Explosión de alegría

¿Cuál es el significado de ser una iglesia apostólica?

A la luz de La Palabra de Dios, entenderemos si realmente somos una Iglesia apostólica.

Por KrishKandiah

Cuando era pequeño y vivía en el Reino Unido, mi familia y yo contábamos siempre con nuestra vecina, doña Oglive. Era de aquellas amigas de confianza, de las que tienen las llaves del hogar por cualquier eventualidad. Aquella señora parecía estar siempre presente, siempre acogedora a la hora de precisar de ella. Era reconfortante ver a doña Oglive. Era de aquel tipo de tía que todo el mundo desea tener. Curiosamente, era una persona muy problemática. Nunca salía de la casa; sufría de agorafobia (miedo a los espacios abiertos). Viví al lado de ella por cuarenta años, y nunca la vi salir de la casa.

Con todo, Oglive no fue siempre así. Ella tenía en su estante fotos de días más placenteros. Las imágenes mostraban su luna de miel, sus hijos en la playa, paseos y recuerdos preciosos. Pero, después de la muerte de su marido, ella comenzó a aislarse. Cuando era niño me aprovechaba de esa situación: su jardín parecía una selva, y yo ganaba algo de dinero jugando a ser Indiana Jones, armado con un “machete”, cortando matorrales altos para abrir camino en su puerta de entrada. Ahora, de adulto, puedo imaginar la pesada nube de miedo y frustración que tenía nuestra vecina. Frágil y cerca del final de su vida, la cortina de doña Oglivecontinúa cerrada. Es más, de vez en cuando me sigo quedando afuera de mi casa cuando olvido mi llave. Ella, entonces, me pasa su copia y yo me alegro de que aún esté con vida.

Es gracioso: veo paralelos entre aquella mujer y la Iglesia contemporánea. Muchos cristianos observan el mundo a través de una cortina cerrada, criticando la cultura en vez de involucrarse en ella. Muchas iglesias locales están aisladas de su comunidad y del mundo, agrupadas como un círculo de pesimistas, muriendo de miedo frente a una plaza pública que las desafíe con puntos de vista y estilos de vida diferentes. En cuanto a eso, muchos espectadores piensan que la iglesia es como un lugar de escándalos, que pierde un número creciente de miembros y tiene cada vez menos influencia en la sociedad.

Esos desafíos no son exclusivos de los creyentes de hoy. El apóstol Juan nos da una muestra de una iglesia en una situación parecida.  Apenas tres días después de la crucifixión ¾uno de los acontecimientos más importantes de la historia¾, ¿dónde encontramos a aquella iglesia contemporánea de Jesús? ¿En una gran obra misionera, colocando al mundo patas para arriba? No; los discípulos estaban encerrados en una casa, con miedo (Juan 20:19). Acá entre nosotros, ¿quién puede culparlos? Al final de cuentas, los romanos ejecutaron brutalmente a su Maestro y los líderes judíos destruían los restos del ministerio de Jesús. Naturalmente, los discípulos pensaron que esos líderes irían tras ellos de inmediato.

El relato de Juan no termina con los discípulos escondidos por temor, pero vamos a hacer una pausa para centrarnos en la iglesia agorafóbica de su tiempo. ¿Por qué los primeros cristianos debían dejar la seguridad que les daba aquel lugar cerrado? ¿Por qué ellos no podían continuar, alegremente, como una iglesia clandestina, disfrutando de la comunión entre ellos mismos? La antigua iglesia cerrada de Jerusalén reúne varias descripciones sobre la naturaleza de la Iglesia, afirmadas tres siglos más tarde en el Credo de Nicea, donde ella es descrita como “única, santa, católica y apostólica”. Con certeza, la iglesia de Jerusalén era única: unida y sin miedo. Era santa: separada del mundo. Y era católica; por la fe, ella está unida a todos los otros cristianos de la historia. Sin embargo, ¿puede ser llamada apostólica?

Enseñanza de los apóstoles

Creyentes de varias tradiciones confesaron el Credo de Nicea desde el 381 d.C. Pero el adjetivo “apostólica” continúa siendo una cuestión de polémica y discordia. De acuerdo con los cristianos católicos romanos y ortodoxos, la iglesia es así clasificada por causa de la “sucesión apostólica”, esto es, un ministro puede trazar su ordenación a través de una línea de obispos hasta llegar a los apóstoles. Para los evangélicos, la Iglesia es apostólica en la medida en que sus enseñanzas estén de acuerdo con las enseñanzas de los apóstoles. En ese sentido, una iglesia cerrada podría ser llamada apostólica. Sin embargo, estas concepciones reflejan entendimientos limitados de la naturaleza de una iglesia apostólica. El asilamiento inicial de la comunidad cristiana del primer siglo contradice lo que Cristo planeaba para ella.

Al volver al relato de Juan descubrimos que el apostolado es algo más que estar supervisando y observando las doctrinas correctas. Cuando el Cristo resucitado entró al lugar fortificado, los discípulos desesperados fueron transformados en apóstoles audaces. Esa transformación nos ayuda a comprender mejor la naturaleza apostólica de la Iglesia: poder abrir puertas cerradas de nuestras congregaciones.

En la narrativa de Juan, ni la muerte ni las puertas cerradas impidieron que Jesús comisionara a sus seguidores. Después de proclamar la paz y probar que venció a la muerte, el Hijo de Dios habló estas sorprendentes palabras: Como el Padre me envió a mí, así yo los envío a ustedes”(Juan 20:21). Esta escena es la versión de Juan de la Gran Comisión. Ella nos ayuda a entender tanto la naturaleza apostólica de la Iglesia de Cristo como la naturaleza de Dios. Tanto el sustantivo “apostólico” como el adjetivo “apostólico” derivan del verbo griego apostello, que significa “enviar”. El equivalente latino es misio, de donde viene la palabra misión. Por lo tanto, la iglesia apostólica es una iglesia misionaria: ella procura llevar fielmente la misión de Cristo al mundo. Lo verdaderamente apostólico no es simplemente una transmisión de un mensaje; es obediencia a la misión de Dios. Y, si la misión de la Iglesia es ser útil, su liderazgo precisa conformarse por el Evangelio apostólico.

Jesús, no obstante, no envió a los apóstoles para realizar una misión propia; Él conecta la misión de ellos con una propia actividad del Dios trino: el Padre envía a Jesús al mundo y Jesús envía a la Iglesia en el poder del Espíritu Santo. Asimismo, una misión no comienza con la Iglesia, sino con el propósito de Dios. El teólogo alemán JürgenMoltman capturó bien esa idea: “No es la Iglesia que tiene una misión (…) es la misión del Hijo y del Espíritu a través del Padre que incluye a la Iglesia”. El misionero africano David Bosch dice algo similar: “La misión no es, primeramente, una actividad de la Iglesia, sino que es un atributo de Dios. Él es un Dios misionario”. Es por eso que debemos hablar de “misión” y no de “misiones” porque la Iglesia está en la misión singular del Dios trino.

Explosión de alegría

La iglesia cerrada en la primer semana de Pascua puede haber sido ortodoxa en su doctrina y supervisada por el liderazgo correcto. Mas ella no era verdaderamente apostólica porque todavía no había recibido u obedecido su comisión de ir al mundo. El encuentro de Jesús con la iglesia cerrada en el evangelio de Juan abre un dilema teológico: Cristo parece liberar el Espíritu Santo casi cincuenta días antes de la hora. Esa es esencialmente la versión de Juan de Pentecostés, una especie de pre-aprobación profética. Para Juan, el papel del Espíritu es vital para la misión de la Iglesia. En verdad, la Iglesia no tiene el poder de llevar la misión de Dios al mundo sin la presencia y el poder de su Espíritu. Es por eso que Juan incluyó ese detalle de la comisión de la Iglesia.

Al reconocer cómo el Espíritu anima la vida de la Iglesia, los autores del Credo de Nicea colocaron sus tres marcas en la sección que describe la persona y la obra del Espíritu Santo. De acuerdo con el teólogo y misionero británico LesslieNewbigin: “La Iglesia es un lugar donde el Espíritu está presente como testimonio”. Al soplar sobre los discípulos, Jesús demuestra que Él y el Espíritu están intrínsecamente ligados. Tanto la palabra griega como la hebrea para “espíritu” ¾pneumay ruachrespectivamente¾ significan “soplo”, y este pasaje en Juan hace eco de la historia de la creación, donde Dios sopla en puñados de barro para darles vida. También hace eco de Ezequiel 37, donde el profeta es enviado a resucitar a un ejército muerto. Al soplar en sus discípulos, Jesús no les transmitía a ellos un súper poder: Él, resucitado, resucitó la fe de ellos con su Espíritu vivificador. Y, en tanto Cristo de vida a su Iglesia, Dios dará inicio a una nueva creación.

Eso significa que la iglesia cerrada, a pesar de tener su estructura de liderazgo y su teología correcta, no es totalmente apostólica hasta que Dios envíe a su Espíritu y la capacite para realizar su misión. Los discípulos desanimados, decepcionados y derrotados estaban en un estado de shock cuando las multitudes volvieron contra ellos y los transformaron en enemigos del estado de la noche a la mañana.

Es comprensible que su reacción haya sido esconderse. Con todo, el relato de Juan nos cuenta que la prueba de la resurrección de Cristo, la prueba de la autoridad del Padre y el don del Espíritu transformaron los discípulos desanimados y temerosos en misioneros alegres y llenos de coraje. De alguna forma, muchas de nuestras iglesias hablaran de hacer una conexión entre alegría y misión. Como Newbigin observa, hay una larga tradición que ve la misión de la iglesia, primeramente, como la obediencia a una orden. Segundo, esa tradición “tiende a hacer de la misión una carga en lugar de traer alegría, a transformarla en parte de ella en vez de parte del Evangelismo. Pero si miramos a las evidencias del Nuevo Testamento, tenemos otra impresión. La misión comienza con una especie de explosión de alegría”.

La resurrección de Cristo, el don del Espíritu y la dádiva de la autoridad del Padre resultaran una explosión de alegría que impulsará a la Iglesia a su misión.

Cumplir la obligación apostólica no es algo que podamos hacer por nuestra propia cuenta. Es apenas tener un encuentro con el Cristo resucitado y recibir el poder vivificador del Espíritu Santo. Así seremos capaces de ir más allá de las puertas de la iglesia y llevar adelante la misión de Dios. Cuando hacemos esto, somos transformados de iglesia agorafóbica a iglesia apostólica.

Por KrishKandiah
Pastor, profesor de la Universidad de Oxford y director ejecutivo de Iglesias en Misión en el Reino Unido.

 

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