Aprender a dar

Porque una vida generosa agrada al Señor

Así como el Señor nos ha dado en abundancia, debemos dar y así bendecir a otros.

Por Nancy Demoss

La historia para niños titulada El árbol generoso de Shel Silverstein es un cuento maravilloso que ilustra las bendiciones que implica el ser una persona generosa y no una que piensa solo en recibir. El manzano de este cuento le da regalos a un pequeño, manzanas cuando tiene hambre, sombra cuando tiene calor y está cansado, y ramas sobre las cuales puede encaramarse y jugar.

A medida que transcurren los años, el árbol cede todas sus ramas con el fin de satisfacer todas las demandas del niño, el cual ya se está convirtiendo en hombre. Finalmente, lo único que queda del árbol es un tronco con la raíz, que ofrece como silla al hombre adulto cuando regresa a la casa de su infancia. El hombre ha pasado toda su vida tomando de los otros y ahora se encuentra desconsolado y vacío, mientras que el árbol que siempre había sido muy generoso, está satisfecho y feliz.

Las palabras de Ugo Bassi, escritas hace más de dos siglos, nos recuerdan que la persona más rica es la que ha sido más generosa: “Mide tu vida por las pérdidas y no por las ganancias; no por el vino tomado, sino por el vino servido”.

Desafortunadamente, nuestro instinto natural es el de tomar y no el de dar.

La mayoría de nosotros los solteros tenemos menos obligaciones financieras, y por lo tanto, podemos disponer de más ingreso de libre disposición que aquellos que tienen a su cargo hijos dependientes. Este hecho debe reflejarse en nuestra generosidad. Uno de los principios más importantes de La Palabra de Dios es: Cada uno llevará ofrendas, según lo haya bendecido el Señor tu Dios”(Deuteronomio 16:17). Es simple: aquellos de nosotros que hayamos sido bendecidos con más recursos debemos ser más generosos y contribuir con la satisfacción de las necesidades de los otros así como también colaborar con la obra del Reino de Dios.

María de Betania era una mujer soltera que amó profundamente al Señor. La mayor expresión de su amor se produjo cuando ungió los pues de Jesús con un costoso ungüento. Quienes la observaron se indignaron ante este derroche. “¡Qué fanática! ¡Qué desperdicio!”, pensaron. Pero, ¿qué peor desperdicio que derrochar en nosotros mismo esos artículos tan costosos?

Desafortunadamente, cuanto más tenemos, más creemos que necesitamos y más queremos, y así nuestros valores se ven afectados cada vez más por ese materialismo. Hace mucho años tomé la decisión, especialmente si me mantenía soltera, de no poseer nada que realmente no necesitara, a menos que el propósito de dicha posesión me permitiera invertir más efectivamente en la vida de otras personas y en el Reino.

¡Debo confesar que es más fácil decirlo que hacerlo! Es fácil engañarnos y confundir necesidad con deseo, pero no quiero que las cosas materiales manejen mi vida. Como norma, combato mi inclinación natural a la codicia regalando aquellos artículos que en realidad no necesito.

En ocasiones el Señor me impulsa a donar algunos fondos o a regalar alguna posesión que estoy convencida que necesito. Estas son oportunidades maravillosas para probar mi corazón y sentir que está realmente entregado a Jesús como Señor, para caminar en la fe y depender conscientemente de Él para la satisfacción de mis necesidades.

Tal fue la experiencia de Frances Ridley Havergal, escritora de himnos del siglo XIX, la que escribió las palabras de aquel himno de consagración frecuentemente entonado “Que mi vida entera esté”. Una de las coplas dice así: “Toma mi oro y mi plata; ni un céntimo quiero guardar”. Alguna vez Frances escribió lo siguiente a uno de sus amigos: “Toma mi oro y mi plata” significa enviar todos mis ornamentos, incluyendo un cofre de joyas realmente digno de una condesa, a la Sociedad de Iglesias Metodistas… Me quedo tan solo con un broche para uso diario, el cual es un recuerdo de mis queridos padres; también un relicario… No tenía idea de que tenía tales joyas. No creo necesario decirte que nunca empaqué algo con tanto placer”.

Si queremos tener el corazón de Jesús, debemos siempre buscar la oportunidad de dar generosa y espontáneamente. Existen ciertas necesidades en el Cuerpo de Cristo que, como solteros, Dios nos brinda la oportunidad de satisfacer: ayudar a una familia con la educación de sus hijos; fortalecer un matrimonio enviándole un regalo; suministrar fondos para que una familia que trabaja en el ministerio pueda tomar vacaciones un fin de semana; dar apoyo a varios ministerios y misioneros; hospedar a quien lo necesita, etc.

Siendo hijo de un acaudalado hombre de negocios y heredero de la compañía de leche Borden, William Borden pudo haberse conformado con una vida de ocio y conveniencia. En vez de eso, tomó la decisión de poner a la disposición de Cristo y de su Reino todos sus recursos y su vida.

Cuando William se graduó de la universidad en 1904, su padre le envió en un crucero alrededor del mundo. Llegó con el corazón acongojado por las necesidades espirituales de la gente que conoció en el viaje, y se comprometió de ahí en adelante a servir a Cristo como misionero.

Dedicó los años que pasó en Yale a conocer a fondo La Palabra de Dios y a divulgar el Evangelio de Cristo a las personas que se encontraban a su alrededor. Finalmente, le llegó la hora de partir al campo misionero. Con rumbo a China, se detuvo primero en Egipto, donde contrajo meningitis espinal y murió en menos de un mes.

De William Borden dijeron lo mismo que habían dicho del acto de unción de María de Betania: “¡Qué desperdicio!”. Pero el ofrecimiento de la vida de William ha dado como resultado una múltiple cosecha del fruto de la justicia. Innumerables jóvenes, inspirados por su devoción de todo corazón a Cristo, se han ofrecido a tomar su lugar en los campos misioneros del mundo.

El compromiso de William con el Señor redundó en un estilo de vida de entrega absoluta. Cuando su testamento fue legalizado, se descubrió que había dejado toda fu fortuna a la causa de Cristo.

Después de su muerte, las tres frases siguientes fueron encontradas en la primera hoja de su Biblia: “Sin reservas; sin retrocesos; sin remordimientos”.

La entrega es la mayor expresión del verdadero amor. Hay que aprender a dar generosamente “sin reservas”. Hay que aprender a entregar cada vez que Dios nos señala la necesidad de otra persona.

Por Nancy Demoss
Tomado del libro:Escogidos para Él
Portavoz

Escogidos Para El, Edicion Bolsillo

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