Golpeados por la desilusión

En esos momentos en que miramos al cielo en busca de respuestas

Cuando el milagro que esperábamos no llegó, y nuestra alma no hace más que encontrar salidas a nuestro dolor.

Por Philip Yancey

Cuando Carlomagno, rey de los francos, oyó pro primera vez el relato del arresto y la ejecución de Jesús, explotó de rabia. Asiendo su espada y moviéndola dentro de la vaina, gritó: “¡Ah, si yo hubiera estado allí! ¡Los habría matado a todos con mis legiones!”. La sencilla lealtad de guerrero que sintió Carlomagno nos hace sonreír, o la de Simón Pedro, que llegó a sacar una espada para defender a Jesús. Sin embargo, detrás de su enojo se halla un interrogante realmente tenebroso. Al fin y al cabo, Carlomagno no estaba presente en el huerto de Getsemaní, de modo que no habría podido ayudar a Jesús. En cambio, Dios Padre, que sí habría podido ayudarlo, no movió un dedo a favor de su Hijo condenado a morir.

¿Por qué Dios no hizo nada? Todo el que piense en la desilusión con Dios tiene que detenerse en Getsemaní, en el palacio de Pilato y en el Calvario, las escenas del arresto, el juicio y la ejecución de Jesús. La razón es que Él mismo atravesó en esos tres lugares por un estado de ánimo muy similar a la desilusión con Dios.

Aquella dolorosa experiencia comenzó cuando Jesús oraba en medio de un fresco y tranquilo olivar, mientras tres de sus discípulos lo esperaban afuera, cargados de sueño. Dentro del huerto, todo parecía apacible, pero fuera, las mismas fuerzas del infierno se habían desatado. Un discípulo se había convertido en traidor, Satanás andaba a la caza y una gran multitud con espadas y palos se dirigía hacia Getsemaní.

“Mi alma está muy triste, hasta la muerte”, les dijo Jesús a sus tres discípulos. Aunque afirmó tener autoridad para hacer que un ejército de ángeles se lanzara a su defensa, no lo hizo. Había venido a vivir en un mundo de carne y hueso, y también moriría según las leyes de ese mundo. Hubo un momento en el que cayó rostro en tierra y oró para que se le presentara una forma de escapar de todo aquello; la que fuese. Su sudor cayó al suelo en grandes gotas sanguinolentas.

Sin embargo, Dios permaneció callado.

En el palacio de Pilato, siguió controlándose. Dios, en Jesús, tenía las manos realmente atadas esta vez. “¡Profetiza!”, le gritaban algunos, retándolo en sus burlas a realizar un milagro. “¿Quién te pegó?”. El Hijo de Dios no opuso resistencia mientras ellos le golpeaban la cara con el puño cerrado y sus salivazos le corrían por la barba.

La escena siguiente, que tiene lugar en el Calvario, ha sido imaginada para nosotros tantas veces en las representaciones de la pasión, los sermones y los cuadros, que nos sentimos torpes y prácticamente incapaces de imaginarla por nosotros mismos. Comience por recordar el momento de mayor desilusión que haya tenido jamás. Usted lo arriesgó todo por algo que parecía estar dentro del poder divino: quizá la curación de un cáncer, el nacimiento de un niño sano, o la ayuda de Dios para enderezar un matrimonio que se estaba deshaciendo. No obstante, todo terminó saliendo mal. El cáncer fue mortal a pesar de sus oraciones; el niño nació con una lesión cerebral; le llegaron los documentos del divorcio por correo. Piense en el Calvario como uno de esos momentos. Piense en esos momentos como “momentos sin milagro”.

En aquellos días, todos deseaban ver milagros: Pilato y Herodes, que habían oído los sensacionales rumores; las mujeres, que habían seguido a Jesús todo el tiempo desde Galilea; los discípulos, que se refugiaban en las sombras. Un ladrón le pidió un milagro en su agonía, el otro se burló de él, y los espectadores se dedicaron a decir: “Descienda ahora de la cruz, y creeremos en él. Confío en Dios; líbrele ahora si le quiere”.

Sin embargo, no hubo rescate ni milagro. Solo hubo silencio. Charles Williams contempla esta escena y dice: “El reproche que le lanzaron a Cristo en el momento de su impotencia más espectacular fue: ‘A otros salvó, a sí mismo no puede salvarse’. Esta es una definición tan precisa como cualquiera de las que se hallan en las obras de los eruditos medievales”.

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”, exclamó por fin Jesús. Estaba citando un Salmo, lanzando el grito definitivo de la desilusión. El Padre le había vuelto la espalda, o así parecía con toda seguridad, dejando que la historia siguiera su curso y permitiendo que todo lo perverso del mundo triunfara sobre todo lo que es justo. La naturaleza misma se convulsionó: la tierra tembló como en un terremoto; las tumbas se resquebrajaron y se abrieron. El sistema solar se estremeció con un escalofrío: el Sol se escondió y el cielo se cubrió de tinieblas.

La mañana del domingo

Dos días más tarde llegó la resurrección, con un sonido semejante al terremoto y un destello como el relámpago. ¿No habría debido todo esto reivindicar a Dios y resolver el problema de la desilusión de una vez por todas?

¡Qué oportunidad tan desperdiciada! Habría bastado con que el Cristo resucitado hubiera aparecido de nuevo en el portal de Pilato para lanzar una ráfaga abrasadora contra sus enemigos. ¡Eso los habría puesto en su lugar! En cambio, la docena de veces que apareció después de la resurrección muestra un esquema muy claro: Cristo solo se les presentó a personas que ya creían en Él. Que sepamos, ni un solo incrédulo vio a Jesús después de su muerte.

Pensemos en dos hombres que habrían podido ver al Cristo resucitado de haber esperado lo suficiente. Aquellos bastos guardas romanos estaban de pie junto a la tumba cuando tuvo lugar el Milagro de milagros. Temblaron y se quedaron como muertos. Después manifestando un incurable reflejo humano, acudieron corriendo a las autoridades; aquella misma tarde, esos dos hombres, los únicos testigos presenciales del gran acontecimiento de la resurrección, aceptaron encubrir lo sucedido. Una pila de monedas nuevas de plata les pareció mucho más importante que la resurrección del Hijo de Dios. Así fue como los dos testigos oculares de aquel gran día, los hombres olvidados de la Pascua, murieron incrédulos aún a todas luces.

Hoy en día, los calendarios de todo el mundo señalan los sucesos principales en la vida de Jesús: Navidad, Viernes santo y Pascua de Resurrección. Sin embargo, de los tres, solo el del medio, la Crucifixión, tuvo lugar en público, para que todo el mundo lo viera. En el momento en que Dios pareció quedar totalmente indefenso, las cámaras de la historia estaban rodeando, grabándolo todo. Una gran multitud observó todos los penosos detalles de aquellos instantes. Y cuando cuatro hombres escribieron sus relatos acerca de la vida de Jesús, todos ellos le dedicaron la tercera parte de sus evangelios a ese momento de aparente fracaso.

El espectáculo de la cruz, el acontecimiento más público de la vida de Jesús, revela la vasta diferencia que existe entre un Dios que se manifiesta solo por medio del poder y un Dios que se manifiesta sobre todo por medio del amor. Los dioses romanos, por ejemplo, exigían una adoración obligatoria: durante la época de Jesús hubo varios judíos que fueron asesinados por no arrodillarse ante el César. En cambio, Jesucristo nunca obligó a nadie a creer en Él. Prefería actuar por medio de la atracción, sacando a los humanos de sí mismos para atraerlos hacia Él.

Aunque parezca paradójico, esta escena de debilidad inspiró una nueva esperanza. “Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?”, es la conclusión a la que llegó el apóstol pablo, apoyando su fe en el amor sin límites de un Dios “que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros”. El amor alcanza su máximo valor persuasivo cuando significa sacrificio, y los evangelios señalan con toda claridad que Jesús vino para morir. Dicho con sus propias palabras: “Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos”. De alguna forma, la posibilidad de una felicidad eterna exigía este tiempo de silencio y profunda desilusión.

¿Sería demasiado decir que, gracias a Jesús, Dios comprende nuestros sentimientos de desilusión con Él? ¿De qué otra manera podríamos interpretar las lágrimas de Jesús y su grito desde la cruz? Casi podrían incluirse los tres interrogantes de este libro dentro de aquel terrible grito: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”. El Hijo de Dios “aprendió la obediencia” con sus sufrimientos, dice Hebreos. Una persona solo puede aprender la obediencia cuando se siente tentada a desobedecer; solo puede aprender la valentía cuando se siente tentada a salir huyendo.

¿Por qué Jesús no blandió una espada en Getsemaní ni llamó a sus legiones de ángeles? ¿por qué no aceptó el reto de Satanás para que deslumbrada al mundo? Por esta razón: si lo hubiera hecho, habría fracasado en su misión más importante, que era convertirse en uno de nosotros; vivir y morir como uno de nosotros. Esa era la única forma en que Dios podía obrar “dentro de las reglas” que Él mismo había establecido en el momento de la creación.

A lo largo de toda La Biblia, en especial en los libros de los profetas, vemos a Dios debatirse en un conflicto interno. Por una parte, amaba apasionadamente a las personas que había creado; por otra, sentía el terrible impulso de destruir al mal que la esclavizaba. En la cruz, Dios resolvió ese conflicto interno, porque en ella su Hijo absorbió la fuerza destructiva para transformarla en amor.

Por Philip Yancey
Tomado del libro:Desilusión con Dios
Vida

Desilusion con Dios (Ed. Bolsillo)

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