Aduéñese de la santidad de Dios

Porque la santidad es para todos

El Señor halla placer en llamarnos a ser santos, y nosotros debemos saber que sí es posible lograrlo.

 Por Kevin DeYoung

Es posible ser completamente bíblico y al mismo tiempo ser incluso menos que útil; en especial cuando se trata de buscar la santidad. La mayoría de los cristianos saben que la santificación se trata de que Dios trabaja en nosotros mientras nosotros lo hacemos también por la salvación con temor y temblor (Filipenses 2:12-13). Es de esperar, que todos estemos de acuerdo con John Owen en que tratar de ser santo “con la fuerza propia, llevado por formas autoinventadas, hasta el final de un fariseísmo, es el alma y la sustancia de toda religión falsa en el mundo”. Sería un gran error pensar que la justificación solo se trata de Dios y que la santificación solo se trata de nosotros.

Queremos trabajar, servir y hablar, no con nuestra propia fuerza, sino en la fuerza que Dios nos da (1 Pedro 4:11). Y, sin embargo, no es obvio lo que significa todo esto de manera práctica. ¿De qué forma trabaja Dios en nosotros mientras lo desarrollamos? ¿De qué manera podemos servir con su fuerza y no con la nuestra? ¿Qué significa que el esfuerzo hacia la santidad sea impulsado por el Espíritu, conducido por el Evangelio y alimentado por la fe? Una cosa es sugerir que la santidad viene cuando “permitimos que el Espíritu obre en nosotros” o al “permitir que el Evangelio se aferre en nuestro corazón” o por “luchar para creer las buenas nuevas de la gracia de Dios” o al “correr hacia Jesús”; pero otra cosa es saber cómo funciona realmente. ¿De qué manera Dios usa el Espíritu, el Evangelio y la fe para hacer que la posibilidad de la santidad sea una realidad?

La santidad mediante el poder del Espíritu Santo

Tiene sentido que el Espíritu Santo tenga un rol fundamental en hacer que seamos santos. De acuerdo con 1 Pedro 1:2, somos salvos “… según la previsión de Dios el Padre, mediante la obra santificadora del Espíritu”, y estamos rociados por su sangre para que podamos ser obedientes a Jesucristo. En este versículo, la santificación tiene dos sentidos. El Espíritu nos aparta en Cristo para que su sangre pueda limpiarnos (santificación definitiva), y Él obra en nosotros para que podamos ser obedientes a Jesucristo (santificación progresiva). A través del Espíritu, se nos da un lugar nuevo y se nos infunde con un poder nuevo. O, para expresarlo en lenguaje paulino, ya que no estamos más en la carne, sino en el Espíritu, por el mismo Espíritu, debemos dar muerte a las obras de la carne (Romanos 8:9-13).

Pero esto nos lleva de regreso a la pregunta práctica: ¿de qué manera obra el Espíritu en nosotros para hacernos santos? Una de las formas es fortalecernos con el poder en lo “íntimo de nuestro ser” (Efesios 3:16). Con frecuencia, la obra del Espíritu está conectada con el poder (Hechos 1:8; Romanos 15:19, entre otros). Este poder puede manifestarse con señales y maravillas, con dones espirituales para edificar el cuerpo y con la habilidad para llevar fruto espiritual. El mismo Espíritu que estuvo presente en la creación y que hizo que nacieras de nuevo obra para fortalecer lo íntimo de tu ser (esto es, tu voluntad o corazón), para que puedas resistir los pecados que no pudiste resistir antes y hacer las cosa buenas que, de otro modo, serían imposibles. Los cristianos derrotistas que no luchan contra el pecado porque se imaginan que “nacieron de esta forma” o que “jamás cambiarán” o que “no tienen la fe suficiente” no son humildes. Deshonran al Espíritu Santo que nos fortalece con el poder sobrenatural. Pero eso no es todo lo que el Espíritu hace para santificarnos.

El Espíritu es poder, pero también es luz. Brilla en los lugares oscuros del corazón y nos convence de pecado (Juan 16:7-11). Es lámpara para iluminar La Palabra de Dios, enseña lo que es verdadero y nos muestra qué es precioso (1 Corintios 2:6-16). Y el Espíritu arroja luz sobre Cristo para que podamos ver su gloria y podamos ser cambiados (Juan 16:14). Esta es la razón por la que 2 Corintios 3:18 dice: “Así, todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados a su semejanza con más y más gloria por la acción del Señor, que es el Espíritu”. Así como el rostro de Moisés se transformó cuando vio la gloria de Dios en el monte Sinaí (Éxodo 34:29; comparar con 2 Corintios 3:7), también seremos transformados cuando, mediante el Espíritu, contemplemos la gloria de Dios en el rostro de Cristo.

Para resumir, entonces, el Espíritu es una luz para nosotros en tres formas. (1) Expone el pecado para que podamos reconocerlo y alejarnos. (2) Ilumina La Palabra para que podamos comprender su significado y aferrarnos a sus implicaciones. (3) Corre el velo para que podamos ver la gloria de Cristo y convertirnos en lo que contemplamos. O, para expresarlo de otra forma, el Espíritu santifica al revelar el pecado, la verdad y la gloria.

Cuando cerramos los ojos a esta luz, La Biblia lo llama resistir al Espíritu (Hechos 7:51), o apagarlo (1 Tesalonicenses 5:19) o agraviarlo (Efesios 4:30). Quizás haya ligeros matices entre estos tres términos, pero todos hablan de situaciones donde no aceptamos la obra santificadora del Espíritu en nuestra vida. Si nos entregamos al pecado y nos rendimos ante la rectitud, la falla no es del poder del Espíritu sino de nuestra preferencia por la oscuridad del mal en vez de por la luz del Espíritu (Juan 3:19-20).

Obras buenas basadas en noticias buenas

Parece que casi todos los cristianos con los que hablo estos días insisten en que la santidad personal fluye de una comprensión verdadera del Evangelio. Eso está bien en la medida en que sucede. Solo que no va lo suficientemente lejos. Necesitamos ser más específicos. Exactamente, ¿de qué forma las buenas obras surgen de las buenas noticias? Permíteme sugerir un par de formas.

Primero, el Evangelio anima la santidad mediante un sentido de gratitud. Este es el pensamiento detrás de Romanos 12:1-2. A la vista de las misericordias de Dios desplegadas en Romanos 1-11 (por ejemplo, justificación, adopción, predestinación, expiación, reconciliación, preservación, glorificación), nuestra respuesta agradecida debería ser obediencia a los imperativos en los capítulos 12-16. Como John Stott comenta: “No es por accidente que en el griego el mismo sustantivo (charis) se aplique tanto para ‘gracia’ como para ‘gratitud’”.

Por supuesto, debemos ser cuidadosos de no pensar en la gratitud como algún tipo de ética de deudor, como si Dios nos mostrara su misericordia y ahora esperara que la compensáramos con toda una vida de obediencia retribuida. No podemos restituirle el pago a Dios por algo (Romanos 11:35). Pero si entendemos todo lo que Dios ha hecho por nosotros en Cristo, seremos felices y estaremos ansiosos por agradarlo. Como esposo, hago muchas cosas equivocadas, pero me las arreglo para darle a mi esposa algunos regalos bastante lindos. Por lo general, implica una combinación de un tiempo alejada de los niños y volar hacia donde vive su madre para salvar la cordura. Cuando mi esposa recibe un regalo bien pensado como este (algo opuesto a, digamos, una  inscripción en un gimnasio), me siento tranquilo el resto del día. Esa no es la razón por la que le doy el regalo (realmente, querida, ¡no lo es!), pero un tiempo (o más) de gratitud placentera es la natural respuesta amable de mi esposa. Y, además, cuando estamos agradecidos, no solo anhelamos agradar a Dios, somos menos propensos a estar estancados en la impiedad. La humildad y la alegría que vienen con el agradecimiento tienden a llenar lo que es indecente, desagradable o miserable (Efesios 5:4).

Segundo, el Evangelio ayuda en la búsqueda de la santidad al decirnos la verdad acerca de quiénes somos. Algunos pecados se vuelven más difíciles cuando entendemos el lugar nuevo que ocupamos en Cristo. Si somos herederos de todo el mundo, ¿por qué deberíamos sentir envidia? Si somos el tesoro preciado de Dios, ¿por qué estar celosos? Si Dios es nuestro Padre, ¿por qué sentir temor? Si estamos muertos al pecado, ¿por qué vivir en él? Si hemos sido levantados con Cristo, ¿por qué continuar en las formas pasadas de pecado? Si estamos sentados en los lugares celestiales, ¿por qué actuar como el diablo del infierno? Si se nos ama con amor eterno, ¿por qué tratamos de probarle nuestro valor al mundo? Si Cristo es todo en todo, ¿por qué estoy tan preocupado conmigo mismo?

Este último párrafo es lo que Martyn Lloyd-Jones llama hablar contigo mismo en vez de escucharte. Es fácil llegar a convencerse de que jamás podemos cambiar o de que Dios está listo para mandarnos a paseo después que metimos la pata de la misma forma por millonésima vez. Pero no te escuches a ti mismo; predícate. Regresa al Evangelio. Recuerda que, por consiguiente, no hay condenación para aquellos que están en Cristo Jesús (Romanos 8:1). Recuerda que el Espíritu de aquel que levantó a Jesús de los muertos mora en ti (v. 11). Recuerda que eres un hijo de Dios y si eres hijo, entonces, heredero (vv. 16-17). Recuerda que nada nos puede separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro (vv. 38-39). Dios da más gracia (Santiago 4:6). Acércate a Él, reconoce quién eres en Él y sigue trabajando para limpiar las manos y purificar el corazón (v. 8).

Pararse sobre las promesas

La fe es central para el cristianismo. Lo entendemos. La justificación viene por medio de la fe y no por obras de laley (Romanos 3:28). Pero, ¿cuál es el rol de la fe después de que somos salvos? La difícil lucha por crecer en santidad,¿impide ejercitar la fe?¡Que jamás sea así!

Somos justificados por medio de la fe. Y, por la fe, hacemos todo esfuerzo por ser santificados. La fe es operativa en ambas; en la justificación para recibir y descansar, yen la santificación para querer y marchar.Ya hemos hablado acerca de la fe; hemos confiado en el Evangelio y creído en lo que La Biblia dice acerca del lugar que tenemos en Cristo. Pero, en la búsqueda de la santidad, necesitamos mirar algo más que los hechos de redención pasados. Tenemos que mirar hacia adelante y confiar en la “gracia venidera”.

La justificación no es el único remedio para el pecado.Entender lo que Dios ha hecho por nosotros no destruirá todos los ídolos. Hay anhelos en el alma que solo serán satisfechos mediante la promesa de bendición futura. ¿De qué otra forma podemos hallar lógica en la esperanza de gloria? De forma constante, Dios hace promesas en La Biblia, y estas pretenden ser el combustible para el motor de la obediencia.

Permíteme mostrarte lo que quiero expresar al mirar,de manera breve, un pasaje conocido de La Escritura:el Sermón del Monte. Estos tres capítulos (Mateo 5-7)están llenos de mandamientos. También están llenos de promesas: algunas, promesas de juicio; muchas de ellas,promesas de gracia futura. Comencemos con las  bienaventuranzas.

Todas prometen bendición de una clase u otra. Los humildes heredarán la tierra (Mateo 5:5). Los perseguidos recibirán el Reino de los cielos (v. 10). Los difamados recibirán una gran recompensa (v. 12). En mi experiencia, Mateo 5:8, “Dichosos los de corazón limpio,porque ellos verán a Dios”, ha sido el versículo de La Biblia más útil para luchar contra la tentación de la lujuria.La clave es que Jesús lucha contra el placer con el placer mismo. La impureza sexual puede ser agradable (en el momento), pero Jesús promete una bendición mayor para el puro de corazón: ellos verán a Dios. Hace algunos años, había una casa en el vecindario por la cual pasaba con frecuencia camino al trabajo. No sé quién vivía allí y jamás conocí a nadie de esa casa. Pero, con frecuencia,en el verano, una joven con un traje de baño indecente lavaba el auto en la entrada de vehículos. Mateo 5:8 fue la espada que usaba para eliminar la tentación de voltear la cabeza y echar un vistazo. Pensaba: “Quiero ver a Dios.Quiero conocerlo. No quiero sentirme lejos de Él por el resto del día. Sé que la comunión con Dios es mejor que una mirada de tres segundos”. Buscaba la santidad por medio de la fe en las promesas de Dios.Y las promesas continúan a lo largo del sermón más famoso del mundo. Muchas son advertencias, si matas,quedarás sujeto a juicio (Mateo 5:21), y cualquiera que diga “maldito” quedará sujeto al juicio del infierno (v. 22).Y si no refrenas la lujuria, puedes terminar allí también (vv.29-30). No perdones y no serás perdonado (6:15). Camina por el camino fácil y enfrentarás la destrucción (7:13).Construye la casa en la arena e ignora las palabras de Jesús y tu casa se caerá (7:26-27). Todas estas son promesas(aunque negativas) que pretenden fortalecer la obediencia.

También, Jesús promete bendiciones. Si practicas los mandamientos, serás considerado grande en el Reino delos cielos (Mateo 5:19). Si entras por la puerta estrecha y caminas por el sendero difícil, encontrarás la vida (7:14).Si escuchas las palabras de Jesús y las pones en práctica,tendrás seguridad verdadera (7:24-25). Jesús quiere motivarnos a través del pensamiento de una recompensa; la recompensa real, eterna y duradera (6:1,2,4,5,6,16,18,19-20). Él comprende que la lucha contra el pecado es una pelea para confiar en el Padre celestial. Esta es la razón por la que la preocupación no es solo un rasgo de la personalidad, sino una señal de incredulidad (v. 30). Si tenemos fe en la gracia venidera de Dios, primero buscaremos el Reino de Dios y confiaremos en que Él nos dará lo que necesitamos (v. 33). El Padre promete darnos cosas buenas a quienes se lo pidamos (7:11).

Como nuestro Dios de pactos, nos garantiza bendición cuando obedecemos y amenaza con maldiciones cuando desobedecemos. Puede ser que las bendiciones no sean lo que esperamos y que quizás no lleguen hasta la vida próxima (Hebreos 11:39-40), pero, en todo tiempo son buenas y siempre con el objetivo final de que seamos más como Cristo (Romanos 8:28-29). La vida santa siempre es una vida de fe, que cree con todo el corazón que Dios hará lo que ha prometido.

Una última cosa: he hablado acerca de la fe en el Evangelio o fe en las promesas de Dios, en especial las promesas de la gracia venidera. Pero, también podríamos hablar de manera más amplia acerca de la fe en La Palabra de Dios. Esencialmente, de eso es de lo que se trata la guerra espiritual: creer en la verdad de Dios en vez de las mentiras del diablo. Satanás es el padre de mentiras, y su arma básica es el engaño. Él miente con respecto a Dios.Miente con respecto a tu pecado. Miente con respecto al perdón. Miente acerca de La Biblia. Resistir al diablo no tiene nada que ver con casas embrujadas o cabezas que giran. Esto tiene que ver con la fe, confiar en la verdad en vez de en las mentiras. De eso se trata Efesios 6. Cíñeteel cinturón de la verdad. Toma el escudo de la fe. Toma la espada del Espíritu. En la guerra espiritual, permaneces en pie contra las artimañas del diablo al permanecer en pie en La Palabra de Dios.

El esfuerzo no es una palabra de pocas letras

Sí, el Espíritu fortalece la búsqueda de la santidad. Sí,el Evangelio nos conduce hacia la semejanza de Cristo.Sí, la fe nos llena de obediencia. Pero, aún ponemos en funcionamiento el esfuerzo. De manera automática, la misericordia de Dios no produce obediencia. Nos deben decir que obedezcamos y después ir y hacerlo. Dios es elegante en nuestra santificación (1 Tesalonicenses 5:23).Él es quien nos hace santos. Pero debemos buscar cuál es el regalo de Dios para nosotros, o como John Piper lo expresa:“Cuando se trata de eliminar el pecado, no espero de manera pasiva para que actúe en mí el milagro que lo elimine, yo acciono el milagro”.

Es el testimonio consistente del Nuevo Testamento que crece en santidad lo que requiere un esfuerzo excesivo de parte del cristiano. Romanos 8:13 dice que por medio del Espíritu debemos dar muerte a las obras de la carne.Efesios 4:22-24 nos instruye para que nos quitemos el antiguos er y nos revistamos con el nuevo. Colosenses 3:5 nos manda que matemos lo que es terrenal en nosotros.El pasaje de 1 Timoteo 6:12 nos impulsa a pelear la buena batalla. Lucas 13:24 nos exhorta para que luchemos por entrar por la puerta angosta. En 1 Corintios 9:24-27 se nos habla acerca de correr una carrera y disciplinar el cuerpo.Filipenses 3:12-14 habla de avanzar y seguir hacia adelante.El pasaje de 2 Pedro 1:5, por completo, nos manda a“esforzarnos en todo”. Tu parte como creyente nacido de nuevo es “trabajar duro, luchar con toda la energía” así como Cristo obra en nosotros de forma poderosa (Colosenses 1:29). Jamás debemos olvidar que, de acuerdo con Jesús, la recompensa de la vida eterna sigue a aquellos que conquistan y vencen (Apocalipsis 2-3).

Los cristianos trabajan; trabajan por dar muerte al pecado y por vivir en el Espíritu. Hallan descanso en el Evangelio,pero jamás descansan en la batalla contra la carne y el diablo. El hijo de Dios tiene dos grandes marcas con él; es conocido por la guerra interior y por la paz interior.Como cristianos del Evangelio, no deberíamos temer al esfuerzo, a la lucha y al trabajo. Estas son buenas palabras bíblicas. Jerry Bridges escribe: “Nadie puede lograr ningún grado de santidad sin que Dios obre en su vida, pero, con certeza, nadie la obtendrá sin esfuerzo de su parte. Dios ha hecho posible que caminemos en santidad. Pero nos ha dado la responsabilidad de transitar el camino”.

Desalentar la corrupción de la carne es, como lo expresó Calvino, “una tarea difícil y de trabajo inmenso”.Por lo tanto, Dios “nos propone que luchemos y hagamos todo esfuerzo para este objetivo. Nos insta a que no le demos lugar alguno a la pereza”. Cuando se refiere a la santificación,no solo miramos al Señor. No solo nos aferramos al Evangelio. También trabajamos duro para ser santos.No cometamos el error de la antigua teología de Keswick con su mirada de la santificación de “déjalo y deja a Dios”. En Secreto de una vida cristiana feliz (un clásico malogrado del movimiento Higher Life [Vida superior]),Hannah Whitall Smith dice: “Todo lo que pretendemos entonces en esta vida de santificación es que, por medio de un paso de fe, nos pongamos en las manos del Señor, para que Él obre en nosotros todo el placer bueno de su voluntad y que,mediante un ejercicio continuo de fe, nos mantengamos allí… nuestra parte es confiar, la suya es la de lograrlos resultados”.

Esto puede sonar super espiritual, pero no es bíblico.La santificación no es por medio de la rendición, sino que se hace posible mediante un afán y un esfuerzo divino.Escuchemos a Martyn Lloyd-Jones: “El Nuevo Testamento nos hace un llamado para que actuemos; no nos dice que la obra de santificación vaa ser hecha por nosotros… Nosotros nos encontramos en ‘la buena batalla de la fe’ y tenemos que luchar la. Pero, gracias a Dios, estamos capacitados para hacerlo;desde el momento en el que creemos, somos justificados por medio de la fe y nacemos de nuevo del Espíritu de Dios, tenemos la habilidad. Entonces el método de santificación del Nuevo Testamento dice que: ‘nos lo recordó y dice: ‘Ahora, entonces, ve y hazlo’’”.

Esta es la razón por la cual cuando un antiguo teólogo alemán hizo una lista de “Razones por las que los creyentes no crecen tanto como debieran”, mencionó, no sol olas razones del “Evangelio”, como dudar de la conversión o ser arrogante con respecto a la gracia, sino también a antigua y sencilla pereza: “Deseamos estar en un marco espiritual elevado y crecer como una palmera, pero no deseamos realizar esfuerzo alguno y, por lo tanto, tampoco lo recibimos”. Lo cual es otra forma de decir que no hay lugar para el quietismo en la cruzada por alcanzar la semejanza de Cristo.

Estos temas importan porque algunos cristianos se quedan estancados en la santificación por la falta simple de esfuerzo. Necesitan saber acerca del poder del Espíritu.Necesitan arraigarse en la gracia del Evangelio. Necesitan creer en las promesas de Dios. Y necesitan luchar, pelear y hacer todo esfuerzo por poner en práctica todo lo que Dios obra en ellos. Digamos con Pablo: “… he trabajado con más tesón que todos ellos, aunque no yo sino la gracia de Dios que está conmigo” (1 Corintios 15:10). Sin este énfasis bíblico, estaríamos confundidos, nos preguntaríamos por qué la santificación no fluye de forma automática de un compromiso sentido de la justificación empapada en el Evangelio. Estaríamos esperando para que una fe suficiente“entienda el Evangelio” de verdad, cuando lo que Dios quiere es que nos levantemos y trabajemos (Filipenses 2:12-13). Porque cuando se trata de crecer en santidad,la confianza no le pone fin al intento.

Por Kevin DeYoung
Tomado del libro:Una grieta en tu santidad
Peniel

Una Grieta En Tu Santidad

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