No haga de su Jesucristo su Señor

Nada de religión hecha a medida

Aunque lo que queremos decir puede ser bueno, hay que tener cuidado del lugar en donde ponemos a Jesús.

Por David Platt

Cuando los seguidores de Cristo comparten relatos sobre cómo se hicieron cristianos, generalmente dicen cosas como: “Decidí hacer de Jesús mi Señor y Salvador personal”. En principio y en última instancia, por supuesto, es maravilloso oír a hermanos y hermanas relatar sobre el momento en que su corazón se abrió al asombrosamente apasionado amor de Dios, un amor que ahora los cautiva en una relación personal íntima con Jesús. Al mismo tiempo, cuando reflexiono sobre esa afirmación: “Decidí hacer de Jesús mi Señor y Salvador persona;”, no puedo evitar preguntarme hasta dónde esta idea representa una tendencia sutil pero significativamente peligrosa en el cristianismo contemporáneo.

En un sentido, esa afirmación minimiza la autoridad inherente de Jesús. En realidad ninguno de nosotros puede decidir hacerlo Señor. Jesús es el Señor independientemente de lo que usted y yo decidamos. La Biblia dice claramente que un día “se [doblará] toda rodilla en el cielo en la tierra y debajo de la tierra, y toda lengua [confesará] que Jesucristo es el Señor”. La pregunta no es si haremos Señor a Jesús. La verdaderamente pregunta es si usted o yo nos sometemos a su señorío, y esta es la esencia de la conversión.

No obstante, en un nivel aún más profundo, me temo que usamos esa frase con excesiva frecuencia para albergar un cristianismo personalizado que gira en torno a un Cristo personal que nos creamos a nuestro gusto. Casi sin darnos cuenta, todos tenemos la tendencia a redefinir el cristianismo según nuestras propias preferencias, gustos, tradiciones religiosas y normas culturales. Lentamente, sutilmente, tomamos al Jesús de La Biblia y lo convertimos en alguien con quien nos sentimos un poco más cómodos. Diluimos lo que Jesús dice sobre el precio de seguirlo, prácticamente ignoramos lo que Él dice sobre el materialismo, y en la práctica dejamos de lado lo que Él dice sobre la misión. Seleccionamos lo que nos gusta y lo que no nos gusta de las enseñanzas de Jesús. Al final, creamos un Jesús inofensivo de clase media, políticamente correcto, que se ve tal como nosotros y piensa exactamente como nosotros.

Sin embargo, Jesús no es personalizable. No está abierto a la interpretación, la adaptación, la innovación o la alteración. Ha hablado claramente por medio de su Palabra y no tenemos derecho a personalizarlo. En lugar de eso, Él nos cambia radicalmente. Él transforma nuestra mente por medio de su verdad. Al seguir a Jesús, creemos en Jesús, aun cuando su Palabra confronta (y con frecuencia contradice) supuestos, creencias y convicciones profundamente arraigadas en nuestra vida, nuestra familia, nuestros amigos, nuestra cultura y, en ocasiones, también en nuestra iglesia. En la medida que le tomamos La Palabra a Jesús, lo proclamamos en el mundo porque comprendemos que Él no es simplemente un Señor y Salvador personal merecedor de nuestra aprobación individual. En última instancia, Jesús es el Señor y Salvador cósmico digno de la alabanza eterna de toda la creación.

Impulsados

Cuando creo realmente en las palabras de Jesús y comprendo su valor, recién entiendo que su meta no es simplemente ser mi Señor y Salvador personal, y que su muerte en la cruz no giró solamente alrededor de mí.

Los cristianos a veces dicen: “Cuando Jesús murió en esa cruz, murió por mí”. Eso indudablemente es verdad, porque Jesús murió personalmente por usted y por mí. Sin embargo, no podemos detenernos ahí. Según las palabras del propio Jesús, murió para que “en su nombre se [predique] el arrepentimiento y el perdón de pecados a todas las naciones”. Mucho más que morir por usted o por mí, Jesús murió para comprar para Dios a la gente “gente de todo pueblo, tribu, lengua y nación”. Los discípulos de Jesús saben que Él no es simplemente un Señor y Salvador personal, sujeto a la aprobación individual de alguno. Los discípulos saben que Él es el Señor y Salvador cósmico, digno de la alabanza eterna de todo el mundo.

De manera que los discípulos no pueden evitar hacer discípulos de Jesús en todas las naciones. Si realmente creemos las palabras de Jesús y conocer el valor de Jesús, entonces nos sentimos impulsados a participar de la tarea.

Lo extraordinario

Decididamente, Jesús no está muerto; está vivo y está activo. Jesús se les apareció a sus discípulos, comió con ellos, bebió con ellos y luego los envió diciéndoles: “Se me ha dado toda autoridad en el cielo y en la tierra. Por tanto, vayan y hagan discípulos de todas las naciones”.

En otras palabras: “En base a la realidad de mi resurrección y confiando en la verdad de todo lo que les he enseñado, vayan y díganle al mundo”. Después de decir eso, Jesús ascendió al cielo ante sus ojos, y ahora está allí sentado “a la derecha de Dios, en los lugares celestiales. Ahora Cristo está muy por encima de todo, sean gobernantes o autoridades o poderes o dominios o cualquier otra cosa, no solo en este mundo sino también en el mundo que vendrá”.

No está sentado allí solamente para mirar lo que ocurre en la tierra. Por medio del Espíritu que nos envió está guiado a su pueblo a proclamar su verdad en cada rincón de la tierra. Es aquí donde entramos nosotros. Como seguidores de Cristo, cada uno de nosotros se encuentra en el frente de una batalla espiritual que brama por el alma de los hombres y las mujeres que nos rodean en todo el mundo. El soberano Hijo de Dios, nuestro Salvador, está sobre nosotros, sentado en el sillón de mando celestial con toda la autoridad en el cielo y en la tierra. Intercede por nosotros día y noche, y promete darnos todo lo que necesitamos para decirle a toda persona del planeta que continúa cautiva del pecado, de Satanás y de la muerte: “Esta es la Buena Noticia. Vuélvete del pecado y de la muerte. Confía en el Rey vencedor de la muerte y dados de vida, y vivirás con Él para siempre”.

De manera que vamos como discípulos de Jesús que amamos su Palabra y confiamos en su verdad. No vamos simplemente como hombres y mujeres que en determinado momento decidieron hacer de Jesús su Señor y Salvador personal, sino, en definitiva, como hombres y mujeres que en todo momento están dedicados a proclamar a Jesús como el Señor y Salvador universal.

Por David Platt
Tomado del libro:Sígueme
Tyndale

Sigueme

Se el primero en comentar

Deja Tu Comentario

Tu dirección de correo no será publicada.


*