El poder liberador del testimonio

Entrar nuestras vidas con la fe

No podemos olvidarnos de lo que el Señor ha hecho en y con nuestras vidas. Debemos entrenarnos para tener conciencia de sus milagros.

Por Bill Johnson

Los testimonios del Señor son las herramientas que nos equipan para caminar en nuestro propósito de demostrar cómo es Él por medio de lo milagroso. La palabra “testimonio”, cuya raíz es hebrea, significa “hacer otra vez”. Cada registro de lo que Dios hizo en las generaciones pasadas es una promesa de lo que volverá a hacer en nuestras vidas, porque Él es el mismo ayer, hoy y siempre, y no hace acepción de personas.

Cuando declaramos lo que Dios ha hecho se libera poder para hacer que ese testimonio suceda una y otra vez en las vidas de aquellos que lo escuchan. Los testimonios de Dios son lo que conectan a cada generación de creyentes con las promesas que Él pactó.

Estoy asombrado de la capacidad humana de olvidar las cosas más extraordinarias y maravillosas, en particular, los milagros. Sin embargo, esto no suele suceder de la noche a la mañana. Olvidar es una caída en picada que comienza con la tendencia natural de, poco a poco, hablar menos acerca del cáncer que fue sanado instantáneamente, por ejemplo. Otras cosas comienzan a ocupar nuestras mentes. Pero entonces, cuanto menos conservemos el testimonio en nuestra conversación y en nuestra mente, más baja tendremos las expectativas de ver lo milagroso. Y cuanto menos experimentamos lo milagroso, tenemos menos de qué hablar. Hablamos menos, esperamos menos y experimentamos menos hasta que terminamos en el lugar donde conocemos a alguien con cáncer y decimos: “¡Dios!¡Ayuda!”. Nuestra expectativa y nuestra fe son pequeñas, aunque hayamos visto a Dios arreglar ese problema antes. Somos arqueros diestros, pero hemos olvidado ese hecho; y a menos que recordemos lo que Dios ha hecho y nos levantemos en la fe que nos da el testimonio, les daremos la espalda a las oportunidades divinas para la victoria que están frente a nuestras narices. No mantener el testimonio nos hace olvidar quién es Dios y quiénes somos nosotros.

Por eso debemos establecer una cultura del testimonio en nuestras vidas personas, en nuestros hogares y en nuestras iglesias. Debemos hablar sobre ello cuando nos levantamos, cuando comemos, cuando vamos a trabajar y cuando nos vamos a dormir. Debemos construir monumentos conmemorativos que nos recuerden lo que Dios ha hecho y considerarlo regularmente.

Si no me mantengo consciente del Dios que invade lo imposible, les reduciré servicio a mis dones ministeriales. Todos nuestros dones son como velas en un barco. Podemos sentarnos en la costa (la iglesia) y admirar las velas de los demás. Pero, sin viento, no sirven de nada. Nuestros dones están diseñados para atrapar el viento de Dios con el fin de lograr lo que es humanamente imposible. El testimonio mantiene nuestras velas desplegadas.

Mantener el testimonio es una responsabilidad que Dios le dio a cada hombre y mujer de Israel, no solo a sus líderes. El hecho de que cada individuo sea responsable por mantener el testimonio como estilo de vida la define como una de las herramientas principales para usar para nuestro fortalecimiento. No podemos esperar que otros mantengan el testimonio por nosotros.

Además de mantener testimonios en nuestra conversación, también debemos meditar en ellos. La meditación es poderosa porque involucra nuestra imaginación, que puede llevarnos a un nivel de experiencia significativo, y la experiencia es una parte vital de la renovación de la mente.

El escritor del Salmo 66, en los versículos 5-6, dice: “¡Vengan y vean las proezas de Dios! Convirtió el mar en tierra seca, y el pueblo cruzó el río a pie”. Este escritor no pudo haber visto a Dios partir el Mar Rojo y el río Jordán. Pero, por medio de la imaginación inspirada, pudo llegar al nivel de experimentar esos milagros que le permitieron adueñarse de estos eventos como su historia propia.

Si usted es alguien que siente que no ha visto muchos milagros, primero debe recordar que posee cada historia de Dios como si fuera propia. Luego, como son suyos, debería estudiar los testimonios de Las Escrituras y recolectar los testimonios de los santos históricos y de los santos a su alrededor para poder meditar en ellos. Meditar en los testimonios entrena nuestras mentes para pensar desde el Reino de la fe.

David dejó en claro que estudiar los testimonios le permitiría acceder a una revelación de Dios muy poderosa: “Tengo más discernimiento que todos mis maestros, porque tus testimonios son mi meditación” (Salmo 119:99). Y gracias a este nivel de revelación, David se convirtió en el único hombre en el Antiguo Testamento que cumplió el rol de rey y sacerdote. Si los testimonios llevaron a David a ese destino antes de poder experimentar la comunión continua con Dios por medio del Espíritu Santo, ¿cuánto más nos llevarán a nosotros hacia nuestro destino ahora que tenemos el Espíritu de revelación dentro de nosotros? Como reyes y sacerdotes, toda nuestra identidad se basa en los cimientos de nuestra historia familiar en Dios. Si no sabemos de dónde venimos, no sabremos adónde vamos ni cómo llegar allí. Debemos aprender a mantener el testimonio.

Por Bill Johnson
Tomado del libro:Fortalecidos en el Señor
Peniel

Fortalecidos en el Señor

 

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