Promesas peligrosas

Llene su vida con la luz de Dios

Vacíe su corazón de todas aquellas promesas que lo atan a una vida de amargura.

 Por Thom Gardner

Cuando Dios impartió instrucciones a Moisés para que eliminara toda influencia maligna de la tierra prometida, también le advirtió que no debía hacer ningún pacto con ellas. El Señor dijo: “Cuando el Señor tu Dios te las haya entregado y tú las hayas derrotado, deberás destruirlas por completo. No harás ningún pacto con ellas, ni les tendrás compasión“(Deuteronomio 7:2).

Un pacto es una promesa que nos liga a otra persona, o en este caso a una creencia. Cuando estamos heridos, una mentira, con el poder suficiente para controlar nuestra vida, se planta en nuestro corazón. Durante el proceso que nos permite alcanzar la sanidad, escuchamos la verdad que disipa todas las mentira que hemos creído, sin embargo, en muchas ocasiones, se mantienen vigentes debido a promesas que nos hicimos a nosotros mismos.

De las mentiras sembradas en nuestro corazón brotan promesas que nos hicimos. Este tipo de promesas constituye una obligación: la promesa de vivir de cierta manera. Generalmente, se trata de declaraciones donde, por ejemplo, afirmamos: lo haré.

Cuando vivimos sometidos por una influencia en particular nos prometemos mantener esas creencias en vigencia, entonces, repetimos la misma conducta una y otra vez. Por ejemplo, el niño que vive bajo la influencia de un sentimiento de vergüenza, se promete a sí mismo no pasar por un bochorno semejante jamás. Tal vez, decide que nunca volverá a confiar en una autoridad y se mantendrá siempre en un segundo plano sin importar las consecuencias.

Estas promesas son únicas para cada individuo y están relacionadas con la experiencia de vida de cada uno.

Cada una de las influencias que controlan nuestra vida nos inspira una variedad infinita de promesas que nos hacemos tan diversas y únicas como nuestras huellas digitales. Existe una pregunta que debemos formularle al pequeño niño herido que habita en nuestro interior. ¿Qué me prometí a mí mismo como resultado de la herida que recibí? Generalmente, esta clase de promesas se ponen de manifiesto en nuestra forma de ser, y se convierten en una especie de sistema operativo que gobierna nuestra vida. Por ejemplo, una vez conversé con una mujer que recordó algo que le había sucedido cuando cursaba la escuela primaria. Sus padres, muy ocupados con sus propias carreas, la enviaron a la escuela un año antes que lo acostumbrado. Esto fue muy duro para ella, pues tuvo que esforzarse mucho no solo en el ámbito educativo, también en el social. Incapaz de satisfacer las expectativas de los maestros y de sus padres, se prometió a sí misma nunca más se arriesgarse a enfrentar una situación de rechazo y decidió mantenerse alejada de la gente. Esta promesa reflejaba la creencia de que, frente a los demás, su vida resultaba inaceptable, y estaba destinada a llevar una vida apartada del resto de la sociedad. Debido a la promesa que se hizo a sí misma, llevó una vida de aislamiento, sintiendo que los demás la rechazaban.

Las promesas que los individuos se hacen a sí mismos, no solo afectan al que las hizo sino que también perjudican a las generaciones futuras. Son como pequeñas semillas de manzana, que producen más árboles con más manzanas, que a su vez contienen más semillas de la misma mentira. De esta manera, se crea un círculo de dolor que alcanza a las generaciones futuras.

Debido a la constante pasión que Dios siente por nosotros, desea revelarnos la gracia  para romper estas promesas en la seguridad de su presencia. Cuando reconocemos y renunciamos al poder que ejercen sobre nuestra vida y confesamos la verdad, podremos destruirlas.

Este tipo de promesas atan nuestro corazón con mentiras. A medida que las rompemos, desbaratamos los planes malvados que mantienen el dolor en nuestra vida. La amargura, provocada por el dolor que causa una herida, constituye otro factor que impide que alcancemos la sanidad completa y la libertad. Si vamos a ser libres de todas las mentiras que mencionamos debemos quitar la amargura y reemplazarla por compasión.

Muévale el piso al diablo

Las mentiras, las promesas que nos hacemos y la falta de perdón, le otorgan al diablo el derecho legal para vivir en nuestros corazones y desviar nuestra atención de Dios. Sin embargo, cuando exponemos las mentiras de Satanás ante la verdad de Dios, su poder se destruye. Por eso Jesús dijo: “y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres” (Juan 8:32). Las mentiras de Satanás no pueden resistir la verdad divina, como la oscuridad de la noche no puede soportar la luz del Sol naciente. Los espíritus engañadores son como las cucarachas,solo salen de noche. Cuando apagamos las luces, ellas se dirigen hacia la oscuridad.

Cuando exponemos las mentiras en las que hemos creído, le quitamos al diablolegitimidad. La presencia de Dios, la verdad, le movió el piso.Los demonios tienen el derecho legal de proteger las mentirashasta que las exponemos ante la presencia de Dios, en ese momento,también exponemos al enemigo y le quitamos toda legitimidad.

Entonces, experimentamos libertad porque Jesucristo y su presenciadesalojaron a las fuerzas demoníacas que habitaban en lasmentiras.Jesús es la verdad encarnada. Cuando caminaba por las calles oentraba a una sinagoga, los espíritus impuros al ser confrontados porla verdad decían:“¿Por qué te entrometes, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos?Yo sé quién eres tú: ¡el Santo de Dios!” (Marcos 1:24). No tenían otraopción, debían dejar la ciudad. Se habían encontrado con la verdad ydebían marcharse. La presencia de Dios es la que nos libra del poderdel diablo.

Las mentiras, las promesas y las influencias demoníacas que vivenconfortablemente en su corazón tienen los días contados. Jesús aúngolpea la puerta de su corazón.

Por Thom Gardner
Libro: Sanidad de las heridas emocionales
Peniel

Sanidad de las Heridas Emocionales

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