eso les permitiría una vez más estar vivos para Dios, poder responderle y actuar dentro de la esfera del Espíritu.

Los seres humanos nacidos del agua (Juan 3:5) –esto es, a través del nacimiento natural– están vivos en la carne, en las esferas biológicas y psicológicas de la naturaleza. Pero en relación con Dios, permanecen “muertos en sus transgresiones y pecados” (Efesios 2:1). Por lo tanto, habitan un mundo “sin esperanza y sin Dios” (Efesios 2:12). Sin embargo, pueden “nacer de nuevo” (Juan 3:3). Esto no es solamente nacer de nuevo en el sentido de repetir algo o hacer un nuevo comienzo desde el mismo lugar. Se trata, más bien, de un tipo adicional de nacimiento, en el cual tomamos conciencia del Reino espiritual de Dios y entramos en él.

Este nacimiento adicional lo provoca la Palabra de Dios y el Espíritu, y es espiritual en sus efectos. “Lo que nace del cuerpo es cuerpo; lo que nace del Espíritu es espíritu” (Juan 3:6).

El maestro que no sabía

Un respetado líder espiritual de los judíos estaba muy impresionado con lo que había visto de Jesús y se acercó a él con estas palabras: “—Rabí —le dijo—, sabemos que eres un maestro que ha venido de parte de Dios, porque nadie podría hacer las señales que tú haces si Dios no estuviera con él” (Juan 3:2). Por consiguiente, este líder elogió a Jesús y al mismo tiempo se elogió a sí mismo por haber tenido el buen sentido de reconocer a Dios obrando.

La respuesta de Jesús fue una aguda reprimenda, aunque fue expresada de una manera tan gentil como para poder aceptarla y que fuera de ayuda. En efecto, Jesús dijo que Nicodemo no tenía la menor idea de lo que estaba hablando. Nicodemo afirmaba que podría reconocer, que podía ver a Dios obrando. Jesús dijo: “De veras te aseguro que quien no nazca de nuevo no puede ver el Reino de Dios” (Juan 3:3). Sin este nacimiento, no podemos reconocer las obras de Dios: no poseemos las facultades ni la capacidad apropiadas.

De inmediato, Nicodemo tropezó con esta simple observación, que revelaba los verdaderos límites de su entendimiento. Él solo podía pensar en el tipo de nacimiento habitual. Entonces, preguntó, como buscando a tientas: “¿Cómo puede uno nacer de nuevo siendo viejo?”. Después, Jesús explicó que, a menos que alguien naciera de la forma usual (de agua) y tuviera el nacimiento adicional (del Espíritu), no podía participar del gobierno de Dios, de su Reino. Los nacidos del Espíritu manifiestan un tipo de vida diferente.

Recuerda que una vida es un rango definido de actividades y respuestas. Aquel que ha nacido espiritualmente exhibe una vida que proviene de una esfera espiritual invisible y también exhibe sus poderes. En términos naturales, no puedes explicar qué pasa con ellos, ignoras de dónde vienen y a dónde van (Juan 3:8). Pero al igual que percibimos el viento invisible y sus efectos, reconocemos la presencia del Reino de Dios en una persona por sus efectos en ellos y a su alrededor, a medida que, de forma progresiva, se transforma en hijo de la luz.

Espíritu y Palabra

El nacimiento adicional que lleva a una persona a la vida en la esfera de Dios se atribuye tanto al Espíritu (Juan 3:5-8) como a la Palabra. En 1 Pedro 1:23, aquellos que están vivos para Dios son descritos de la siguiente manera: “Pues ustedes han nacido de nuevo, no de simiente perecedera, sino de simiente imperecedera, mediante la palabra de Dios que vive y permanece”. Y Santiago 1:18 nos dice que “por su propia voluntad nos hizo nacer mediante la palabra de verdad”.

Este testimonio de Santiago y de Pedro se basó en sus observaciones sobre los efectos que la Palabra de Dios a través de Cristo tuvo en ellos y en los efectos que la Palabra de Dios a través de ellos y de la Iglesia primitiva tuvo sobre otros. Pablo expresó esto como una cuestión de hecho: “Así que la fe viene como resultado de oír el mensaje, y el mensaje que se oye es la palabra de Cristo” (Romanos 10:17).

Así como la Palabra de Dios en la creación trajo luz y materia y vida, así el Evangelio de Cristo llega a nosotros mientras estamos biológicamente vivos, pero muertos para Dios. El Evangelio llena de poder y motiva una respuesta por su propio poder, permitiéndonos ver y entrar en el Reino de Dios como participantes. Abre la puerta de la mente y entra en el corazón. Desde allí, tiene la capacidad de transformar de forma progresiva toda la personalidad. Por consiguiente, “el sembrador siembra la palabra” del Reino (Marcos 4:14). Cuando esto echa raíces en el corazón y en la mente, una nueva vida entra en nuestra personalidad y se convierte cada vez más en nuestra vida a medida que aprendemos a ser “guiados por el Espíritu” (Gálatas 5:25) y a sembrar “para

agradar al Espíritu” (Gálatas 6:8).

La redención –en este sentido– no es más que un aspecto de la creación, una nueva creación. Esta nueva creación es lo único que importa en nuestra relación con Dios, como dice Pablo (Gálatas 6:15). Sin ella, no tenemos relación con Dios, en el sentido de algo en lo que vivimos, y desde el cual se originan todos los desarrollos posteriores del gobierno de Dios en nuestras almas individuales.

La Palabra plantada en nosotros

Santiago, el hermano de Jesús, utiliza la imagen de la siembra para retratar la relación de la vida adicional en el Espíritu para nuestra vida natural y carnal. Él nos alienta a “recibir con humildad la palabra sembrada en ustedes, la cual tiene poder para salvarles la vida” (Santiago 1:21).

Después de que la vida “adicional” ha sido sembrada en nosotros, nuestros poderes naturales no son abandonados para que sigan bajo o junto a la nueva vida. Tienen que ser canalizados y subordinarse a la vida de lo alto. Todos son redirigidos hacia fines espirituales, designados a fines superiores, aunque siguen siendo en sí mismos poderes humanos normales.

La singularidad de la personalidad de cada individuo permanece en la belleza y la bondad de su vida natural. Sin embargo, un resplandor santo descansa sobre ella y brilla a través de ella, porque ahora es el templo de Dios, el área sobre la cual el poder más grande y más alto de Dios participa. Una vida adicional, espiritual, viene a través de la Palabra de Dios, ya que esta posee y vuelve a dirigir las energías de la vida natural a la promoción de los fines del Reino de Dios.

Lavados con la Palabra de Dios

Una descripción diferente de la función de la Palabra de Dios en nuestra redención se puede apreciar en Efesios 5:25-27. Acá, hablando de la Iglesia, el apóstol dice que Cristo “se entregó por ella para hacerla santa. Él la purificó, lavándola con agua mediante la palabra, para presentársela a sí mismo como una iglesia radiante, sin mancha ni arruga ni ninguna otra imperfección, sino santa e intachable”.

Acá, Cristo, la Palabra de Dios, es retratado lavando las impurezas y la confusión que ha impregnado nuestras personalidades humanas durante nuestras vidas, alejados de Dios. Estas impurezas y distracciones, que de hecho no desaparecen de forma automática con el nacimiento adicional, limitan y atacan tanto el crecimiento espiritual individual como el papel planeado para los seguidores de Cristo como la luz del mundo. Mediante su muerte expiatoria y resurrección victoriosa, Jesucristo terminó de unir a sus seguidores inmediatos en un tipo de unidad social totalmente nuevo: la comunidad redentora, el templo santo del Dios viviente (Efesios 2:21-22). A su vez, esta comunidad proveyó un contexto dentro del cual la Palabra de Dios estaría presente con tal riqueza y poder que la Iglesia podría ponerse de pie en la escena mundial más allá de todo reproche razonable. Así es como realizará su llamado de ser la luz del mundo, el refugio y la guía para toda la humanidad sobre la Tierra.

Piensa solo por un momento en lo que sucede cuando lavasuna camisa sucia: el agua y el jabón se mueven a través de las fibrasde la tela de la camisa y se llevan la tierra incrustada dentrode esas fibras. Cuando nos acercamos a Dios, nuestras mentesy corazones están como aquella camisa sucia, atestada de falsascreencias y actitudes, sentimientos devastadores, obras pasadas yplanes equivocados, esperanzas y temores.

La Palabra de Dios –principalmente el Evangelio de su Reinoy de la vida y la muerte de Jesús por nosotros– entra en nuestramente y trae una nueva vida a través de la fe. Cuando abrimosnuestra vida entera a este nuevo poder y a medida que los enviadospor Dios nos ministran la Palabra, esta se mueve dentro decada parte de nuestra personalidad, de la misma forma en la queel agua y el jabón se mueven a través de las fibras de la camisa. La Palabra de Dios echa fuera y reemplaza todo lo que es falso y seopone a los propósitos de Dios al crearnos y ponernos en nuestrolugar único sobre la Tierra.Somos transformados por la renovación de nuestra mente y,por ello, capaces de “comprobar cuál es la voluntad de Dios, buena,agradable y perfecta” (Romanos 12:2). Escuchar a Dios se convierteen un asunto fiable, claro y práctico para la mente que estransformada por la limpieza realizada por la Palabra.

 ¡Qué multitud de cosas deben ser primero removidas de nuestra mente y qué obstáculo son para que escuchemos a Dios! Solo la poderosa y viva Palabra de Dios es capaz de removerlas. Por ejemplo, por lo general pensamos que si somos malos con las personas, ellas serán buenas. Esperamos controlar a las personas por medio de amenazas y de castigos. Sin embargo, esta no fue la forma que utilizó Jesús. Él permitió que otros lo castigaran y dijo: “Pero yo, cuando sea levantado de la tierra [en la cruz], atraeré a todos a mí mismo” (Juan 12:32).

También somos propensos a creer que debemos servirnos a nosotros mismos o nadie más lo hará. Pero Jesús sabía que aquellos que quisieran salvar su vida debían perderla (Lucas 9:24-25). Estamos convencidos de que ganamos apropiándonos y poseyendo. Pero Jesús nos enseñó: “Den, y se les dará” (Lucas 6:38). Un número incontable de otras falsas ideas y actitudes corrompen nuestra mente y nuestra vida, que deberán lavarse por la entrada de la Palabra de Dios. “La exposición de tus palabras nos da luz, y da entendimiento al sencillo” (Salmo 119:130).

Incluso para muchos de nosotros que ya profesamos seguir a Cristo, todavía será necesario un gran cambio interior antes de que podamos escuchar correctamente a Dios. Cuando viene la dificultad, por ejemplo, cuando tenemos problemas con el vehículo o discutimos con alguien de nuestra familia o en el trabajo, ¿cuánto tiempo nos lleva presentarle estos problemas al Señor en oración? Cuando vemos un accidente o un comportamiento violento u oímos una ambulancia por la calle… ¿pensamos en levantar una oración por aquellos que estén involucrados? Cuando nos reunimos con una persona por alguna razón, ¿vamos en un espíritu de oración para estar preparados a fin de ministrarla, o ella a nosotros, de todas las formas posibles y necesarias? Cuando estamos solos, ¿reconocemos constantemente que Dios está presente con nosotros?

Nuestras respuestas a estas preguntas nos hacen darnos cuenta con tristeza de cómo nuestra mente está firmemente entrenada en falsos caminos.

En la actualidad, con todo el conocimiento, con toda la tecnología y nuestras sofisticadas investigaciones, encontramos nuestro mundo en la misma situación que la descrita por Isaías muchos siglos antes de Cristo: “Esperábamos luz, pero todo es tinieblas; claridad, pero andamos en densa oscuridad. Vamos palpando la pared como los ciegos, andamos a tientas como los que no tienen ojos. En pleno mediodía tropezamos como si fuera de noche; teniendo fuerzas, estamos como muertos” (Isaías 59:9-10).

Esto es así porque nuestra mente –tal vez nuestro cerebro mismo–, necesita ser limpiada de los pensamientos y hábitos falsos. Necesitan tanto ser lavados que en contadas ocasiones entendemos lo que sería la vida si fuesen limpiados, y muchos de nosotros ni siquiera sentimos la necesidad de ser lavados.

La verdad literal es que Cristo, a través de su palabra, remueve las viejas rutinas del corazón y de la mente: las antiguas rutinas de pensamiento, sentimiento, acción, imaginación, conceptualización, creencia y deducción; en su lugar, pone algo más: sus pensamientos, actitudes, creencias, su forma de ver y de interpretar las cosas, sus palabras. Lava nuestra mente y en lugar de confusión y falsedad, de odio, sospecha y temor –para hablar de emociones–, trae claridad, verdad, amor, confianza y esperanza. Por lo que donde antes había temor, ahora hay esperanza; donde había desconfianza, ahora hay confianza; donde había odio, ahora hay amor, y todo basado en una nueva comprensión de Dios transmitida a nosotros por su palabra. Las vasijas de ira se convierten en vasijas de paciencia y amabilidad. Donde había codicia y lujuria, ahora hay generosidad y cortés consideración. Allí donde había manipulación y egoísmo, ahora hay confianza hacia Dios y una motivación por los demás para avanzar hacia la libertad y la individualidad. Ahora tenemos el carácter con el cual escuchar la voz de Dios es algo natural.

 

Autor: Dallas Willard
Tomado del libro: Escuchar a Dios
Editorial: Peniel

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