No sea tan duro

¿Qué palabras tiene para con usted mismo?

Porque muchas veces, los estándares para medirnos a nosotros mismos son muy altos, y nos provocan un descontento permanente.

Por Evangelina Daldi

Hace algún tiempoestaba charlando con una persona que me hizo reflexionar bastante. Ella me hablaba de lo duro que estaba trabajando, de lo cansada que estaba, me contó sobre los deseos profesionales que tenía y cómo se esforzaba para conseguirlos. Me relató que hizo un trabajo del que esperó que le fuera mejor, pero que “solo” había obtenido un 90% de los resultados esperados, y esto la había desanimado mucho.

Mientras esta persona volcaba sus sentimientos y frustraciones (sin interrupciones de mi parte ya que consideraba aquellas palabras como una especie de catarsis), me hizo reflexionar acerca de lo cambiados que tenemos los valores cuando se nosotros mismos se trata.

Es algo conocido ya que muchos de los expertos que trabajan en investigaciones sobre las personalidades humanas, sostienen que el hombre actual difícilmente pueda hablar un tiempo apenas prolongado sobre sus virtudes. En cambio, si se nos pide enumerar nuestros defectos o nuestras debilidades podríamos estar hablando horas. ¿Lo ha intentado alguna vez?

En mi caso es 100% correcto. Me da vergüenza, me siento incómoda y hasta un poco engreída si hablo sobre aquello en lo que me siento “buena”, sobre mis puntos fuertes, sobre las cosas que me gustan de mí misma. Pienso que suena mal, que en realidad no hay algo en lo que soy tan buena como para hablar, y hasta incluso no creo que suene bien para cualquier oyente. No está de moda. No está bien. No seríamos humilde si habláramos bien de nosotros mismos.

Lo peor de todo viene cuando reflexionamos y entendemos que en realidad estas afirmaciones no son meras palabras que lanzamos al viento sino que son afirmaciones que nos creemos. Realmente creemos que no somos tan buenos para algo, realmente pensamos que no tenemos tantos puntos fuertes, pocas veces nos hablamos a nosotros mismos, hablamos a nuestra alma para decirnos: “¡Pero qué bien! ¡Qué buen trabajo hice! Quizá no obtuve todo lo que esperaba pero sé que di lo mejor de mí y eso me hace bien a mí mismo. Me siento bien a gusto con esta persona que soy”.

Y esto fue lo que le dije a la persona que me compartió sus sentimientos. “Sos muy dura con vos misma. Creo que una parte de vos se siente cansada porque nunca te paras frente al espejo para alentarte, para “mimarte” y para contentarte por lo hecho. Esto lejos está del conformismo, no. Es simplemente poner en práctica la estima hacia nosotros mismos (esa estima que deberíamos sentir). El perfeccionismo excesivo hace que te frustres, te agotes, te canses, y en el inconsciente pienses que no vales lo suficiente”.

Luego de estas palabras me di cuenta de que yo también soy un poco así. No me sale escribir una listas de mis fortalezas. Realmente es algo que me incomoda hacer, y no sabría por dónde comenzar. Y, aunque sin rigor científico, pienso que esto es algo compartido por la mayoría de los seres humanos.

Pero cuando nos volvemos a Dios y le creemos, y estamos seguros de su amor incondicional, de sus dones según nuestra capacidad, de su gracia salvadora, de su libertad de la condenación y del linaje del que nos creó, entonces deberíamos aprehender estas verdades y actuar en consecuencia.

Claro que no somos perfectos, claro que siempre hay trabajo por hacer y seguramente lo hecho se podría haber hecho mejor. Por supuesto que cada día podemos ser mejores cristianos, mejores amigos, mejores padres, mejores cónyuges o mejores ciudadanos, pero qué bueno es saber y creer quién en verdad somos, cuánto mejor sería nuestra vida si nos miráramos a nosotros mismos según la perspectiva de nuestro Padre amoroso.

Poder reconocer que el Señor nos ama así, tal cual somos, sin condiciones y que se deleita con nuestra presencia cerca de la suya, sería una caricia a nuestra alma, una caricia que muchos de nosotros necesitamos bastante.

Baje la vara para con usted, y regocíjese en aquella persona que el Señor hizo: usted mismo.

Por Evangelina Daldi
redaccion@lacorriente.com

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