Bendecidos por el trabajo

Cómo el Señor pensó el trabajo desde el principio

Por Breen y Kallestad

Nuestra cultura tecnológica ha evolucionado hasta un punto en el que el número de horas que puede trabajarse en una semana es una competición de alto nivel. Cuando usted se arrastra al trabajo en las mañanas, ¿puede quejarse con sus compañeros de trabajo de que estuvo trabajando casi hasta media noche? ¿Se le ve con su computadora portátil en su estuche colgando de su hombre cuando se dirige a su casa? ¿Está usted pendiente de la máquina contestadora para estar al día de los mensajes que recibe cuando está fuera del trabajo? ¿Toma turnos adicionales para agregar dinero extra a la hipoteca? ¿Se encuentra a sí mismo envuelto en una escuela o trabajo diferente cada día de la semana?

Un padre que tenía una posición gerencial en una organización cristiana llevaba rutinariamente a sus hijos a la escuela en la mañana y rutinariamente volvía a casa para cenar con su familia. Cuando un compañero de trabajo le comentó esto, le confió que él se había sentido por muchos años relegado porque otros pensaban que él no trabajaba tan duro como ellos.

¿Qué nos lleva a trabajar tan duro y sentir orgullo de ello? Algo no está bien aquí.

El trabajo es importante. El primer mandamiento que Dios da a los seres humanos es sean fructíferos y multiplíquense”(Génesis 1:28). Por muy atractivo que resulte dormitar indefinidamente en una hamaca, los seres humanos no fuimos creados simplemente para existir. Adán y Eva vivían en medio de un jardín, rodeados de todo tipo de animales, aves, peces, árboles, flores y plantas comestibles. Se les ordenó cuidar de toda la creación. ¡Qué trabajo!

¿Se ha dado cuenta de cuánto cronológicamente se dio este mandamiento? Fue antes de que Adán y Eva comieran del fruto prohibido. Fue dado antes de que el pecado entrara al mundo. Fue dado antes de que Adán y Eva trataran de esconderse de su Creador. El trabajo forma parte del castigo; fue lo que Dios diseñó para nosotros desde el principio. Claramente no debemos ser servidores malos y perezosos; fuimos hechos para llevar fruto.

Pero ¿significa esto que debemos ser adictos al trabajo? En una sola palabra: no.

Todos sentimos presión en nuestras vidas, pero no siempre esta presión es mala. La presión, según lo que aprendimos en las clases de física de secundaria, es simplemente una fuerza aplicada a un objeto para cambiar su forma o trayectoria. Las fracturas ocurren cuando el objetivo no se mueve o relaja. La cantidad correcta de presión sobre la cuerda de un violín crea una preciosa nota. Un poco más de presión y se obtiene un ruido exasperante; demasiada presión y lo que se obtiene es un desafinado ruido agudo. No podemos ¾y no debemos¾ tratar de evitar la presión. Es parte de la vida. Sin embargo, no estamos hechos para soportar demasiada presión. Tome un momento para responder las siguientes preguntas: ¿trabaja regularmente seis o siete días a la semana? ¿Trabaja regularmente diez o más horas al día? ¿Trabaja frecuentemente durante el almuerzo? ¿lleva trabajo consigo durante las vacaciones? ¿Responde correspondencia o mensajes de voz relacionados con el trabajo una vez que llega a casa en la noche? ¿Durante el fin de semana? ¿Ha cancelado alguna vez unas vacaciones porque tenía mucho trabajo? ¿Piensa en asuntos de trabajo mientras come con su familia? ¿habla más de su trabajo que de su familia cuando sale con su cónyuge?

Podemos continuar la lista, pero ya debe tener una idea. Si usted es adicto al trabajo, se reconocerá a sí mismo en esta descripción. Pero, ¿sabía usted que las personas adictas al trabajo son más propensos a las enfermedades relacionadas con el estrés, a la fatiga mental y emocional y a los problemas en las relaciones cercanas, tales como el matrimonio?

Este estilo de vida lleno de estrés es tan común entre los cristianos como en el resto de la población. Podemos decir: “Depositen en él toda ansiedad, porque él cuida de ustedes”(1 Pedro 5:7), pero no nos permitimos hacerlo. Citamos “Porque mi yugo es suave y mi carga es liviana”(Mateo 11:30) pero seguimos llevando cargas pesadas en nuestras espaldas. Algo está realmente mal.

Esto no era lo que Dios tenía en mente cuando nos hizo para ser fructíferos. Dios nos creó para ser productivos, pero malinterpretamos lo que esto significa. Construimos nuestras identidades alrededor de nuestras actividades. Nos hemos transformado en “hacedores” humanos, en lugar de ser “seres” humanos. Lo hemos alterado todo.

El modelo bíblico del ritmo de vida nos permite ser fructíferos de manera equilibrada con el descanso. Debemos estar seguros de quiénes somos, basados en lo que Cristo hizo por nosotros en la cruz y las grandes promesas que tenemos de que somos amados y aceptados por Dios. Debemos activar los frenos cuando se trata de vivir un estilo de vida acelerado de forma que podamos ganar la aceptación de otros por medio de lo que hacemos.

Balance

Las Escrituras revelan el modelo de vida que Dios creó para nosotros. Podemos verlo en las vidas de Adán y Eva antes de ;a caída, y lo vemos en la vida diaria de Jesús. Este es el modelo de vida que llamamos Semicírculo, llamado así por la imagen de un péndulo balanceándose a un ritmo natural de un lado al otro.

“y dijo: ‘Hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza. Que tenga dominio sobre los peces del mar, y sobre las aves del cielo; sobre los animales domésticos, sobre los animales salvajes, y sobre todos los reptiles que se arrastran por el suelo’. Y Dios creó al ser humano a su imagen; lo creó a imagen de Dios. Hombre y mujer los creó, y los bendijo con estas palabras: ‘Sean fructíferos y multiplíquense; llenen la tierra y sométanla; dominen a los peces del mar y a las aves del cielo, y a todos los reptiles que se arrastran por el suelo’. También les dijo: ‘Yo les doy de la tierra todas las plantas que producen semilla y todos los árboles que dan fruto con semilla; todo esto les servirá de alimento. Y doy la hierba verde como alimento a todas las fieras de la tierra, a todas las aves del cielo y a todos los seres vivientes que se arrastran por la tierra’. Y así sucedió” (Génesis 1:26-30).

El sexto día Dios creó a los seres humanos a su imagen. “Imagen” trae a la mente la idea de un reflejo en el espejo o un retrato reflejando la imagen de alguien. Si una fotografía tomada por un fotógrafo muestra el rostro de una persona, decimos que es una buena imagen o retrato de alguien. Cuando Moisés escribió por primera vez estas palabras, sin embargo, no había espejos ni pintores de retratos, ni laboratorios de fotografía. En aquellos días, una persona tenía la idea de cómo lucía mirando a otros. Pero este no es el significado de “imagen” en Génesis 1. Una palabra mejor sería “impresión” o “huella”. Dios dejó su huella en nosotros cuando nos hizo del barro. Tenemos una impresión en nosotros que solo la mano de Dios puede llenar. Desde la caída nos hemos estado alejando del alcance de Dios, tratando de llenar las huellas con todo tipo de reparaciones insuficientes.

¿Ha visto los colchones de memoria de goma espuma? Cuando se acuesta sobre el colchón, la impresión de su cuerpo continúa allí por algún tiempo después de que usted ya se ha levantado. El colchón recuerda la impresión que su cuerpo hace. Esta es una impresión que solo puede ser llenada por el cuerpo que la hizo.

Tenemos en nuestra vida una impresión que solo puede ser llenada por la mano que la hizo. La diferencia es que la impresión que Dios puso en nosotros nunca se borra.

Hechos para trabajar

Vivir una vida fructífera es ser como Dios, reflejar la imagen que hay en nosotros para ser creadores, para ser inventivos, para producir algo.

“Al llegar el séptimo día, Dios descansó porque había terminado la obra que había emprendido… Dios el Señor tomó al hombre y lo puso en el jardín del Edén para que lo cultivara y lo cuidara”(Génesis 2: 2, 15).

“Cuando el día comenzó a refrescar, oyeron el hombre y la mujer que Dios el Señor andaba recorriendo el jardín; entonces corrieron a esconderse entre los árboles, para que Dios no los viera. Pero Dios el Señor llamó al hombre y le dijo: ‘¿Dónde estás?’”(Génesis 3:8-9).

En el frescor de la tarde, Dios camina en el jardín que había creado. Deseaba la compañía de la corona de su creación, Adán y Eva. Recuerde, ellos habían trabajado todo el día. Ahora Dios los invita a dejar su trabajo y descansar con Él. Estos versículos parecen indicar que este era un evento regular, una rutina. Al final del día, el Señor aparecía y esperaba que sus seres queridos dieran un paseo con Él. Dios se hace visible y audible cada tarde para que Adán y Eva pudieran sentirse conectados con su Padre. Dios les da un diario recordatorio de que su mano llena la impresión en cada uno de ellos. Así debería ser entre el Creador y lo creado desde el comienzo de los tiempos.

Este tiempo de descanso y retiro que seguía un día de trabajo no era opcional, un evento del tipo “si tienes tiempo, hazlo; pero si no es así, no te preocupes”. Fue puesto en nosotros como una parte natural de nuestra existencia. Es la manera en que Dios nos creó para vivir.

Pero una tarde nuestros primeros antepasados no se presentaron. Adán y Eva decidieron ir solos aquel día, sin la mano de Dios en sus vidas. Dios les había dado instrucciones de cómo debían vivir en el jardín, pero ellos escogieron reescribir las instrucciones. Habían pecado, y lo sabían. Luego se escondieron de la única mano que podía llenarlos y hacerlos completos.

Después de una confrontación con Dios, Adán y Eva son maldecidos con trabajar entre espinos y cardos, sudando en el calor del trabajo agotador. Pero así no se suponía que debía ser. El trabajo en sí mismo no es una maldición.

Esto nos lleva a varias conclusiones.

  • El desempleo hace que nuestra vida caiga por debajo de lo que es estándar. Cuando una persona queda desempleada es como si la persona hubiera caído del llamado dado por Dios a llevar una vida productiva. Po esto es que las personas sufren tanto cuando pierden sus trabajos. El centro de productividad y rendimiento en sus vidas se pierde, es como si dejaran de ser completamente humanos. No es de extrañar que la depresión acompañe frecuentemente al desempleo.
  • Debe haber trabajo en el cielo. Si estaba contando con que estaría sentado en un servicio eterno de adoración y alabanza, lo siento por usted. Hubo trabajo antes de la caída del hombre, y por lo tanto debe hacerlo también después de la redención. Esta vida es un pálido reflejo de la vida real que está por venir.
    El trabajo es una parte estratégica de la existencia humana. Debemos tener vidas productivas o estaremos apartados del llamado dado por Dios y del estándar básico de la humanidad. Fuimos creados en el sexto día de la creación para trabajar. Pero, más importante aún, fue lo que sucedió en el séptimo día.

Autor: Mike Breen y Walt Kallestad
Tomado del libro: Una vida apasionante
Editorial: Patmos

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