Controla tu ira

El control es tu responsabilidad

La ira causa estragos en la vida y relaciones de muchas personas. ¿Cómo podemos llegar a controlarla?

Por Neil T. Anderson

A muchos cristianos se nos ha enseñado siempre que todas las formas de ira son malas. Pero no es así. Efesios 4:26 dice: Si se enojan, no pequen”. Tal vez el apóstol haya citado el Salmo 4:4. En otras palabras, tal vez tengamos una reacción inicial de ira con respecto a algo que percibimos como incorrecto, pero no tenemos que comportarnos de manera pecaminosa. Recuerda que no tenemos control sobre nuestro sistema nervioso autónomo, pero sí podemos controlar a voluntad todo lo que pensamos y hacemos.

Caín reaccionó con ira cuando Dios lo rechazó a él y al sacrificio sacado de sus siembras, al mismo tiempo que aceptaba a su hermano Abel y el animal que le había sacrificado. Vale la pena que le echemos un vistazo a este primer incidente bíblico de ira. “Y se ensañó Caín en gran manera, y decayó su semblante. Entonces Jehová dijo a Caín: ¿Por qué te has ensañado, y por qué ha decaído tu semblante? Si bien hicieres, ¿no serás enaltecido? y si no hicieres bien, el pecado está a la puerta; con todo esto, a ti será su deseo, y tú te enseñorearás de él”(Génesis 4:5-7).

O bien Caín nunca comprendió las indicaciones de Dios en cuanto a la forma correcta de adorarle, o las desobedeció porque quiso. El rechazo de Dios que pudo percibir lo hizo airarse. El Dr. Gary Chapman describe de qué manera es muy posible que el cuerpo de Caín respondiera a su airada evaluación de la situación: “El cuerpo participa en la ira. Su sistema nervioso “hace que fluya la adrenalina”. Según el nivel de ira, desde el punto de vista físico pueden suceder algunas o todas estas cosas. Las glándulas suprarrenales liberan dos hormonas: la epinefrina (o adrenalina) y la norepinafrina (o noradrenalina). Estas dos sustancias químicas parecen ser las que le dan a la persona el estado de alerta, la tensión, la agitación y el calor de la ira. ‘Estás hormonas a su vez estimulan la producción ed cambios en las pulsaciones del corazón, la presión de la sangre, el funcionamiento de los pulmones y la actividad del tubo digestivo. Estos cambios se unen a los sentimientos generales de alerta que tiene la persona cuando está enojada’. Estos cambios fisiológicos son los que le dan a la persona la sensación de que la domina la ira, y le es imposible controlarla”.

Caín se sentía airado como reacción a lo que consideraba un rechazo. Aunque no estaba en buena relación con Dios, todavía tenía la posibilidad de enderezar las cosas. Su ira no había alcanzado el punto de pecado. Observe la advertencia que le hace Dios: “Si bien hicieres, ¿no serás enaltecido? y si no hicieres bien, el pecado está a la puerta; con todo esto, a ti será su deseo, y tú te enseñorearás de él”. El hecho de que el pecado estuviera a la puerta y todavía no hubiera entrado indica que Caín se hallaba en grave peligro de pecar, pero que todavía no se había excedido de sus límites.

Sí se puede

Las intensas reacciones fisiológicas que producen nuestras glándulas suprarrenales pueden engañarnos hasta el punto de llegar a pensar que la ira se nos ha ido de las manos, y que tenemos que ceder ante ella. Sin embargo, esto no es cierto. Cuando nos hallamos abrumados emocionalmente, le pecado se halla agazapado junto a nuestra puerta, y su deseo es llegar a nosotros. Pero lo debemos dominar, y hacerlo es responsabilidad nuestra según nos dice Dios mismo. Si no lo hacemos, las cosas nos irán mucho peor, no solo a nosotros, sino también a los que nos rodean.

Es una excusa decir: “Así soy yo”, o “En mi familia todos somos temperamentales”. Es pecaminoso hacerle un guiño a la ira y declarar con orgullo que forma parte de nuestra herencia étnica. Si acudimos a Dios y escogemos la verdad, podremos controlar la ira volátil. Entonces, ¿cuándo se convierte en pecado la emoción de la ira? Cuando, tal como Dios le advirtió a Caín, no actuamos bien. Caín tuvo la posibilidad de ofrecer un sacrificio que Dios habría aceptado. De haberlo hecho, habría desaparecido su ira, y con ella, sus efectos físicos (habría alzado el semblante).

Cuando la emoción de la ira se convierte en furia o rabia (thumos), o en una hostilidad carnal (orge), se ha convertido en pecado. Se ha convertido en una fuerza dominante que hará que nos comportemos mal. En el caso de Caín, tuvo por resultado el que asesinara a su hermano, acto que estableció una relación entre él y el maligno (1 Juan 3:11-12). Este asesinato fue el resultado final de la ira desenfrenada de Caín. En realidad, ya había asesinado a Abel en su corazón antes de llevar a cabo esa obra con sus manos. En Mateo 5:21-22, Jesús nos enseña que donde tenemos que ganar la batalla es en nuestro corazón.

Pensar en lo correcto

Para mantener bajo control las emociones, tenemos que asumir la responsabilidad de nuestros pensamientos. Si en ellos hay ira es porque hemos procesado en la mente los datos que los sentidos físicos han recogido. Estamos capacitados para escoger lo que vamos a hacer con esa información, y si escogemos la verdad, podremos manejar nuestra respuesta emocional airada. Muchas veces, cuando vemos a otra persona dominada por sus emociones, nos entran ganas de agarrarla y decirle: “Piensa. Pon eso en su perspectiva correcta. Contrólate”. Y la única manera de mantener el control es pensar como es correcto.

La ira que lleva a hacer cosas incorrectas es pecaminosa y destructiva; la que nos motiva a hacer obras justas es buena. Es constructiva. Es el cumplimiento de Romanos 12:21: No te dejes vencer por el mal; al contrario, vence el mal con el bien”. En cambio, permitir que la ira se encone y hierva en nuestro corazón es lo mismo que dejar que se ponga el sol sobre ella, lo cual le da al diablo la oportunidad de realizar su misión de “dividir y vencer”.

Para ganar esta batalla por el dominio de nuestra mente, tenemos que practicar el “pensamiento de umbral”. Tan pronto como un pensamiento aparece a la puerta de nuestra mente, debemos tomarlo cautivo para someterlo a la obediencia de Cristo (2 Corintios 10:5). Si lo que pensamos no está de acuerdo a La Palabra de Dios, necesitamos tomar la decisión de no centrar en eso la mente. Debemos más bien decidirnos a pensar en cosas que son verdaderas, honestas, justas, puras y amables (Filipenses 4:8).

Por Neil T. Anderson
Tomado del libro:Controla tu ira
Unilit

Controla Tu Ira (Ed. Bolsillo)

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