Déjame actuar a mí

Entreguémosle con control al Señor

Por Evangelina Daldi

Últimamente me he sentido sorprendida con el Señor. Y es tal mi gratísimo asombro que me permito compartirlo con ustedes.

Hace unos días me vi como parada frente a un espejo viendo mi propia hipocresía, vi en el aire salir palabras de mi boca que realmente no creía, me vi hablando con clichés. Y fue claro para mí que ese espejo podía ser el mismo Jesús hablando directamente a mi corazón. Pero frente a las “miserias” mías, el Señor se reía y me demostraba la inmensidad de su amor, su bondad y su gracia.

Quizá alguna vez le haya pasado que se encontró orando o hablando con alguien diciendo: “Señor, toma el control. Te entrego tal situación”, “Confío en que Dios se va a manifestar con sanidad”, “El Señor hará su voluntad en mí”. Tal fueron algunas de mis palabras.

Pero en medio de esa situación, tuve la oportunidad de escuchar, casi de casualidad, a un ministro que no conocía. Sus palabras fueron flechas que dieron justo en el blanco: “A veces le hablamos macanas al Señor. ‘Sí, Padre, oro por la sanidad de mi marido’… pero en realidad no creemos que el Señor vaya a sanarlo. ‘Jesús, toma el control de este problema. Te lo entrego todo a ti’… pero en realidad nos preocupamos y buscamos qué cosas podemos hacer por nuestra cuenta”. Pienso que esto sucede porque en el fondo no tenemos la fe suficiente o tal vez no seamos lo suficientemente valientes como para darle realmente el control a Dios. ¿Qué sucede si las cosas no salen como queremos? ¿Qué si la cosa no resulta como la soñé? ¿Y si algo que no espero sucede y eso me trae decepción para con Dios?

Como queremos ahorrarnos estas preguntas, y sus respuestas, decimos las frases que debemos decir, esas que nos enseñaron en los grupos pequeños y las que se predicaron cientos de veces desde los púlpitos (y gloria a Dios por ellas), pero “por las dudas” (nunca mejor dicho), reforzamos la situación con acciones propias. Y así, dándonos cuenta o no, lo atamos de manos al Señor, le dejamos poco espacio para actuar, le cortamos la libertad para que Él se manifieste y muestre su gloria, su voluntad y su propósito.

O incluso peor, quizá ese espejo haga sincerarnos y nos obligue a confesar que en realidad, no le creemos a Dios, no confiamos que Él sea capaz de jugar a favor nuestro.

Inicialmente dije que frente a este diagnóstico mío, vi al Señor reírse porque, como siempre, Él se salió con la suya, y resultó mucho mejor de lo que podía imaginar. Él es grande, muy grande. Después de todo me di cuenta de que me había preocupado en vano, que cargué con una mochila cuando no había ninguna necesidad de hacerlo, tomé una carga que lo único que provocó es que me amargara. Si tan solo hubiese orado y creído lo que oraba, si tal solo le hubiese dado el real control a Papá.

Sepa disculpar la falta de detalles, pero quisiera guardarlos para mí. Sí quiero compartir esta gran lección: cuando le damos verdaderamente el control al Señor, las cosas resultarán mejor de lo que podríamos imaginar, aun cuando haya tragos amargos en el camino.

Por eso, el desafío para este mes es entrenarnos de modo tal que esta actitud sea un estilo de vida para siempre. Abandonemos las frases armadas, los chiches evangélicos, las oraciones súper espirituales, y hablemos más desde el corazón. Convirtámonos en hombres y mujeres de fe, verdadera fe. Convirtámonos en personas valientes que se atrevan a dejar que Dios actúe tal como a Él le plazca, mientras nosotros nos movemos solo en oración.

Tenemos un Dios grande, un Dios bueno, un Dios que se ríe de nuestras pequeñeces humanas y nos dice: “Si tan solo me dejaras actuar a mí…”.

¡Muchas bendiciones!

Por Evangelina Daldi
redacció[email protected]

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