“Deseaba que Dios aprobara la homosexualidad”

Por una sexualidad santa

Una historia de vida reveladora que nos llega al corazón y arroja luz en un tema tan actual.

Por Christopher y Ángela Yuan

Me senté a leer en un pequeño patio que había en la capilla; en una mano tenía el libro que me dio el capellán y en la otra tenía La Biblia. Tenía todas las razones del mundo para aceptar lo que este libro dijera acerca de que Dios aceptaba la homosexualidad y la identidad gay. Si podía ser cristiano y a la vez tener una relación estable con otro hombre, sería ideal. Iría a la iglesia con él y hasta tendría una familia. Sería un alivio para mí que esto fuese así.

Pero cuando comencé a leer el libro y los pasajes a los que este hacía referencia, el Espíritu Santo me hizo entender que lo que decía este libro iba en contra de lo establecido por Dios. Al leer La Palabra no podía negar que Dios condenaba el sexo homosexual. Ni siquiera terminé el primer capítulo del libro y se lo devolví al capellán.

Después de esto, volví a leer solo La Biblia y analicé cada verso, cada capítulo y cada página de Las Escrituras buscando una justificación para la práctica homosexual. No pude encontrar ningún versículo. Este fue un momento decisivo, tenía que hacer algo al respecto. Darle la espalda a Dios y vivir como homosexual—permitiéndole a mis sentimientos y mis pasiones sexuales dictar quién era yo¾. O abandonar la homosexualidad—liberándome de mis sentimientos—y vivir como un seguidor de Cristo.

Mi decisión fue obvia, elegí seguir a Dios.

Mientras seguía leyendo La Biblia, encontré Levítico 18:22 y 20:13 (NVI), estos eran pasajes que generalmente se utilizaban para condenar a los gay y las lesbianas a un futuro en el infierno.  “No te acostarás con un hombre como quien se acuesta con una mujer. Eso es abominación”. Pero me di cuenta de que Dios no llamaba a los gay y a las lesbianas abominables. Llamaba abominación al acto sexual. Dios no condenaba a la persona, Dios condenaba el acto. Por tanto tiempo, había percibido el mensaje por parte de los cristianos que se manifestaban en los desfiles del orgullo gay, que Dios odiaba a las personas como yo, porque éramos abominables. Pero luego de leer este pasaje, pude ver que Dios no me odiaba; tampoco me condenaba a un destino de tormento del cual no me podría escapar. Al contrario, era el acto sexual lo que Él condenaba y aún quería tener una relación de amistad conmigo.

Había aprendido que podía vivir sin tener relaciones sexuales, pero ¿qué de mi sexualidad? Abandonar la homosexualidad era abandonar quien yo era, ¿tendría identidad si abandonaba mi orientación sexual?

Esto era una lucha para mí, especialmente durante mi primer año en prisión. Por mucho tiempo pensé que Dios me había creado así, gay. Me dije a mí mismo una y otra vez: “Soy gay. Nací así. Es quien soy. Nunca elegí ser así”. Pero ahora, mientras leía La Biblia buscando cómo debía conducirme en realidad, comencé a hacerme otra pregunta: “¿Quién soy yo aparte de mi sexualidad?”. No tenía ninguna respuesta.

A medida que seguía leyendo me daba cuenta que mi identidad no se define por mi sexualidad. Pablo dijo en Hechos 17:28: “Puesto que en él vivimos, nos movemos y existimos”. Cristo debe serlo todo, mi todo en todo. Mi orientación sexual no era quien yo realmente era. Mi primera identidad no era ser “gay” u “homosexual”, o aun “heterosexual”. Mi identidad como hijo del Dios viviente debía estar solo en Jesucristo.

Dios dice: “Sean santos, porque yo soy santo”. Siempre pensé que lo opuesto a la homosexualidad era la heterosexualidad. Pero en realidad, el opuesto al homosexualismo es la santidad. Dios nunca dijo: “Sean heterosexuales, porque yo soy heterosexual”.  Él dijo: “Sean santos, porque yo soy santo”.

Por mucho tiempo no pude verme como un heterosexual. Era una carga, porque sentía que de alguna forma debía volverme heterosexual para poder agradar a Dios. Así que cuando me di cuenta que la heterosexualidad no tenía que ser mi meta, fue muy liberador. La realidad era que si llegaba a ser heterosexual, todavía tendría que lidiar con la lujuria. Por lo tanto, sabía que no podía enfocarme en ser homosexual o heterosexual, sino que tenía que enfocarme en ser lo que Dios nos pide a todos que seamos: sexualmente puros. La sexualidad santa no se enfoca en un cambio de orientación—llegar a ser heterosexual—sino en ser obedientes. Y entendí que la obediencia significa que, sin importar cuál sea mi situación, sin importar cuáles sean mis sentimientos—gay o heterosexual—tengo que obedecer a Dios y serle fiel.

La sexualidad santa presenta dos escenarios. El primero es el matrimonio. Si un hombre está casado, tiene que comprometerse a serle totalmente fiel a su esposa. Y si una mujer está casada, tiene que comprometerse a serle totalmente fiel a su esposo. La idea de que me casara algún día con una mujer parecía una imposibilidad,  pero Dios podía hacer de lo imposible, posible. Pero la realidad era que no tenía que sentirme atraído hacia las mujeres en general para poder casarme; tenía que sentirme atraído hacia una sola mujer. Dios llama a los casados a alcanzar algo más específico: sexualidad santa.  La sexualidad santa consiste en enfocar nuestros deseos y conductas sexuales solo para una sola persona, nuestro cónyuge.

El segundo escenario de la sexualidad santa es la soltería. Los solteros tienen que dedicarse fielmente al Señor a través del celibato. Esto lo enseña La Biblia, y la abstinencia no es algo injusto o irrazonable que Dios les pide a sus hijos. La soltería no es una maldición ni una carga. Como herederos de un nuevo pacto, sabemos que el énfasis no es procreación, sino regeneración. Pero la soltería no tiene que ser permanente. Significa sentirse satisfecho con nuestro estado mientras se está abierto a la posibilidad del matrimonio, y no sentirnos consumidos por el deseo de casarnos.

Creo que la homosexualidad (y cualquier pecado como los celos, el orgullo y la glotonería) surge de querer suplir una necesidad legítima, a través de medios ilegítimos. Así que la pregunta es, si continúo experimentando estos sentimientos que no pedí ni elegí, ¿puedo seguir a Cristo sin importar qué pueda suceder? ¿Mi obediencia a Dios depende de si Él contesta mis oraciones como yo creo que las debe contestar? La fidelidad de Dios no se prueba cuando desaparecen las dificultades, sino cuando Él nos protege en medio de ellas. El cambio no consiste en la ausencia de dificultades; el cambio consiste en la libertad de elegir la santidad en medio de nuestras dificultades. Me di cuenta de que, después de todo, mi meta tiene que ser el anhelo de seguir a Dios con una entrega y obediencia total.

Regresé al presente cuando escuché el traqueteo de las llaves abrir la puerta del pasillo. “¡Terminó el censo!”, gritó el guardia. Mis compañeros salieron de sus camas y comenzaron a alistarse para ir a cenar. Me senté y me quedé mirando hacia la pared mientras ellos se iban a comer.

¿Sin qué cosas o personas no podría vivir? Esta era la pregunta que me hacía una y otra vez. Y finalmente, me di cuenta de que podía vivir sin muchas cosas y me sentí libre. Mis adicciones pasadas no me controlaban, ni mis antiguos ídolos, mi atracción sexual o mi sexualidad.

¿Sin qué cosas o personas no podría vivir? Bueno, había algo, o más específico había una persona sin quien no podía vivir: Jesús. Y cada día necesitaba más y más de Él.

Señor, eres suficiente para mí; eres todo lo que necesito…y jamás permitas que me olvide de esto.

Por Christopher y Ángela Yuan
Tomado del libro:Ya no vivo yo
Casa Creación

 

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