Cuídate del orgullo

Usar la llave correcta

Porque podemos no darnos cuenta de que nuestro corazón está atrapado en la cárcel del orgullo, lo que impide el mover del Señor.

Por Danilo Montero

El primer problema del fariseo es que no se da cuenta de que es fariseo. No se da cuenta de que construyó todo basado en el sistema de lo que él puede hacer. Construye una escalera con esfuerzos propios. No sabe que está rota en la base y que cuando suba lo suficiente, caerá al suelo. Necesitamos saber que somos fariseos. Hay hombres y mujeres que han pasado toda su vida cristiana tratando de probarle a Dios todo lo bueno que pueden ser. Eso es fariseísmo.

Hay gente que no se atreve a levantar sus manos y adorar a Dios porque su relación con Él está basada en su desempeño. Eso es religión.

¿Por qué te culpas y te condenas cuando quieres pedirle algo a Dios? En tu interior tal vez surja una voz que te diga: “No, tú ni pueden levantar las manos y adorar porque no has orado lo suficiente”. El fariseo que vive en tu es quien te habla.

El fariseo se alaba cuando logra orar una hora, pero se condena al infierno cuando no alcanza a hacerlo. Al fin y al cabo todos somos una raza rechazada que fue echada de un paraíso porque nos equivocamos. En esencia, somos hijos rechazados que buscamos comprar afecto a cualquier costo.

El segundo problema del fariseo es el ego, el orgullo. Algunas personas me preguntan: “Danilo, tú tienes la oportunidad de viajar tanto y que la gente te conozca, que cante las canciones de tus discos. ¿Tienes problemas con el orgullo?”.

Todos los tenemos. Es como preguntarme si tengo dientes; todos tenemos. Aun el hombre más ungido que predica en un púlpito tiene problemas con su orgullo. Este es inherente a la raza humana. Es como el mal aliento, todo el mundo lo sufre menos tú. Para este problema es muy necesario una esposa, esposo o un buen amigo, para que cuando padezcas de ese problema te lo diga de frente.

Brennan Manning, uno de mis escritores favoritos, dijo: “Tú no puedes ser sanado de una enfermedad que no estás dispuesto a confesar”. Tú no puedes ser sanado si no sabes que lo padeces. A veces Dios nos lo grita pero ni aún así lo entendemos.

¿De dónde surgen las guerras y los conflictos entre ustedes? ¿No es precisamente de las pasiones que luchan dentro de ustedes mismos? Desean algo y no lo consiguen. Matan y sienten envidia, y no pueden obtener lo que quieren. Riñen y se hacen la guerra. No tienen, porque no piden. Y cuando piden, no reciben porque piden con malas intenciones, para satisfacer sus propias pasiones”(Santiago 4:1-3).

Dios dice que si no prosperamos es porque hay una raíz mala en el corazón, no alcanzamos las metas que anhelamos porque las deseamos con una razón equivocada: el orgullo. Unos versículos más adelante, La Biblia dice: “Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes”.

Cuando te preguntas por qué causa no recibes de Dios, acuérdate que Él resiste a los soberbios. Al Señor le apesta la soberbia, entonces tiene que alejarse. Diariamente te envía mensajes diciéndote que tienes mal aliento, pero muchas veces tú no acusas recibo.

Tu peor enemigo

Jonás no sabía que en esencia era un gran nacionalista y un orgulloso. Quería ser usado por Dios, pero Él lo mandó a Nínive. En su rebeldía, Jonás decide que no tiene ganas de ir y toma un crucero de vacaciones por el Mediterráneo para no ir a predicar allí.

Entonces comenzó un dialogo con el Señor que debió ser algo así:

¾Jonás, ¿tú no me pediste que te usara?

¾Sí, Señor, pero no quiero ir a Nínive.

¾¡Ah! Pero tú no eres el que pone las reglas…

Una gran tormenta se desató y Dios envió un pez enorme que rescató a Jonás de las aguas tragándolo. Luego de tres días de silencio Jonás cae a cuentas: “¡Ah! Es que yo tengo un problema con el orgullo”. Se arrepiente y Dios lo saca de ahí.

Tal vez ayunas y oras pero no cambias porque son otras las llaves que tienes que usar. Ese es el problema. No digo que la oración no sea importante, sino que tú debes mirar en tu interior y revisarte frente a la luz de su presencia. Debes humillarte delante de aquel a quien has lastimado y pedirle perdón. Esa es la llave.

Puedes orar y ayunar por varios días, hasta que quedes piel y huesos, pero la persona a la que heriste o lastimaste seguirá dañada. Eso es porque utilizas la llave equivocada. Es entonces cuando Dios nos pone en el vientre de un pez, como lo hizo con Jonás.

Dios permite que algunas circunstancias nos sobrepasen y nos confronten. El enemigo parece estar tan cerca que muchas veces nos parece oler el azufre, y le decimos: “Señor, ¿por qué permites que llegue tan cerca de mí? Es que huele mal”. Y el Señor nos dice: “Pues tú hueles peor”.

El problema no es Él, somos nosotros. Somos obstinados y no nos damos cuenta de lo que sucede en nuestro corazón. El enemigo más grande que tienes no está afuera, en el infierno, en la ciudad, está dentro de ti, en tu corazón. Algunos se preguntan: “¿Por qué Dios habrá permitido que consiguiera este trabajo con el peor jefe la ciudad?”. Otro dirán: “¿Por qué permitió Dios que me case con esta persona?”. Le pedimos al Señor que cambie a alguien, cuando el mensaje de las circunstancias es que nosotros tenemos que cambiar.

Pero el cambio vendrá cuando inicies el proceso necesario. En el trascurso Dios me confrontó al mostrarme mi corazón. El camino que yo andaba era de muerte, aunque estaba trabajando en una iglesia, porque la religión es en esencia muerte. No hay cosa que le haya hecho más daño a la humanidad que la misma religión.

Para generar un cambio de actitud es necesario iniciar un proceso de intensa búsqueda de su presencia. Con el quebrantamiento del corazón se manifiesta la gloria de Dios. Cuando el hombre renuncia a su propia gloria en lo que hace, Dios puede manifestarse.

Por Danilo Montero
Tomado del libro:Muéstrame tu gloria (Marco Barrientos)
Casa Creación

Muestrame Tu Gloria (Incluye CD)

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