La Palabra que no pasa de moda

Aprende a profetizar sobre tu vida y circunstancias

En un mundo lleno de palabras,La Palabra de Dios necesita ser menos discutida y más creída. Su autoridad es respaldada por Aquel que creó y sostiene todas las cosas.

Por Roberto Vilaseca

Por años me pregunté cómo podía hacer para que La Palabra de Dios se cumpliera en mi vida, que cada promesa se transforme en una realidad en mí. Una y otra vez leía de las declaraciones asombrosas de La Palabra sobre nuestra posición en Cristo, nuestro poder, liberación, nuestras promesas de sanidad, de la provisión sobrenatural, pero no podía verlas cumplidas en mi vida, ni en mi congregación.

Mucho tiempo luché con este pensamiento, hasta que el Espíritu Santo desató una fe y una seguridad que reveló una simple pero poderosa verdad: ¡La Palabra opera por fe!

Tuve que entender sin discusión que La Palabra tiene autoridad y poder real. En Génesis 1, Dios declaró con autoridad: “Sea”, “Y fue hecho”. El mundo que nos rodea es el producto de su autoridad. El Creador hizo al hombre y lo puso bajo la autoridad de La Palabra: “Y mandó Jehová al hombre…”. En la era por venir, Cristo reinará con la autoridad de La Palabra: “De su boca sale una espada aguda para herir con ella a las naciones”.

Entre el Edén y el Milenio ha existido un conflicto sobre la autoridad de La Palabra de Dios. Satanás le preguntó a Eva: “¿Con que Dios os ha dicho?”. Hoy la misma pregunta desafiante está en la mente de todos los hombres para desautorizarLa Palabra. Pero su autoridad es respaldada por la misma esencia divina. Ella permanece inconmovible y firme ante los asaltos de los demonios y de los hombres.

El Señor luego me recordó que nosotros también recibimos esa Palabra poderosa.Orando al Padre, Jesús le dijo: “Porque las palabras que me diste, les he dado”.¿Qué palabra hablamos nosotros?

El sabio Salomón lo había anticipado cuando expresó: “Del fruto de la boca del hombre se llenará su vientre; se saciará del producto de sus labios. La muerte y la vida están en poder de la lengua, y el que la ama comerá de sus frutos”.

A medida que LaPalabras permanece en nosotros y son declaradas por nuestros labios, viene a ser pan y frutos para nosotros. Tenemos que ser transformados por ella. ¡Sí! Ella nos justificará, sanará, revestirá de poder y nos dará la victoria.

Cuando tú y yo aceptamos la autoridad de La Palabra comprobamos su poder. ¿Cómo trabaja en nosotros? Al momento en que nuestro corazón acepta sin reservas su autoridad, La Palabra trabajará. Aunque no se cumpla inmediatamente, su poder creativo comienza a producir esa verdad en nuestra vida.

Solo hace falta que nos inclinemos humildemente ante la autoridad de La Palabra, nos levantemos y salgamos con su poder. Dios declara que hemos resucitado a una nueva vida, perfecta en Cristo. ¡Es un hecho! ¡Créelo!Mil pensamientos pueden surgir en contra de la autoridad de su Palabra pero Dios lo ha dicho y escrito está.Esta es la llave hacia la victoria, la sanidad, la liberación y la gracia para satisfacer todas nuestras necesidades. “Y dijo Dios…”, “¡Y así fue!”.

Ahora, una vez que La Palabra ha sido creída debe ser confesada, porque hay poder en lo que confiesas. Jesús exaltó el misterio del poder de la confesión cuando proclamó: “Porque de cierto os digo que cualquiera que dijere a este monte: Quítate y échate en el mar, y no dudare en su corazón, sino creyere que será hecho lo que dice, lo que diga le será hecho”.

Dios espera que comencemos a hablar en fe, a fin de que recibamos lo que dice. “Si confesares con tu boca…serás salvo”, escribió Pablo a los romanos.  La palabra “salvo” viene de sozo en griego, que significa salvar, librar, sanar, hacer el bien, perfeccionar. Es un término que lo incluye todo.

Tienes que saber que Jesús es Sumo Sacerdote de nuestra confesión,es decir, de nuestra confesión, de nuestro testimonio. Él intercede por lo que tú confiesas.  Confiesa, proclama, habla. Jesús espera escucharte para interceder de acuerdo a tu confesión.Proclámala con fe, y serás bendecido.

Las cosas por su nombre

Génesis nos relata cómo, luego de llamarlo, Dios cambia el nombre de Abram por Abraham y le promete que llegará a ser el padre de muchas naciones. Abram significa patriarca, pero Abraham, padre de una multitud. De esta manera Dios se aseguraba de que cada vez que Abraham escuchara o pronunciara su nombre se acordara de la promesa divina. El cambio de nombre de Abraham modificó el concepto que tenía de sí mismo. Su propio nombre se transformó en un desafío de fe.

No te des un nombre por debajo de lo que Dios quiere de ti. Permite que tus pensamientos y tu conversación estén saturados de lo que declara Dios para ti.

Jesús hizo lo mismo con Pedro. Cuando el Señor lo conoció, el nombre su era “Simón, hijo de Jonás”. Pero, luego, el Señor le llamó Pedro, que quiere decir roca. Jesús sabía lo que hacía: utilizó el nombre “roca” para dirigirse a Pedro, hasta que él llegó a ser como ella. Al recibir ese nombre, repetirlo y responder a este, Pedro mostraba su conformidad con La Palabra Jesús había hablado.

El método de Dios para cambiar estos nombres, y que las personas hicieran realidad su destino al estar de acuerdo con lo que Dios había dicho, consistía en que meditaran en La Palabra, la hablaran y la oyeran para que se convirtiera en parte práctica de sus vidas.

El apóstol Pedro lo dice claramente. La Palabra de Dios entra a nuestro ser y alumbra nuestras circunstancias. Al meditar en ella, su luz aumenta más y más dentro de nosotros. Alumbra nuestros corazones con más y más fuerza hasta que llega a dar a luz una imagen interna de lo que por la fe esperamos recibir de Dios.

Abraham creyó en esperanza contra esperanza. Aunque parezca increíble, él recibió lo que esperaba. Nosotros podemos también recibir lo que esperamos. Recibe La Palabra de Dios y aplícala a tu situación ahora mismo. Recibe la semilla que el Señor tiene para su vida. Luego, empieza a hablarla, a oírla, a susurrarla. Medita en La Palabra hasta que empieces a verla hecha realidad. El poder de la fe se desata cuando uno llama lo que no es como si fuera.

 Habla con autoridad

Al recibir a Cristo como nuestro Salvador y Señor somos trasladados al Reino de luz. Ahora estamos bajo el gobierno de Dios. Esto significa tenerlo a Él a nuestro favor, gozar de los privilegios de tenerlo como nuestro Rey: su cuidado, su protección, su provisión. Él nos ha devuelto la dignidad, nos ha dado un propósito y nos ha capacitado con autoridad, con dones y capacidades para cumplir con nuestra misión en la tierra: hacer extender el Reino y gobernarlo junto con Jesús, nuestro Rey de reyes.

Antes éramos enemigos de Dios, ahora somos amigos. Antes éramos huérfanos, ahora somos hijos. Antes éramos esclavos, ahora somos libres. Antes éramos cola, ahora somos cabeza. Antes éramos pisados por el diablo, ahora él está debajo de nuestros pies. Entender nuestra nueva posición en este mundo nos tiene que llevar a un cambio radical en todo lo que pensamos y hablamos. La Biblia nos manda a cambiar nuestra manera de pensar, y esto incluye nuestra manera de hablar.

La Biblia es clara cuando dice que de la abundancia del corazón habla la boca. Lo que hablas indica lo que piensas y de qué está lleno tu corazón. Muchos maldicen, declaran derrota, quejas y lamentos. Sus palabras están llenas de soberbia, rebeldía e inmundicia.Pero nosotros hemos dejado de vivir de esa manera; Dios cambió nuestro corazón por eso lo primero que debe cambiar en nosotros es la manera de hablar. No hablemos más como mendigos, como pobrecitos o implorando migajas. No hablemos como niños caprichosos, ni como víctimas de las peores desgracias. El corazón es la fuente, y las palabras son los arroyos.

Recordemos, los que estaban cerca de Jesús fueron tan influenciados por su manera de vivir y de hablar que hablaban igual. Cuando apresaron a Cristo, a Pedro lo reconocieron porque hablaba como Él aunque lo negaba. “Si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios”, porque “por tus palabras serán justificado y por tus palabras serás condenado”, dijo Jesús. Hablemos como hablaba Él: con verdad, amor, autoridad, con fe, pureza, sabiduría, con humildad, mansedumbre, firmeza, con gozo y paz. Cuando te dirijas al Padre del cielo, recuerda quién eres. Cuando le hables al diablo, recuérdale quien eres. Cuando hablas con las personas, recuerda quién eres. Cuando te enfrentas a dificultades, recuerdas quién eres, y en cada caso habla como Cristo hablaría.Necesitamos aprender a imitar a Jesús.

Dios nos dio poder y autoridad. Nuestras palabras son poderosas. Hablemos el nombre de Jesús. Este nombre abre todas las puertas, desata todas las cadenas y transforma todas las circunstancias. Por muchos años hemos confesado con nuestros labios “es imposible”, “no se puede”, “es más fuerte que yo”, “es demasiado para mí”, “esto no se arregla más”, “soy el culpable de todo”, “todo me pasa a mí”, “tengo mala suerte”, “soy pobre”, “soy inútil”, “soy un fracaso”, y esa ha sido nuestra triste realidad. Pero en el Reino de Dios no hablamos así. Quienes estamos bajo su gobierno le creemos al Padre y hablamos como Él.

Tenemos que expresar fe en todo lo que hablamos, tenemos que expresar esperanza, tenemos que hablar con autoridad, respaldados por La Palabra de Dios.Aprende a usar palabras que denotan autoridad: “Yo cancelo”, “Ato y desato”, “Determino”, “Establezco”, “Reprendo”, “Decreto”, “Activo”, “Tomo posesión”.Una cosa es pedir a Dios, y otra muy distinta es decretar lo que establece su Palabra.Distingamos lo que es clamar al Padre, y a la vez ordenar con autoridad a las circunstancias.

Hablemos como Jesús. Los problemas me dicen no puedo pero escrito está. Dios nos invitó a desafiar lo que está muerto, ordenando: “Profetiza sobre estos huesos”. Aprende a profetizar cada día y por cada circunstancia.

Por Roberto Vilaseca

 

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