La cuestión del sufrimiento

Un análisis magistral como solo Philip Yancey puede hacer

El dolor, casi siempre, despierta dudas sobre Dios y su esencia. “¿Por qué a mí?”, “¿Dónde está el Señor en este trágico momento?”.

Por Philip Yancey

Una vez vi una entrevista televisiva con una famosa actriz de Hollywood cuyo amante había muerto ahogado en un puerto. La investigación policial reveló que se había caído de un yate tras una borrachera. Aun así, la actriz miró a cámara con sus hermosos rasgos marcados por el dolor, y preguntó: “¿Cómo pudo un Dios de amor permitir que esto sucediera?”.

A pesar de que la actriz normalmente no tenía presente a Dios, de repente, frente al dolor, tuvo un brote de enojo. Para ella y para casi todo el mundo, frente al dolor surge la duda como un acto reflejo. Nos lastimamos e instintivamente nos volvemos contra Dios independientemente de las circunstancias. No podemos

evitar culpar a Dios, y luego dudar de Él.

El dolor lleva a cuestionar nuestras creencias básicas sobre Dios. Al escuchar a aquellos que sufrieron, oigo cuatro preguntas básicas expresadas de forma variada. ¿Es Dios competente? ¿Es realmente tan poderoso? ¿Es justo? ¿Por qué a Dios pareciera no importarle el dolor? Conozco muy bien aquellas preguntas porque yo también las he hecho cuando sufrí. Si aún no las has preguntado,algún día probablemente lo harás, cuando el dolor severo te golpee.

¿Es Dios competente?

Cuando se expresa esta pregunta sin rodeos, podría sonar extraña y hasta injuriosa. Pero creo que muchas de nuestras preguntas sobre el dolor se refieren directamente al asunto de la competencia o capacidad de Dios.

Al observar más de cerca este maravilloso mundo, comienzas a ver dolor y sufrimiento por todas partes. Los animales se devoran entre ellos en un ciclo alimenticio vicioso. Los terroristas matan gente inocente. Huracanes, terremotos, tsunamis e inundaciones causan destrozos en todo el mundo. De hecho,todos los seres vivos en algún momento mueren. La gran pintura de Dios pareciera ser defectuosa, como una obra maestra tajeada.

Confieso haber visto alguna vez al dolor como un gran error de Dios en un mundo maravilloso. ¿Por qué arruinar algo tan grandioso al incluir dolor en él? Sin dolor ni sufrimiento nos sería mucho más fácil respetar y confiar en Dios. ¿Por qué Él no se limitó a crear todas las cosas hermosas del mundo, dejando al dolor de lado?

Mis dudas sobre la competencia de Dios surgieron en un lugar de lo más extraño. Para mi asombro, aprendí que existía un mundo sin dolor dentro de las paredes de un hospital que trata bala lepra. Mientras caminaba por los pasillos de una leprosería, y conocía a las víctimas de aquella enfermedad, mis dudas sobre la importancia del dolor desaparecían. A medida que la enfermedad se propaga, las terminaciones nerviosas que transportan las señales de dolor se callan. Por lo tanto, los pacientes con lepra ofrecen una ventana por donde observar cómo es un mundo sin dolor.

No conozco personas más solitarias que las víctimas de lepra. Sin embargo, aquí está el hecho más sorprendente sobre la lepra, un hecho que fue descubierto durante la década del ‘50: prácticamente toda la deformidad se produce debido a que la víctima de lepra no puede sentir dolor. La enfermedad destruye las células de dolor, y todo el otro daño tisular lo causa la inhabilidad del paciente de sentir dolor.

Conocí a un paciente con lepra que había perdido todos los dedos de su pie derecho simplemente porque insistió en usar zapatos que le quedaban chicos. Otro casi perdió su dedo pulgar debido a una herida que se desarrolló cuando sostuvo el palo de una escoba con demasiada fuerza. Decenas de pacientes en aquel hospital habían quedado ciegos simplemente porque la lepra silenció las células de dolor diseñadas para alertarlos sobre cuándo pestañar. Con el tiempo, la falta de lubricación que produce el pestañeo, secó sus ojos.

Aprendí que de mil maneras, grandes y pequeñas, el dolor nos sirve día a día. Si estamos sanos, las células de dolor nos alertan sobre cuándo cambiar nuestro calzado, cuándo aflojar la fuerza que ejercemos sobre la escoba, cuándo pestañear. En resumen,el dolor nos permite llevar una vida libre y activa.

No es algo que Dios diseñó a último momento de la creación para hacer miserables nuestras vidas. Tampoco es un gran error de Dios. Ahora veo la impresionante red de millones de sensores de dolor en todo nuestro cuerpo, calibrados minuciosamente por nuestra necesidad de protección, y veo un ejemplo de la competencia de Dios, no de incompetencia.

¿Es Dios poderoso?

Por supuesto que el dolor físico es solo la última capa de lo que llamamos “sufrir”. La muerte, la enfermedad, los terremotos,los tornados, todos ellos intensifican los cuestion amientos sobre el involucra miento de Dios en la Tierra. Una cosa es decir que Él originalmente diseñó el sistema de dolor como una advertencia efectiva para nosotros. Pero, ¿y qué del mundo hoy? ¿Puede ser posible que Dios esté satisfecho con la terrible maldad humana, los desastres naturales y las enfermedades que arrasan con la vida de tantos niños? ¿Por qué no involucrarse y acabar con los peores sufrimientos? ¿Es Dios lo suficientemente poderoso como para re acomodar al universo de manera tal que alivie nuestro sufrimiento?

Hace algunos años, un libro sorprendente sobre esta temática llamó la atención del público: Cuando las cosas malas le pasan a la gente buena, por el rabino Harold Kushner.

Las dudas de Kushner sobre Dios surgieron cuando su pequeño hijo fue diagnosticado con la enfermedad de progeria. Nadie sabe cómo, esta acelera incontrolable mente el proceso de envejecimiento. En vez de crecer, un niño con progeria comienza a encogerse igual que una persona anciana. El hijo de Kushner quedó calvo a la misma edad en la que la mayoría delos niños comienzan el jardín de infantes. Su piel se volvió áspera y arrugada. Los dientes que recientemente habían aparecido comenzaron a caerse. A pesar de que el calendario mostraba que el niño estaba en edad escolar, tenía el cuerpo de un hombre adulto.Finalmente, a los 8 años murió.

Durante todo el agonizante proceso de la muerte de su hijo, Harold Kushner se desempeñaba como rabino. Tenía que asistir a viudas, a personas en hospitales, a otros padres de niños enfermos, y mostrarles a Dios. A medida que hacía esto, su noción de la Divinidad experimentó un profundo cambio. Un famoso filósofo expuso una vez el problema del dolor de esta manera:o Dios es todopoderoso o es todo amoroso. Él no puede ser ambas cosas y permitir que haya dolor y sufrimiento. Finalmente, Kushner llegó a la conclusión de que él tampoco podía creer en un Dios todopoderoso y todo amoroso.

Su libro explica cómo pudo aceptar el amor de Dios incluso cuando cuestionaba su poder. Ahora cree que Dios es bueno, nos ama, y detesta vernos sufrir. Desafortunada mente, sus manos están atadas. Simplemente, Él no es lo suficientemente poderoso como para solucionar los problemas de este mundo. El libro de Kushner fue uno de los más vendidos porque en él la gente encontró consuelo.Él había expresado lo que habían querido creer todo este tiempo: que Dios desea ayudar, pero no puede. Cuando clamamos a Él para que resuelva nuestros problemas, simplemente esperamos demasiado.

Yo también encontré consuelo en el libro del rabino Kushner,tanto, que comenzó a preocuparme. Sus ideas suenan como algo que me gustaría que fuese cierto. ¿Pero lo son? Mis problemas se agrandaron a medida que estudiaba el libro a la luz de La Biblia.

En un capítulo, Kushner cita el libro de Job, la historia de un hombre que sufrió severamente y que no merecía el dolor. Dios le habla a Job y a sus tres amigos tras largos días de debate sobre el problema del dolor. Si alguien merecía una respuesta a este problema, ese era Job. Él, el hombre más justo de la Tierra, era el que más había sufrido.

La respuesta de Dios a Job, el discurso más largo de Dios registrado en La Biblia (capítulos 38-41), no era lo que Job esperaba.Dios no ofreció disculpas, no hubo expresiones de compresión como “siento tu dolor”, no hubo frases como: “Lo siento, amigo,pero me distraje con otras cosas”. En vez de una explicación bien merecida, Job recibió una lección más amplia sobre lo que implica gobernar el universo. Dios inició un viaje por el cosmos:“Prepárate a hacerme frente; yo te cuestionaré, y tú me responderás. ¿Dónde estabas cuando puse las bases de la tierra? ¡Dímelo,si de veras sabes tanto! ¡Seguramente sabes quién estableció sus dimensiones y quién tendió sobre ella la cinta de medir!” (Job 38:3-5).

El novelista Frederick Buechner resume la confrontación de esta manera: “Dios no explica. Explota. Le pregunta a Job quién se cree que es. Dice que intentar explicar la clase de cosas que Job quiere que se le expliquen es como tratar de explicar a Einstein a una almeja… Dios no revela su gran diseño. Se revela así mismo”.

Dios tuvo la oportunidad perfecta para debatir si el problema fue la falta de poder divino. Seguramente Job hubiese estado satisfecho con estas palabras: “Job,realmente siento mucho lo que sucede. Espero que te des cuenta de que no hay nada para hacer ni manera de corregir los resultados.Desearía poder ayudarte, pero simplemente no puedo”. Dios no dijo nada de eso. Al hablarle a un hombre lastimado y enteramente desmoralizado, Dios proclamó sabiduría y poder. Por eso debo cuestionar la teoría del Rabino Kushner sobre la falta de poder de Dios.

Otras partes de La Biblia me convencen de que tal vez deberíamos ver el problema del dolor como una cuestión de tiempo,no de poder. Recibimos varias pistas de que Dios, al igual que nosotros, no está satisfecho con el estado de este mundo, una creación deteriorada por el mal; y Él planea hacer algo al respecto algún día.

Gracias a Las Escrituras está presente la esperanza de un gran día en que un nuevo cielo y una nueva Tierra serán moldeadas para reemplazar lo viejo (Romanos 8:18-19, 22).

Por momentos, en esta creación que gime de dolor no podemos evitar sentirnos como el pobre Job, que se rascaba las llagas con trozos de tejas y se preguntaba por qué Dios había permitido que sufriera. Al igual que este hombre, somos llamados a confiaren Dios incluso cuando toda la evidencia acerca de Él parece enfrentarse contra nuestra confianza. Somos llamados a creer que Dios sí controla al universo y tiene todo el poder, independientemente de cómo las cosas resulten algunas veces.

¿Es Dios justo?

“¿Por qué a mí?”, preguntamos casi automáticamente cuando enfrentamos una gran tragedia. Este tipo de preguntas tienen un mismo hilo conductor. Cada pregunta asume que Dios fue de alguna manera responsable, que Él directamente causó el dolor. Si,de hecho, Dios es todo competente y todopoderoso, entonces ¿no implica que controla cada detalle de la vida? ¿Escogió Dios el vehículo que se saldría de control en la autopista?¿Elige Él a las víctimas del cáncer al azar sacándolos de una libreta telefónica?

Pocos podemos evitar tales pensamientos cuando sufrimos algún golpe. Inmediatamente comenzamos a buscar en nuestra consciencia algún pecado que Dios podría estar castigando. ¿Qué es lo que Dios está tratando de decirme a través de mi dolor? Y sino encontramos nada definitivo comenzamos a cuestionar cuán justo es Dios. “¿Por qué sufro más que mi vecino, que es un completo idiota?”.

La mayoría de las personas sufridas que he entrevistado se atormentan con preguntas como estas. A menudo, cristianos con buenas intenciones solo los hacen sentir peor. Llegan al cuarto del hospital con regalos o con culpa (“Debes haber hecho algo para merecer esto”) y frustración (“No estás orando lo suficiente”).

Una vez más, el único lugar seguro para poner a prueba nuestras dudas sobre Dios es La Biblia. Ella registra muchos ejemplos, especialmente castigos a la nación de Israel, en el Antiguo Testamento. Pero presta atención: en cada  caso, el castigo le sigue a repetidas advertencias en contra del comportamiento que a merita el correctivo. Los libros de los profetas,cientos de páginas, dan una fuerte y elocuente advertencia a Israel a alejarse del pecado antes de que el juicio descienda.

Piensa en un padre que castiga a su pequeño. Sería un tanto inútil que el padre se acercara sigilosamente a distintas horas del día y le dé una palmada al niño sin ninguna explicación. Tácticas como tales resultarían en un niño neurótico, no uno obediente.El castigo efectivo debe estar claramente relacionado con el comportamiento.

La nación de Israel sabía que estaba siendo castigada; los profetas lo habían advertido detalladamente. El faraón de Egipto sabía exactamente por qué las diez plagas se desataron: Dios había predicho por qué sucederían y cómo un cambio de corazón podría prevenirlas. Los ejemplos bíblicos de sufrimiento como castigo tienden a encajar en un patrón: el dolor viene después de mucha advertencia, y nadie se sienta después y pregunta: “¿Por qué?”.Todos saben muy bien por qué sufren.¿Ese patrón se asemeja a lo que nos sucede hoy en día a la mayoría de nosotros? ¿Recibimos revelación directa de Dios advirtiéndonos sobre una catástrofe, como un terremoto? ¿Viene el sufrimiento personal junto con una clara explicación de Dios?Si no es así, debo preguntarme si los dolores que la mayoría de nosotros sentimos son castigos de Dios.

Sinceramente, creo que a menos que el Señor especialmente revele lo contrario, mejor, deberíamos ver otros ejemplos bíblicos de personas que sufrieron. Y La Biblia contiene algunas historias de gente que sufrió, pero, que definitivamente no estaban siendo castigados por Dios. Una vez más, Job es el mejor ejemplo. Él también cuestionó cuán justo era Dios porque sabía que Dios lo consideraba “… un hombre recto e intachable, que me honra y vive apartado del mal” (1:8). ¿Por qué, entonces, tiene Job que soportar tales pruebas?

Sus insistían en que el problema era Job, no Dios. Después de todo, pensaron, Él es justo y no comete errores. Job, a pesar de proclamar su inocencia, debió haber hecho algo para merecer su dolor. Miles de años pasaron, pero seguimos cayendo en las mismas explicaciones de sufrimiento que dieron los amigos de Job. Olvidamos que aquellas explicaciones fueron descartadas por Dios al final del libro. Él insistió en que Job no había hecho nada para merecer su dolor y que este no era un castigo por su comportamiento.

Jesús aclaró lo mismo en dos lugares distintos del Nuevo Testamento: Juan 9:1-5 y  Lucas 13:1-5. Aquí tampoco habían hecho algo para merecer su sufrimiento.

He llegado a la conclusión de que la mayoría de los cristianos que hoy sufren no están siendo castigados por Dios. En cambio,su sufrimiento encaja en el patrón de un dolor inesperado e inexplicable. Hay excepciones, por supuesto.

Pero para la mayoría de nosotros, generalmente no hay una explicación del dolor en La Biblia.Para ciertas preguntas, La Biblia no da respuestas claras. Vivimos en un mundo imperfecto que incluye fuerza sopuestas al diseño original de Dios y no todo sucede del modo que desearíamos. En todo caso, el libro de Job demuestra que la respuesta está más allá del entendimiento humano. Comprender por qué todo en este mundo funciona de la manera en que lo hace es como pedirle a una almeja que comprenda a Einstein.

Constantemente, La Biblia desvía el problema a la falta de una respuesta. “¿Dios es justo?”, nos preguntamos en medio del dolor. “Tengo el control, independientemente de cómo se vea”, es la única respuesta de Dios. Y luego Él tiene una pregunta para nosotros: “¿Confías en mí?”.

¿Le importa a Dios el dolor?

La última gran pregunta que surge del dolor es ligeramente diferente. Las otras preguntas son más abstractas y filosóficas;esta es personal.

El gran autor cristiano C. S. Lewis escribió un clásico libro sobre el dolor, El problema del dolor, en el que convincentemente responde muchas de las dudas que surgen cuando los cristianos sufren. Cientos de miles de personas han encontrado consuelo en el libro de Lewis. Sin embargo, años después de haberlo escrito, su esposa contrajo cáncer. La vio marchitarse en una cama y luego la vio morir.

Después de su muerte, Lewis escribió otro libro sobre el dolor, mucho más personal y emotivo. Una pena en observación, incluye este pasaje: “Y, entretanto, ¿dónde se ha metido Dios? Este es uno de los síntomas más inquietantes. Cuando eres feliz, tan feliz que no tienes la sensación de necesitar a Dios para nada, tan feliz que te ves tentado a recibir sus llamadas sobre ti como una interrupción, si acaso recapacitas y te vuelves a Él con gratitud y reconocimiento,entonces te recibirá con los brazos abiertos, o al menos así es como uno lo vive. Pero ve hacia Él cuando tu necesidad es urgente, cuando cualquier otra ayuda ha resultado vana, ¿y, con qué te encuentras? Con una puerta que te cierran en las narices,con un ruido de cerrojos de doble vuelta en el interior. Y después de esto, el silencio. Más vale no insistir, dejarlo”.Aunque C. S. Lewis no cuestionó la existencia de Dios, sí cuestionó su amor.

No puedo generalizar sobre cómo una persona va a experimentarla cercanía o la lejanía de Dios. Pero hay dos expresiones de su preocupación que se aplican a todos nosotros, en cualquier situación. Una es la respuesta de Jesús ante el dolor. La otra incluye a todos lo que se hacen llamar “cristianos”.

En Jesús tenemos el hecho histórico de cómo Dios respondió al dolor en la Tierra, y cualquiera que dude de su amor debería echarle un vistazo a Jesús, que muestra el costado más cercano y personal de la respuesta de Dios al sufrimiento humano.

Primero está el asombroso hecho de que Dios mismo tomó para sí el dolor. El mismo Dios que ante Job alardeaba sobre la creación del mundo optó por someterse a ese mundo y a todas sus leyes naturales, incluyendo el dolor.

“Porque tanto amó Dios al mundo”, dice el versículo más conocido de La Biblia, “que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna” (Juan 3:16). El hecho de que Jesús vino, sufrió y murió no acaba con el dolor en nuestra vida. Tampoco garantiza que siempre nos sentiremos consolados.Sin embargo, nos muestra que Dios no se sienta con los brazos cruzados y nos mira sufrir. Dios se unió a nosotros, y en la vida de Jesús en la Tierra soportó mucho más dolor del que nosotros vamos a soportar.

¿Cómo se siente Él con respecto al dolor? Mira a Jesús. Su respuesta ante personas dolidas fue tristeza y pena. Cuando su amigo murió, Él lloró. Y luego extendió su mano llena de poder sobrenatural y sanó a los sufridos. Dudo de que los discípulos de Jesús se hayan atormentado con preguntas tales como: “¿Le importa a Dios el dolor?”, porque tenían pruebas visibles dela preocupación de Dios todos los días. Simplemente, veían el rostro de Jesús y lo observaban mientras llevaba a cabo la misión de Dios en la Tierra.

Aun así, Jesús no se quedó aquí.¿Qué de nosotros? ¿Cómo podemos sentir el amor de Dios?Tenemos al Espíritu Santo, por supuesto, un signo claro de la presencia de Dios en nosotros. Y tenemos la promesa de un futuro en el que el Padre reparará al mundo y nos verá cara a cara. Pero, ¿y qué de hoy en día? ¿Qué puede convencernos física y visiblemente del amor de Dios en la Tierra?Allí es donde la Iglesia entra en escena, la comunidad a la que pertenece cada persona en la Tierra que realmente sigue a Dios.

La Biblia utiliza la frase “el cuerpo de Cristo” para expresar nuestra nueva identidad en la Tierra. Somos llamados a representar la apariencia de Dios, especialmente a aquellos en dolor.El apóstol Pablo debió haber tenido eso en mente cuando escribió estas palabras:“… Dios […] nos consuela en todas nuestras tribulaciones para que con el mismo consuelo que de Dios hemos recibido, también nosotros podamos consolar a todos los que sufren. Pues así como participamos abundantemente en los sufrimientos de Cristo, así también por medio de él tenemos abundante consuelo” (2 Corintios 1:3-5).

Solo hay una buena forma de entender cómo el Cuerpo de Cristo puede ministrar a una persona en sufrimiento y es viéndolo en acción. Lo he visto y te daré un ejemplo al contarte sobre Martha.

Martha era una atractiva mujer de 26 años cuando me contó por primera vez de su enfermedad. Al mes estaba en una silla de ruedas. La despidieron de su trabajo en una biblioteca universitaria.Un mes más tarde, Martha había perdido el uso de su brazo derecho. Pronto, el uso de ambos brazos, y apenas podía mover los controles de una nueva silla de ruedas eléctrica.

Comencé a visitar a Martha en un hospital de rehabilitación.La llevaba de paseo en su silla de ruedas y en mi auto. Aprendí sobre la indignación de su sufrimiento. Necesitaba ayuda con cada movimiento: vestirse, acomodar su cabeza sobre la almohada, limpiar su orina de la cama. Cuando lloraba, alguien más teníaque secarle las lágrimas y sostener un pañuelo en su nariz.

Hablamos sobre la muerte y, breve mente, sobre la fe cristiana.No tengo inconveniente en confesar que las grandes esperanzas cristianas sobre la vida eterna, la sanidad definitiva y la resurrección parecían tan huecas y frágiles como el humo cuando se trataba de alguien como Martha. Ella no quería alas angelicales, sino un brazo que no cayera muerto sobre su costado,una boca que no babeara y pulmones que se no agotaran demasiado.

Ella pensaba en Dios, por supuesto, pero difícilmente podía pensar en un Dios de amor. Se negaba a convertirse a Él en su lecho de muerte, insistiendo en que, como ella decía, solo se volvería a Dios por amor y no por temor. Y ¿cómo podía amar a un Dios que la dejaba sufrir así?

Cerca de octubre quedó claro que la esclerosis lateral amiotrófica(o ELA) completaría rápidamente en Martha su terrible ciclo. Tenía grandes dificultades para respirar. Debido al suministro reducido de oxígeno a su cerebro solía quedarse dormida en medio de una conversación. A veces, durante la noche despertaba en pánico, con una sensación de asfixia, incapaz de pedir ayuda.

Martha desesperada mente quería estar al menos dos semanas fuera del hospital, en su propio apartamento, como para invitar a sus amigos, uno por uno, con el fin de despedirse y enfrentar la muerte en buenos términos. Pero dos semanas en su apartamento implicaban un problema. ¿Cómo podía recibir la atención constante que necesitaba? La ayuda estatal solo se encontraba en el hospital, no en la casa; necesitaba un intenso cuidado solo para mantenerse con vida.

Solo un grupo ofrecía el cuidado gratuito y cálida mente personal que Martha necesitaba: La Asociación Reba Place de Evanston. Aquella comunidad cristiana aceptó el caso de Martha y ofreció todo lo necesario para hacer realidad sus últimos deseos. Dieciséis mujeres re acomodaron sus vidas por ella. Se dividieron en equipos de trabajo, intercambiaron tareas de cuidado de sus propios hijos y se mudaron con Martha. Estuvieron junto a ella, escucharon sus rabias y sus quejas, la bañaron, la ayudaron a sentarse, la desplazaron por la casa, se quedaron junto a ella toda la noche, oraron por ella y la amaron. Para Martha,ellas se convirtieron en el Cuerpo de Cristo.

Estas mujeres también le hablaron a Martha sobre la esperanza cristiana. Finalmente, Martha, viendo al amor de Dios hecho carne en su Cuerpo, la gente alrededor de ella,(a pesar de que para ella Dios parecía indiferente, incluso cruel)llegó a ese Dios y se presentó confiadamente ante aquel que había muerto por ella. No llegó a Él por temor; en las mujeres de la Asociación Reba Place finalmente encontró el amor de Dios. En un muy emotivo servicio en Evanston, casi sin fuerzas dio su testimonio y fue bautizada.

Cierto día, Martha murió. Su cuerpo, arrugado, deformado, atrofiado, era una imitación patética de su anterior cuerpo. Cuando finalmente terminó de funcionar,Martha lo dejó. Los cristianos creemos que hoy Martha vive en un nuevo cuerpo, en integridad y en triunfo. Ella vive por la victoria que Cristo ganó y por su Cuerpo, la Iglesia, que le mostró a Martha esa victoria. Ella conoció a Dios a través de su sufrimiento, porque fue durante ese tiempo que aprendió quién es Dios realmente, gracias al amor y la compasión de los cristianos a su alrededor. Y sus dudas sobre Dios gradualmente se desvanecieron.

Por Philip Yancey
Tomado del libro:Los sonidos de la fe
Peniel

Los Sonidos De La Fe

Se el primero en comentar

Deja Tu Comentario

Tu dirección de correo no será publicada.


*