Andemos en Cristo

Vivamos en la plenitud de la intimidad con el Señor

Por Charles F. Stanley

Con frecuencia Las Escrituras usan el acto de andar como una descripción del comportamiento de los creyentes. Por ejemplo, nos dicen que “andemos como hijos de luz”, “que andemos en la verdad”, “que andemos según el Espíritu” y que “andemos en amor”. Colosenses 2:6 usa esta expresión para darnos un mandamiento importante: Por tanto, de la manera que recibisteis a Cristo Jesús el Señor, así andad en Él(RVR60). La pregunta que debemos hacer es: ¿qué significa “andar en Cristo”?

Aquí la palabra en no tiene un uso literal, como “el martillo está en la caja de herramientas”. Más bien, se refiere a una relación vital, una unión entre el creyente y el Señor. Así como una boda marca el comienzo de una nueva relación para un hombre y una mujer, recibir a Cristo como Salvador inicia una comunión íntima entre el Señor y su seguidor. Lo que Dios desea no es simplemente perdonarnos, sino desarrollar una relación estrecha y cada vez más profunda con cada uno de sus hijos. Quiere hacernos saber que el Hijo de Dios es la fuente de todo. Jesucristo es para el creyente lo que la sangre es para el cuerpo: indispensable.

Por lo tanto, “andar en Cristo” se refiere a una relación dinámica con el Señor. Así como es imposible caminar mientras se está quieto, los creyentes se mueven, ya sea hacia delante, avanzando en su vida cristiana, o hacia atrás, retrocediendo. La clave para saber cómo progresar se encuentra en ese mismo vehículo de Colosenses: Por tanto, de la manera que recibisteis a Cristo Jesús el Señor, así andad en El”. ¿Cómo es que usted y yo recibimos a Cristo? Por fe. A fin de nacer de nuevo, confiamos en el testimonio de La Palabra de Dios. La vida cristiana debe “andarse” (vivirse) de la misma manera.

Muchas personas andan según lo que ven y sienten, pero permitir que nuestros sentidos físicos nos guíen espiritualmente no funciona porque el Señor simplemente no brindará toda la información que nos gustaría tener. En vez de ello, quiere que confiemos en Él a diario cualquier necesidad que podamos tener. A esto se debe el mandato para los seguidores de Jesucristo: “Vivimos por fe, no por vista” (2 Corintios 5:7). Debemos dar el primer paso por fe, y luego el siguiente, no sabiendo exactamente hacia dónde nos llevará, pero confiando en que nuestro Dios omnisciente y amoroso tiene nuestro mayor beneficio en mente. Andar en fe significa tener una relación personal con Jesucristo que da como resultado confiar en Él para toda circunstancia de la vida y creer todo el tiempo que Él hará lo correcto y lo que nos beneficia, sin excepción.

Aprender a andar por fe

¿Qué hace un desafío que parece insuperable? Proverbios 3:5-6 nos instruye: “Confía en el Señor de todo corazón, y no en tu propia inteligencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él allanará tus sendas”.

El primer requisito para vivir una vida de fe es una relación personal con Jesucristo. A menos que le conozcamos, no podemos discernir su voluntad para nuestra vida. Cuando se presenta una oportunidad delante de nosotros, aquellos que deseamos vivir por fe queremos saber si es Dios quien nos guía, y no nuestra propia motivación.

Dios tiene un propósito para cada situación en la que nos encontramos. Con Dios no hay coincidencias. Él es el arquitecto detrás de toda bendición que se nos presenta. En momentos de prueba y de dolor, Él obra de maneras que desconocemos para darnos bondad y esperanza en medio de cada dificultad. Sin embargo, muchas personas se preguntan si Dios verdaderamente tiene un plan para su vida. La respuesta es sí. El primer paso para comprender este plan viene cuando comenzamos a desarrollar una relación íntima con Él. La salvación es el punto de partida. Cuando reconocemos nuestra necesidad de un Salvador, oramos y le pedimos que perdone nuestros pecados y nos limpie de nuestra injusticia, Dios nos rescata de una muerte eterna.

Dios, en su gracia, nos adopta en su amor y misericordia eternos. Nos perdona y lava la mancha que el pecado ha dejado en nuestra vida (Isaías 1:18). Luego, nos prepara para la bendición, no necesariamente en un sentido material, sino espiritual y emocional. Puede que una persona tenga una inmensa riqueza material pero esté espiritual y emocionalmente en bancarrota. Abraham no era un hombre pobre. Era un líder entre su pueblo. Dios le había dado la capacidad para ver más allá de los desafíos inmediatos hacia las bendiciones del futuro.

Cuando Dios le mandó sacrificar a su único hijo sobre el altar, Abraham no se encogió de miedo ni se quedó en vela toda la noche preguntándole cómo el Señor proveería para él. Confió en Dios, y al hacerlo, pudo tener comunión con Él. La Biblia nos dice que Abraham creyó en Dios y su fe le fue “contada… por justicia” (Génesis 15:6).

Hay dos cosas que son esenciales para vivir una vida motiva por la fe. Primero, debemos creer que Dios existe. Segundo, debemos creer que Él hace lo que ha prometido hacer. Hebreos 11:6 nos dice que “…sin fe es imposible agradar a Dios, ya que cualquiera que se acerca a Dios tiene que creer que él existe y que recompensa a quienes lo buscan”. La fe no es una meta que alcanzamos por medio de nuestro esfuerzo. Viene como el desbordamiento de una relación personal con Dios. Es tan natural como respirar. La fe es el aire y la vida de nuestra relación con Dios y su Hijo.

También hay bendiciones materiales por obrar de acuerdo a la fe. Dios recompensa nuestro deseo de confiar en Él y vivir en obediencia. Sin importar cuán pequeña parezca nuestra fe a veces, Dios se complace cuando dependemos de Él. Ni siquiera el paso de fe más pequeño le es indiferente. Usted puede estar seguro que Dios será fiel con nosotros, así como fue fiel a la promesa que le hizo a Abraham. Una de las grandes bendiciones que Abraham recibió fue ser llamado el amigo de Dios (Isaías 41:8).

¿Le confía usted a Dios su vida? Él te creó y le conoce completamente. Él entiendo sus debilidades y su deseo de amarlo. Incluso cuando usted siente como que le ha fallado, Él está presto a recibirle y a demostrarle su amor.

Autor: Charles F. Stanley
Tomado del libro: Cómo vivir una vida extraordinaria
Editorial: Nelson

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