Bautizados en el Espíritu Santo

Porque el bautismo es mucho más que hablar en lenguas

Por Frank Macchia

El bautismo en el Espíritu, como una renovación carismática y una investidura para ser testigos, tiende a funcionar para los pentecostales como una renovación en la experiencia y poder del amor de Dios en nosotros para que el fuego de la esperanza y la fidelidad puedan arden más vivamente. Los pentecostales ven la experiencia del amor de Dios en el bautismo en el Espíritu en cuanto a su generosidad. Se comparan a estar “intoxicados por Dios”. Les gusta mencionar el mandato del Nuevo Testamento de no emborracharse con vino sino más bien ser llenos del Espíritu. Esta experiencia de Dios, de avivamiento de “alto voltaje”, puede tornarse superficial y fanática si se la reduzca a nada más que una liberación emocional. Aquí es donde el amor santificador, como un don escatológico, pude jugar un rol valioso al proporcionar un contexto significativo para nuestra interpretación del éxtasis religioso.

El término “éxtasis” se refiere, literalmente, a un estado de encontrarse fuera, o más allá, de uno mismo, como una forma de “trascendencia de sí mismo”. Hans UrsBalthasar puede, por consiguiente, escribir que un “éxtasis de servicio” es como un “ascenso a Dios para ser completamente poseído por Dios para sus propósitos”. Nosotros también hacemos esto en relación a Dios cuando gemimos con suspiros demasiado profundos para poder expresarlo con palabras por medio de sonidos glosolálicos. Nosotros nos comprometemos en alabanza a Dios de una manera que trasciende nuestras facultades racionales o lingüísticas. La doctrina de la sucesión (el bautismo en el Espíritu como una experiencia carismática sucesiva a o distinta de la regeneración) puede funcionar como una fuente de renovación en la Iglesia si se la interpreta en el contexto de una experiencia de éxtasis de amor, como el poder de autotrascender y autodarse abundantemente a Dios y a los demás.

El bautismo en el Espíritu nos llena con el amor de Dios para que podamos autotrascender más allá de los límites. Encontramos el poder de trascender las limitaciones por medio de una llenura divina al autoderramarnos hacia los demás. Al autotrascender, nos sentimos satisfechos, pues fuimos hechos para el amor de Dios. Él, como una fuente de amor derramado abundantemente, comienza a moldearnos en algo similar. Jesús derrama el Espíritu para que Él pueda derramarse en nuestra investidura de amor, a fin de amor a los demás. Nos volvemos “personalidades bautizadas en el Espíritu”. Jesús, por consiguiente, dice que creer en Él provocará que, desde nuestro interior, fluya un manantial de agua divina en abundancia. Porque de aquel que bebe del Espíritu brotarán ríos de agua viva”(Juan 7:38). El bautismo en el Espíritu, como una experiencia de investidura de poder, no es solo una renovación de energía para hacer cosas para Dios. Es más bien el poder de autotrascender, de autoentregarse en amor. Esto nos involucra enteramente.

Aquellos que estaban llenos del Espíritu en Hechos irrumpieron en lenguas de alabanza, lenguas que también se convirtieron en puentes del ministerio investido de poder en el amor de Cristo para los demás, al ir más allá de la lingüística y los limites culturales. Las lenguas no pueden tornarse en una ley que gobierne cómo debe recibirse el bautismo en el Espíritu sin excepción dentro de las acciones de la soberanía de Dios. Las lenguas eran la señal característica del bautismo en el Espíritu para Lucas y puede serlo para nosotros, porque simbolizan al pueblo de Dios al entregarse a sí mismo, abundantemente, de una manera que trasciende las limitaciones y expectativas de las criaturas. En lenguas gemimos por una libertad en el Espíritu aún no cumplida (Romanos 8:26). Russell Spittler estaba en lo correcto cuando escribió que las lenguas son “un discurso imperfecto para una de las más importantes jamás pronunciadas por un erudito pentecostal, cae como una bomba sobre las espiritualidades pentecostales triunfalistas parciales. En este débil gemido, ya obtuvimos nuestra trascendencia escatológica y cruce de límites mientras fluimos de nosotros hacia los demás. Las lenguas simbolizan esta trascendencia de uno mismo y este cruce de límites.

Según Efesios 5:18-19, llenarnos del Espíritu hace que nos animemos unos a otros con salmos, himnos y canciones espirituales. Una manera de hablar inspirada de todo tipo es “vivir la verdad con amor” (Efesios 4:15).Esta “trascendencia de uno mismo”, investida de poder para el ministerio y las misiones, comienza cuando nos incorporamos a la comunidad conciliadora de la Iglesia (1 Corintios 12:13), y continúa siendo la misma experiencia de trascendencia de uno mismo, investida de poder, mientras seamos continuamente llenos del Espíritu.

No quiero que perdamos nuestro énfasis sobre la experiencia del bautismo en el Espíritu Santo como algo que los cristianos deberían esperar en la vida de fe en algún momento o durante o después de su aceptación de Cristo como el Señor y como el curso de una experiencia de enriquecimiento carismático. La experiencia del bautismo en el Espíritu puede ser una renovación de fe, esperanza y amor, así como una mejora del poder para las misiones. Es un mejoramiento de nuestra conversión a Cristo al mundo en oración por su renovación, y nos hace participar en la misión de Dios. Nosotros gemimos en el Espíritu demasiado profundo para ser expresado con palabras (sonidos glosolálicos) para que llegue la libertad del Espíritu y nos regocijemos en las señales de sanidad. “Ningún ojo ha visto,ningún oído ha escuchado,ninguna mente humana ha concebidolo que Dios ha preparado para quienes lo aman”(1 Corintios 2:9). Se nos pide que experimentemos una muestra de la gloria en el aquí y ahora como una fuerza de renovación en la vida cristiana y la vida de la Iglesia.

Autor: Frank Macchia
Tomado del libro: Bautizado en el Espíritu
Editorial: Vida

  Image size: 100x160, 17.77Kb
  Image type: jpeg

Se el primero en comentar

Deja Tu Comentario

Tu dirección de correo no será publicada.


*