La democracia y el juego político

Un análisis del contexto político actual

Con una pluma magistral, el autor examina la política en general y nos da su mirada profunda frente a tiempo de cambios.

Por Gene Edward Veith Jr.

Las ideas posmodernistas pueden tener preocupantes implicancias políticas, pero ciertamente estas ideas las tienen los académicos retirados y las personas lunáticas. Pocas personas comunes y corrientes creen en la construcción social de la realidad y otras ideologías posmodernas esotéricas. Parece poco probable que se entreguen las libertades democráticas por un totalitarismo marxista, posmarxista o fascista.

De hecho, tengo una enorme confianza en las instituciones y en la convincente fortaleza de la democracia y de la economía de libre mercado. No obstante, existen razones por las cuales estar preocupados respecto de la salud de la democracia.

Como hemos visto, el relativismo del mundo académico ahora es compartido por el 66% (incluidos el 72% de la próxima generación y el 53% de los evangélicos). Charles Colson señala las implicancias políticas del relativismo: “En ninguna parte es más vital la existencia de un estándar absoluto que en la política y el gobierno. En Occidente, las naciones  construyeron estructuras políticas saludables con la creencia de que, finalmente, las leyes humanas debían ser no más que un reflejo de las leyes morales inmutables de Dios… Pero si no existe la verdad —ningún estándar objetivo respecto de lo que es bueno o justo y, por lo tanto, ningún estándar de lo que es injusto—, entonces, el contrato social está bajo constante amenaza del capricho del momento. La consecuencia de esto es la tiranía, ya sea de las pasiones desenfrenadas de la mayoría o de algún dictador cruel”.

Como menciona Colson, la tiranía es producto no solo de los dictadores, sino que también puede haber tiranía de la mayoría. Una tiranía democrática que opera sin restricciones morales, puede desencadenar las pasiones de la mayoría y así perpetrar toda clase de mal. Hoy en día, las preguntas morales suelen resolverse a través de encuestas, que luego son transformadas en políticas públicas. Las sanciones legales que durante siglos han ido en contra del aborto se han derrumbado y han dado paso al derecho de elección de la madre. La cuestión de la moralidad de la eutanasia es votada en balotajes estatales. Cuando una sociedad no acepta verdades morales absolutas, no existe un tribunal más alto que las opiniones subjetivas. Sobre la arena movediza que es la opinión pública —por lo general, desconsiderada, variable y vulnerable a la manipulación—, las leyes son promulgadas. Sin embargo, estas separadas de lo moral, se convierten en lo que los posmodernistas dicen que son: una imposición arbitraria de poder.

El sistema de tribunales, que culmina en la Corte Suprema, juzga las leyes según las verdades absolutas de la ley constitucional. Sin embargo, este sistema solo puede funcionar si la sociedad y los tribunales creen en verdades absolutas. Hoy en día, la teoría jurídica posmodernista enseña que la Constitución no es un documento que exponga principios absolutos, sino un organismo que debe ser continuamente reinterpretado a medida que la sociedad evoluciona. Los activistas judiciales hacen suyo el poder para extrapolar nuevos derechos jamás mencionados en la Constitución, para atender las necesidades de la sociedad. Pensando de esta forma, la Corte Suprema legaliza el aborto, por lo que se destruyeron todas las leyes que restringían el aborto, en nombrede un “derecho a la privacidad” recientemente inferido.

Tradicionalmente, el sistema judicial era el responsable deinterpretar las leyes, pero los nuevos activistas judiciales, sin elestorbo de los legisladores o de directrices absolutas, crean lasleyes. Los temas más divisivos de las “guerras culturales” de hoyhan sido provocadas por este activismo judicial. Aparte de legalizarel aborto, los tribunales han permitido que la pornografíaprosperara; han otorgado derechos especiales a los homosexuales;han apoyado la agenda feminista y han eliminado la oración y La

Biblia del aula de clases.

Esto reconoció el juez Alex Kozinski: “Los jueces que se acostumbran a jugar a ser el legislador se sientententados a tratar todas las leyes —incluso la Constitución— comoun mero trampolín para implementar su propio sentido de lo que escorrecto e incorrecto”.

Las opiniones personales reemplazan las verdades absolutas.Sin embargo, las opiniones de los jueces se convierten en ley paratodos. Como miembros bien educados de la clase dirigente intelectual,es muy probable que su sentido de lo que es correcto eincorrecto sea similar al de sus pares posmodernistas.

Este activismo judicial, que puede cancelar leyes pasadas porlas legislaturas democráticamente elegidas, concentra un poderenorme en manos de una pequeña minoría que no ha sido elegida.John Leo señala: “Es una señal de estos tiempos que losreformadores ahora, como rutina, se salten el proceso legislativo y lleven sus asuntos directamente a los tribunales”.

El poder de la información

La tiranía de la burocracia presenta otra potencial amenaza para la democracia. Neil Postman ha descrito cómo las emergentes tecnologías de la información forman un nuevo orden social, que describe como un “tecnopolio”. Prevé un conflicto ideológico entre los valores de la democracia, con sus sistemas de apoyo moral trascendentes, y el nuevo orden tecnológico, que no los tiene. Dice que los que controlan la información ejercen poder político. Ya que la información es controlada por medios técnicos, el poder político estará en manos de los técnicos expertos.

Los expertos arraigados en la burocracia ya han llevado a cabo políticas con la fuerza de la ley, aparte de cualquier clase de proceso democrático. Postman describe la nueva clase de expertos como tan especializados que no saben nada que se encuentre fuera de su especialidad. Ellos se adjudican autoridad exclusiva en áreas que antes siempre se consideraban asuntos humanos universales: la educación de los niños, la resolución de problemas personales, la toma de decisiones éticas. Cubiertos con el manto de las ciencias sociales (la “reina de las ciencias”, según el posmodernismo) y equipados con maquinaria técnica como los tests de estandarización, las estadísticas y las encuestas de opinión, todos se someten a los expertos en los tribunales, en las comisiones legislativas

y en los medios.

El currículum educacional de la nación no es determinado por las juntas de colegios locales ni tampoco por los profesores, sino por la burocracia de las juntas estatales de instrucción pública.

Las burocracias educacionales no solo controlan lo que los profesores enseñan, sino que también controlan lo que se les enseña a los profesores (a través de estrictos requisitos de licencia y requerimientos detallados para programas de entrenamiento de profesores). El efecto que esto produce es asegurarse de que todos los colegios sigan las últimas teorías educacionales, incluidas las que han mostrado ser poco efectivas. Los esfuerzos por reformar los colegios solo terminan entregándoles más poder a las burocracias educacionales, que exigen aun más cursos de formación de profesores, que imponen controles aun más sofocantes sobre los distritos de colegios locales y que insisten en tener aun más metodología experimental.

Así, muchas de las decisiones más importantes de la sociedad no son hechas por ciudadanos normales, sino por una elite no elegida. Los hospitales envían preguntas de ética médica a comisionesde “expertos”. Las decisiones de los tribunales dependendel testimonio de “testigos expertos” (a los cuales se los puedeencontrar representando ambos lados del caso). Las comisionesdel Congreso escuchan los testimonios de expertos en redacciónjurídica para resolver los problemas de la sociedad. En la mayoríade los casos, estos son citados para responder preguntas que cualquierser humano normal puede responder: “¿Es justo esto? ¿Estoestá bien o está mal? ¿Esto funcionará?”. Cuando los expertos searraigan de modo permanente en las burocracias gubernamentalesy reciben la autoridad para llevar a cabo políticas con el estatus deley, el proceso democrático se hace cada vez más irrelevante.

Desilusionados por la corrupción y la ineficacia de sus legisladores,los ciudadanos terminan autorizando de manera trágica sufalta de autogobierno. Los ciudadanos, alguna vez celosos de susderechos y ferozmente protectores de sus libertades, ahora, en su mayoría, parecen estar contentos de dejar que los expertos y los tribunales tomen las decisiones por ellos.

La creciente trivialidad de la política —en que las elecciones son decididas a través de técnicas de marketing, por tecnologías masivas y por la manipulación de imágenes por parte de asesores políticos— socava aun más la democracia. Walter Truett Anderson, defensor del posmodernismo, describe con pesar la falsedad de la política contemporánea: “También podemos ver una creciente teatralidad de la política, en la cual los eventos están escritos y manejados escénicamente para el consumo masivo, y en la cual los individuos y grupos luchan por obtener los papeles estelares (o al menos un papel secundario) en los dramas de la vida. Esta teatralidad es una característica natural e inevitable de nuestra era. Es lo que pasa cuando mucha gente comienza a entender que la realidad es una construcción social. Quienes son más emprendedores se dan cuenta de que hay mucho por ganar si se construye y se le vende a la gente cierta realidad, y así la construcción de la realidad se convierte en un nuevo arte y negocio. Y un negocio bastante grande, si se considera cuánto dinero es gastado y generado en campos como la publicidad, las relaciones públicas y las campañas políticas”.

Ser un candidato se convierte en algo que no puede ser diferenciado de la publicidad, de las relaciones públicas y de los grandes negocios. La persuasión política tiene que ver con “vender” una construcción particular de la realidad. Los políticos posmodernistas cumplen un papel, presentan una imagen y manufacturan eventos teatrales. Esta trivialización de la democracia es inevitable, dice Anderson, “cuando mucha gente comienza a entender que la realidad es una construcción social”.

La postura posmodernista de que la información objetiva puede ser organizada e interpretada para adecuarse a casi cualquier paradigma nos ha entregado al “asesor político”. Un político contrata a un experto que interpreta cualquier cosa que pase para que el candidato quede lo mejor parado posible. Ya no es necesario cumplir las promesas políticas: esta postura anticuada admite que la verdad es algún tipo de principio absoluto. Más bien, las promesas políticas son funcionales, ideadas para lograr un resultado momentáneo, para convencer al público o sentar un precedente. Una vez que el momento ha pasado, la persona abandona de modo directo la promesa. Quienes creen en la construcción social de la realidad pueden justificar con facilidad la manufacturación de evidencia y la mentira programada.

El cinismo y la transparente falsedad de la política posmoderna han desilusionado profundamente a los ciudadanos comunes y corrientes, y han socavado aun más la democracia. Hoy en día, solo una fracción de las personas que están registradas siquiera se molesta en ir a votar. El acceso a los medios, tan necesario para el éxito político, cuesta tanto que solo los beneficiados arraigados y desafiantes, extremadamente ricos, pueden costear una campaña política. La segmentación de la sociedad ha erosionado el impacto de los partidos políticos, que de manera tradicional proveían de un punto de entrada a nivel local para los ciudadanos interesados en ingresar a la política. En la actualidad, los grandes partidos políticos deben satisfacer a grupos de interés diversos y a veces incompatibles, para llevar a cabo una elección nacional, lo que causa distorsión ideológica y parálisis política. Como resultado de esto, pocos participan de modo activo del autogobierno. Si la democracia dejara de existir, mucha gente ni siquiera se daría cuenta.

Por Gene Edward Veith Jr.
Tomado del libro:Tiempos posmodernos
Peniel

Tiempos Posmodernos

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