Aprende a vivir gozosamente

El gran secreto que guarda Eclesiastés

Por J. I. Packer

A los cristianos nos gusta indagar cuál es nuestro libro favorito de La Biblia. Descubrir la manera en que las personas experimentan Las Sagradas Escrituras especialmente aquellos que escriben libros sobre La Biblia—es de interés natural para nosotros. Cuando me preguntan cuál es mi libro favorito, yo contesto Eclesiastés. Si las personas fruncen el ceño y preguntan por qué, les doy dos razones.

Primero, es un placer especial leer a un escritor con quien uno resuena. Así es cómo el escritor, quien se identifica a sí mismo como Qohelet(palabra en hebreo que significa “recopilador”, y que en griego se convirtió en Eclesiastés “el hombre que ensambla”), me impresiona. Lo veo como un ciudadano contemplativo de la tercera edad, un profesor público sobre la sabiduría, un estilista y perito en el uso de la palabra. Como lo muestra su testimonio oficial, o testimonio en tercera persona (puede ser cualquiera de los dos) en Eclesiastés 12:10, este hombre tomó muy en serio su tarea de instruir y se esforzó por comunicarse de una manera memorable. Ya sea que haya sido el Salomón de la historia o alguien que se hizo pasar por él—no con el fin de engañar, sino con el fin de comunicar su mensaje de la manera más eficaz—no lo sabemos. De lo que sí estoy seguro es que cada punto tiene una fortaleza máxima si proviene del verdadero Salomón al final de su vida.

Haya sido quien haya sido, Qohelet era un realista en cuanto a las muchas manera en que este mundo nos da un viaje dificultoso. Pero aunque temperamentalmente inclinado al pesimismo y al cinismo, yo pienso, lo que lo salvó de caer en cualquiera de estos dos cráteres de la desesperanza fue una fuerte teología del gozo.

Qué tanto concuerda esto con la forma en que la gente me percibe a mí, no lo sé, pero esta es la manera en que quisiera verme a mí mismo, y esa es la razón por la que siento cierto cariño a Eclesiastés como una alma gemela. (Una de las diferencias principales, por supuesto, es que el pensamiento de él ocurre en su totalidad dentro del marco de trabajo de la revelación del Antiguo Testamento).

Segundo, al mirar atrás a la fecha en que me convertí durante mis últimos años de adolescente, me veo como alguien que recibió de Eclesiastés sabiduría que necesitaba en gran manera. Cuando Cristo Jesús se apoderó de mí, yo ya iba en buen rumbo a convertirme en un cínico. Pero por la gracia de Dios, fui domado en mi totalidad, y veo a Eclesiastés—el hombre y el libro—como quienes hicieron la mayor parte de esa tarea de domarme.

Los cínicos son personas que se han vuelto escépticos sobre la bondad de la vida, y quienes miran mal las declaraciones de sinceridad, moralidad y valores. Descartan dichas declaraciones como algo hueco y critican programas por hacer mejoras. Sintiéndose desilusionados, desanimados y dolidos por sus experiencias en la vida, su orgullo maltratado les prohíbe pensar que otros pudieran ser mas sabios y hacer mejor que lo que ellos mismos han hecho. Al contrario, se ven a sí mismos como valientes realistas y a todos los demás como autoengañados. Los adolescentes confundidos fácilmente caen en el cinismo, y eso era lo que yo estaba haciendo.

Crecí en un hogar estable e hice buen trabajo en la escuela, pero, siendo introvertido, siempre fui tímido y algo torpe en público. También tenía prohibido participar en cualquier tipo de deporte o juego en equipo a causa de un hoyo en mi cabeza¾literalmente, inmediatamente sobre el cerebro—que había adquirido en un accidente automovilístico a la edad de 7 años. Por años, tuve que cubrir el hoyo, donde no había hueso, usando una placa de aluminio asegurada a mi cabeza con elástico. Nunca pude hacer que mi cuerpo aprendiera a nadar o a bailar.

Ser una rareza aislada fue algo doloroso para mí, como lo hubiera sido para cualquier adolescente. Así que desarrollé un sarcasmo autoprotector, me conformé con esperar poco de la vida, y crecí amargado. El orgullo me llevó a defender la verdad cristiana en debates escolares, pero sin ningún interés en Dios o el deseo de someterme a Él. Sin embargo, cuando me convertí en un verdadero cristiano, a diferencia de uno nominal, hubo cambios, y Eclesiastés en particular me mostró cosas sobre la vida que yo no había visto antes.

Aprender a vivir

Esperándome en las páginas de Eclesiastés estaba una perspectiva de la realidad muy distinta de la perspectiva juvenil cínica.

Eclesiastés es uno de los cinco libros de sabiduría del Antiguo Testamento. Se ha dicho que los Salmos nos enseñan cómo adorar; Proverbios, cómo comportarnos; Job, cómo sufrir; Cantar de los Cantares, cómo amar; y Eclesiastés, cómo vivir. ¿Cómo? Con realismo y reverencia, con humildad y control, con serenidad y contentamiento, en sabiduría y en gozo.

Aquellos que no hayan leído más allá del capítulo 3 quizás piensen de Eclesiastés que solo da voz a un sentimiento de desconcierto y melancolía a causa de cómo está todo. Pero Eclesiastés2:26 ya va más allá de eso: “Dios da alegría . . . a aquel que es de su agrado”. En este libro, el gozo es un tema central y una bendición tan grande y otorgada con tanta gracias, como lo es, digamos, en Filipenses.

Eclesiastés es una meditación constante sobre el tema del diario vivir. Tiene dos partes. Cada una es una cuerda de unidades separadas yuxtapuestas sin conectores en una manera aparentemente sin orden pero que, sin embargo, sí las une lógicamente y teológicamente el tema de que se trata. Al unirlo todo, hay tres imperativos recurrentes:

Reverenciar a Dios: El temor en Eclesiastés, al igual que en Proverbios, significa “confiar, obedecer, y honrar,” no “estar aterrorizado” (por ejemplo, 3:14). Reconoce las buenas cosas de la vida como regalos de Dios y recíbelas de esa manera, disfrutando de ellas (por ejemplo, 2:24–26). Recuerda que Dios juzga nuestras obras (por ejemplo, 12:14).

Existen dos rasgos unificadores más. El primero es:Vanidad de vanidades, dijo el Predicador; vanidad de vanidades, todo es vanidad”, las palabras de apertura en 1:2 y las palabras de clausura en 12:8. Vanidad significa literalmente “vapor” y “niebla,” y aparece más de un par de docenas de veces para comunicar vacío, falta de sentido, sin valor y haber perdido nuestro camino. “Como perseguir el viento”, es decir, tratar de agarrarlo, es una imagen con un significado paralelo (por ejemplo, 4:4). Ambas metáforas apuntan al esfuerzo infructífero, de lo que el mundo está lleno, dice el escritor.

El segundo rasgo unificador es la frase “bajo el sol”. Especifica el punto de partida y señala la perspectiva de no menos de 29 veredictos de cómo aparecen las cosas cuando se evalúan en términos de este mundo, sin referencia a Dios.

La primera mitad de Eclesiastés, capítulos 1-6, es en efecto un ir cuesta abajo “bajo el sol” rumbo a lo que pudiese llamarse la oscuridad de la vanidad. El orden natural, la sabiduría en sí misma, la autoindulgencia inhibida, el trabajo arduo, el hacer dinero, el servir al público, el sistema judicial, y la religiosidad pretensiosa, son todas sondeadas para encontrar qué significado, propósito o satisfacción personal producen (3:11), un deseo de saber, como sabe Dios, la manera en que todo encaja con todo lo demás para producir valor, gloria y satisfacción duradera. Pero la investigación fracasa: solo deja en su camino la frustración de no haber llegado a ningún lugar. ¿La implicación? Esta no es la manera para proceder.

La segunda parte, los capítulos 7-12, es algo discursiva, hasta pudiéramos decir que serpentea. Se esfuerza por mostrar que a pesar de todo, la búsqueda y la práctica de una sabiduría industriosa, modesta y callada es abundantemente digna y no hay manera de embarcarse en ella muy temprano en la vida. Después de comparar la vejez a una casa que cae hecha pedazos (12:1-7), el escritor se eleva a una solemne conclusión:“el fin de este asunto es que ya se ha escuchado todo. Teme, pues, a Dios y cumple sus mandamientos, porque esto es todo para el hombre”(12:13).

La última frase es elusiva; puede ser que su enfoque sea el deber, o puede ser que la frase conlleve el pensamiento “la plenitud del ser humano,” tal como lo expresa la versión Dios Habla Hoy:“Honra a Dios y cumple sus mandamientos, porque eso es el todo del hombre. Dios habrá de pedirnos cuentas de todos nuestros actos” (12:13-14).

¿De qué manera pues debemos finalmente formular la teología de gozo que corre a través del libro entero y lo sostiene? El regocijo en Cristo y en la salvación del creyente, como lo deja ver el Nuevo Testamento, va más allá. Pero al celebrar el gozo como un bondadoso regalo de Dios, y al reconocer el potencial para el gozo de las actividades y las relaciones diarias, Eclesiastés pone el fundamento correcto.

Entonces llegué a la conclusión de que no hay nada mejor que disfrutar de la comida y la bebida, y encontrar satisfacción en el trabajo. Luego me di cuenta de que esos placeres provienen de la mano de Dios (2:24). Entonces sugiero que se diviertan (8:15).

Vive feliz junto a la mujer que amas, todos los insignificantes días de vida que Dios te haya dado bajo el sol. La esposa que Dios te da es la recompensa por todo tu esfuerzo terrenal (9:9).

Ser demasiado orgulloso para disfrutar lo que puede disfrutarse es una falta muy fea, y una falta que clama corrección inmediata. Hay que reconocer que, como tuve que aprender hace mucho tiempo, el remedio para el cinismo es descubrir cómo, bajo Dios, las cosas ordinarias pueden traer gozo.

 Por J. I. Packer
Profesor de teología de Regent College y autor de más de 40 libros, incluyendo su libro de mayor venta El conocimiento del Dios santo.
Christianity Today

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