Nunca digas nunca

Porque el tiene la última palabra Señor

Jesucristo está listo para entrar en escena y declarar sobre tu vida ese milagro que esperas.

Por Mark Batterson

En mi último año de secundaria mi entrenador de básquet vio que yo entrecerraba los ojos al mirar la línea de tiro libro. Sugirió que fuese a ver a un oftalmólogo. Sinceramente, creía que mi visión era normal pero el oftalmólogo me dijo que mi visión era 20/40. Veía a los seis metro las cosas que la gente con visión normal podía ver a los doce metros, por lo cual hay una explicación de por qué yo lanzaba el balón como lo hacía, y tenía bajo rendimiento.

Puedes funcionar bastante bien con una visión de 20/40, obtener tu licencia de conducir, leer y reconocer rostros. Pero te falta nitidez. Lo que esté lejos es como un borrón.

Jamás olvidaré el viaje en auto a casa después de haberme probado los primeros lentes de contacto. Casi no puedo expresarlo con palabras. Era un viaje de cinco minutos y lo habíamos hecho mil veces. Sin embargo, ¡era como si estuviera viendo el mundo por primera vez! Recuerdo haber visto unas flores color rosa y púrpura, tan vívidas, tan coloridas, tan hermosas que casi no podía creerlo.

Finalmente pude ver lo que siempre había estado ahí.

El hombre que había nacido ciego tuvo que haberse visto abrumado por las imágenes que le llegaban de un lado y otro. Pero las veía como lo que eran: milagros. Tus ojos son la lámpara de tu cuerpo. Si tu visión es clara, todo tu ser disfrutará de la luz; pero si está nublada, todo tu ser estará en la oscuridad”(Lucas 11:34).

No vemos el mundo como es. Lo vemos como somos nosotros. No puedo leer este versículo sin recordar a mi entrenador de básquet de las ligas menores, cuando dijo: “¡Buen ojo! ¡Buen ojo!”. En el contexto del béisbol eso significa que no le pegues a las bolas mal lanzadas. En el contexto bíblico dignifica ver las cosas desde el punto de vista de Dios. Cuando ves la vida con tu buen ojo descubres ¡que hay mucho más que lo que el ojo puede ver!

La única diferencia entre ver los milagros y no verlos está en qué ojo usas para mirar. Los rabíes judíos hacían una distinción entre el buen ojo y el mal ojo. Las dos cosas tenían que ver con la actitud de la persona hacia los demás. El mal ojo hacía referencia a la capacidad de ver y aprovechar cada oportunidad de ser de bendición para los demás.

Recupera tu visión

¿Sabías que los bebés nacen legalmente ciegos? Al nacer su visión es de solo 20/200 y no pueden enfocar la vista en nada que esté a más de unos treinta centímetros. Por eso el tacto es tan importante en las primeras etapas de la vida del bebé. Es la forma en que interpretan el mundo. Pero a los ocho meses su agudeza visual, la percepción del color y la profundidad podrían rivalizar con la capacidad de ver de cualquier adulto que tuvieran delante, haciendo muecas tontas.

En esta etapa del desarrollo, las ventanas de oportunidades se abren y se cierran, funcionando casi como la maquinaria perfecta de un reloj. Por ejemplo, la visión se desarrolla principalmente entre el nacimiento y los dieciocho meses, y la sinaptogénesis en la corteza visual llega a su punto máximo más o menos a los tres meses. Allí, el milagro se hace fascinante. Si le taparas un ojo a un recién nacido y se lo dejaras tapado durante los primeros años de su vida, el bebé sería ciego de ese ojo para siempre, incluso si no hubiera deformidad física o defecto genético. Y por una razón sencilla: no se formarían sinapsis entre la corteza visual y el nervio óptico.

Volamos al hombre nacido ciego.

Los oftalmólogos diagnosticarían que su condición era irreversible. La ventana natural de la oportunidad se había cerrado. Entonces es el momento en que Dios obra uno de sus más grandes milagros. Los años fértiles de Sara ya habían pasado hacía muchas lunas antes de que naciera Isaac, pero eso no impidió que Dios abriera una ventana sobrenatural de oportunidad para cumplir su promesa. Ese milagro posmenopáusico tiene su contracara en el nacimiento virgen. Antes de que se abriera la ventana natural de la oportunidad para María, el Espíritu de Dios concibió al Hijo de Dios.

¿Alguna vez sientes que has perdido tu ventana de la oportunidad?

Quizá ya no lleves más la cuenta de la cantidad de especialistas que has visto o de los tratamientos a los que te sometiste. Si tu último matrimonio terminó en divorcio, quizá no sientas que puedes amar a alguien de nuevo, y ni hablar de confiar en una persona. Tal vez, un estigma social te apartó de los amigos y la familia. O te sientes sexualmente tan en medio de un desastre que ni siquiera sabes bien cómo es la sexualidad sana, ni cómo se siente.

No son teorías ni hipótesis. Son las personas a las que Jesús sanó: la mujer con hemorragias, la mujer junto al pozo, el cobrador de impuestos, el leproso y la mujer atrapado en el acto de adulterio.

No conozco tus circunstancias personales y específicas. Pero sé que Dios puede crear un nuevo circuito sináptico o reparar uno existente. Él es el Dios de las segundas oportunidades, de las terceras, las cuartas y las milésimas.

Nunca es poco. Nunca es demasiado tarde. Cuando Jesús se involucra, ¡nunca digas nunca!

Por Mark Batterson
Tomado del libro:El ladrón de tumbas
Unilit

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