“No estamos satisfechos”

Porque Dios tiene mucho más

Dejemos atrás lo pasado y abramos nuestro brazos para recibir lo que viene.

Por Bill Johnson                   

El aire está preñado de posibilidades, ¿puede sentirlo? El cielo en sí mismo tiene muchas ganas de invadir al reino natural. La oscu­ridad puede cubrir la Tierra, pero la gloria de Dios sobre su pueblo se hace cada vez más real, trayendo esperanza a las situaciones más desesperadas.

Dios abre el tesoro de la verdad y lo derrama sobre la humanidad en maneras notables. La oración del apóstol Pablo es contestada ante nosotros: No he dejado de dar gracias por ustedes al recordarlos en mis oraciones. Pido que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre glorioso, les dé el Espíritu de sabiduría y de revelación, para que lo conozcan mejor (Efesios 1:16-17). Como dolores de parto que señalan el tiempo del nacimiento, las cosas están siendo liberadas por el conocimiento de la revelación que ha sido preservada por años para esta hora en particular. En otros términos, este aumento exponencial de sabiduría y revelación es precipitado hoy por Dios, que lo libera en nuestro tiempo y en la historia. No hablo de nuevos libros de La Biblia u otras escrituras sagradas. Hablo del Espíritu Santo que revela Las mismas Escrituras que tenemos en nuestras manos.

¿Y qué de ese día en el cual Dios se revelará? Es un día de encuentros divinos, al menos para aquellos que perseguirán lo que esta revelación pone a su disposición. El espíritu de sabiduría y revelación no se nos da para hacernos más inteligentes, sino para hacernos más conscientes de la realidad invisible. El propósito de la unción de este espíritu es darnos la sabiduría y la revelación en el conocimiento de Él. Esto opera no simplemente para aumentar nuestro entendimiento acerca de los principios del reino, sino también para revelarnos al Rey mis­mo. Su presencia siempre está por encima de los principios. Cuando hallamos su presencia divina, la transformación que ocurre va más allá del alcance de las ideas simplemente buenas; esto es, la transforma­ción que primero ocurre dentro de nosotros para que podamos impactar y causar la transformación alrededor nuestro.

El corazón que busca a Dios nace en nosotros por Dios mismo. Como todos los deseos, no es algo que puede ser impuesto ni forzado, pero crece dentro de nosotros cuando somos expuestos a la naturaleza divina. Dios crea en nosotros un hambre de Él colmándonos con lo real de su bondad: su gloria irresistible. El amor de Dios por la humanidad va más allá de la comprensión y de la imaginación. Él está por nosotros,

no contra nosotros. Dios es cien por ciento bueno todo el tiempo.

Esta realidad arde profundamente en el corazón de todos aquellos que simplemente se toman el tiempo para contemplar a Dios. Pablo describe este lugar de recogimiento como el centro absoluto del nuevo pacto que nos ha sido dado, un lugar en que todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados a su semejanza con más y más gloria por la acción del Señor, que es el Espíritu (2 Corintios 3:18). El impulso que dirige la vida del creyente no es la necesidad de trabajar para Dios, sino estar en contacto con Él.

Sólo cuando captamos el rostro de Aquel a cuya imagen fuimos hechos, llegamos a saber realmente quiénes somos y para quién fuimos hechos. Y debido a lo que Él es, es imposible contemplarlo y ser iguales. Cuando Él nos llena de su presencia, nos lleva en una misión continua, por aquel que nos anhela. Esta misión es simplemente llevarnos cada vez más cerca de Él para verlo en su plenitud. Y la verdad es que el grado en el que percibimos o vemos la cara de Dios es directamente proporcional al de nuestra rendición al trabajo transformador del Espíritu Santo.

La pregunta para cada creyente es si estamos satisfechos con solo una transformación parcial o si seremos cautivados por lo que Él es de manera que le permitamos que haga morir en nosotros todo lo que impida que Cristo sea reflejado en nuestra vida.

Esta búsqueda de su rostro es definitiva. Pero para abrazar esta búsqueda de Dios, hay que estar dispuesto a morir. Así que, esto no es un viaje para el débil de corazón. Hay mucho camino por recorrer y es demasiado costoso para hacerlo por simple curiosidad.

Por Bill Johnson
Tomado del libro:Cara a cara con Dios
Casa Creación

Cara a Cara con Dios

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