No te metas

Límites prácticos y muy necesarios

Debemos establecer qué es lo que nos compete y qué es lo que no; y esto nos ahorrará muchos dolores de cabeza.

Por Luci Swindoll

Hace muchos años, cuando trabajaba en California, un ingeniero entró al cuarto de dibujo un día, cuando seis u ocho de nosotros estábamos trabajando en nuestras mesas. Todos lo conocíamos y pudimos notar que algo andaba mal. El hombre (llamémoslo Juan) estaba furioso. Otro ingeniero más joven que él y con menos años de servicio, había sido promovido a una posición de liderazgo y Juan estaba enojadísimo. Se quitó el casco, lo tiró hacia el otro lado del salón y comenzó a decirnos todo lo que sucedió y cuán enojado estaba con la gerencia. (En poco tiempo fue fácil ver por qué no consiguió la promoción).

Los que estábamos en las mesas de dibujo solo observamos con la mirada perdida tratando de entender qué quería y luego volvimos a nuestros trabajos. Nadie dijo nada, no era nuestro asuntos, así que al fin salió del cuarto a grandes zancadas, más enojado que una gallina mojada.

Poco después, lo despidieron del trabajo y la vida siguió igual, como siempre, para el resto de nosotros.

Hay veces que suceden cosas que no son asunto nuestro. Tal vez queramos decir algo, pero si somos sabios, mejor. Nos quedamos callados, nos volteamos e ignoramos el hecho de que alguna vez haya sucedido.

Saber cuándo prestar total atención, y cuándo no prestarla es cuestión de discernimiento. Y me atrevo a decir que el discernimiento es un regalo que viene con los años. Discernir cuándo no prestar atención es la decisión más difícil.

Como soy adversa al conflicto por naturaleza, es fácil para mí no enredarme en situaciones como la de antes descrita. No me gusta la confrontación y, si la gente discute en mi presencia, a menudo me da dolor de estómago. Mi primera decisión siempre es no involucrarme en problemas que no tienen nada que ver conmigo.

Cada uno de nosotros necesita mantener una línea imaginaria en nuestro pensamiento que no crecemos cuando algo no sea nuestro asunto. Por ejemplo, si alguien pelea verbalmente es un restaurante, en la mesa continua, no te metas. Eso no te incumbe, tampoco a mí. Si el furioso Juan salta en tu oficina, queriendo que tomes partido y que pelees con la gerencia, no te metas en eso tampoco.

Me fascina el pequeño versículo de 1 Tesalonicenses 4:11 que dice: “Quédate tranquilo, no te metas en lo que no te incumbe, haz tu propio trabajo” (paráfrasis de la autora). Eso sí es para mí.

No obstante, déjame apresurarme a reconocer que hay momentos en que necesitamos involucrarnos, querámoslo o no. Quizá las palabras “no te involucres” en el título deberían ser “discierne bien”, porque el discernimiento es la percepción que viene a través de los sentidos o el intelecto, y de eso es lo que realmente estoy hablando.

Estaba con una querida amiga, hace unos cuantos años, viajando por carretera y nos detuvimos en un lugar lleno de gente, parecido a una choza en la cual vendían conos de helado. Mientras estábamos allí, un autobús lleno de niños exploradores también se detuvo. Los niñitos corrían por todos lados, divirtiéndose, mientras que la líder, una mujer, compraba helado y llamaba a cada uno para que vinieran a tomarlos. El pequeño Ronnie no acudió cuando lo llamaron, lo cual hizo que la mujer se enojara. Cuando finalmente llegó, ella estaba tan furiosa que gritó: “Niño mocoso. Tú vienes cuando yo te llamo. ¿Me oyes?”.

Le dio tal manotazo en la cabeza que el golpe lo tiró al suelo. Yo solo me quedé mirando y casi se me caen los dientes. ¿Pero mi amiga? Se levantó con la cabeza en alto y le dijo a la mujer firmemente: “La mocosa eres tú. Y si le pegas a ese niño otra vez, vas a tener que lidiar conmigo”.

Te digo, yo estaba tan avergonzada que hubiese podido esconderme debajo de una roca. Mientras yo recobraba la cordura, cada persona en el área (con excepción de la líder y yo), aplaudía a mi amiga. Ella simplemente no iba a tolerar el abuso; ese día aprendí que yo tampoco debía tolerarlo, no importa cuán humillada o avergonzada me sintiera.

Todos tenemos que decidir por nosotros mismos qué es lo que no es nuestro asunto. Tenemos que establecer nuestros propios límites. Algunos son muy claros, otros implican estudiar opciones, juzgar, discernir la verdad, trazar límites y considerar todo lo relacionado. No puedo responder por ti y tú no puedes responder por mí. Pero Dios puede responder por ambas y podemos pedirle que nos guíe.

Piensa

La sabiduría es una virtud. La persona sabia piensa antes de hablar. Decir mucho usualmente refleja que se piensa muy poco. Recientemente encontré estos versículos fantásticos en Eclesiastés 5:2-3 y me sorprendió cómo plantea La Biblia este consejo tan claramente: “No digas demasiado, ni hables antes de pensar. No te precipites a decirle a Dios lo que crees que Él quiere escuchar. Dios está al mando, no tú. Mientras menor hables, mejor” (paráfrasis de la autora).

Ese pasaje es muy directo, ¿verdad? ¿Alguna vez notaste cuán imposible es recobrar tus palabras una vez que salen de tu boca? He conocido a unas cuantas personas que necesitan un botón de rebobinado cerca de sus labios para que disimuladamente puedan retrotraer sus palabras, oraciones o párrafos que en primer lugar nunca debieron haber dicho. Una de ellas es una muy querida amiga a la cual soy devota de por vida. Me encanta su compañía, al admiro enormemente y daría mi vida por ella, peor hay algo que me gustaría mucho poder cambiar de su personalidad y ella lo sabe. En su entusiasmo por casi todas las cosas, muy a menudo dice algo que ella deseara no haber dicho o que yo deseara que no hubiese dicho. Simplemente no se detiene para pensar antes de hablar.

Proverbios 27:6 dice que las heridas causadas por un amigo son más valiosas que los halagos de un enemigo. He visto mujeres decirle cosas desagradables a sus esposos en ambientes sociales y me he sentido incómoda por la manera en que han hecho sentir al esposo. He visto a desconocidos gritarles de modo detestable a empleados. He sido testigo de niños actuando con grosería hacia sus padres y a padres o madres de familia regañando severamente a sus hijos.

Todo eso podría ser diferente si solo nos detuviésemos y usáramos el cerebro antes de abrir nuestras bocas.

Por Luci Swindoll
Tomado del libro:50 secretos sencillos para vivir feliz
Grupo Nelson

50 Secretos Sencillos para Vivir Feliz

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