El dedo puesto en nosotros

Nosotros como fiel reflejo de Cristo

Porque si nos cambiamos a nosotros mismos, quizá podamos soñar con un mundo mejor.

Por Evangelina Daldi

Me ha pasado de mirar a mi alrededor y sentirme indignada. No hablo de nada en particular. Y tampoco, o no solamente, de cosas generales como la injusticia o la corrupción. Ver cómo una madre reta cruelmente a su hijo frente a varias personas que presencian ese incómodo momento. Caminar por la calle y ver cómo alguien tira una botella plástica en la calle, o ver cómo dejan que una mascota “haga sus necesidades” en mivereda. Presenciar quejas en la cola del supermercado. Ver cómo algunas personas tienen su casa patas para arriba. Todas situaciones que pueden hacernos pensar: “Qué mal que está la gente”.

En algún lugar en mi interior amago a sentirme superior, me creo juez que habla consigo mismo y se sorprende frente a alguna situación. “¡Pero cómo puede ser posible que vivan así!”, “El cajero del almacén es tan maleducado”, “La vecina es una mal hablada” y algunas situaciones más. Me siento espantada, indignada y hasta un poco enojada. Y hasta paradójicamente puedo decir: “Cómo se nota que el Señor no está allí”.

Pero Él usó, como generalmente sucede conmigo, un texto para hablar en lo profundo de mi corazón. Eran las palabras que aparecen en la tumba de un obispo anglicano, en las criptas de la Abadía de Westminster, en Londres, Inglaterra.

“Cuando era joven y libre, y mi imaginación no tenía límites, soñaba con cambiar el mundo. Cuando me volví más viejo y más sabio descubrí que el mundo no cambiaría, así que acorté mis anhelos un poco y decidí cambiar solo mi país. Pero este también parecía inmutable.

Cuando entré en el ocaso de mi vida, en un último y desesperado intento decidí cambiar solo mi familia, a los que estaban más cerca de mí, pero igualmente ellos no cambiarían.

Y ahora mientras me encuentro en mi lecho de muerte, repentinamente me doy cuenta: si hubiera podido cambiarme primero a mí mismo, entonces por el ejemplo habría cambiado mi familia.

Por su inspiración y valor hubiera entonces podido cambiar a mi país, y a lo mejor hubiera podido cambiar al mundo”.

Y me sentí minúscula. Como que mi mente se abrió y tomé conciencia de que la gracia de Dios fue y es tan grande conmigo, y que a ella le debo todo. La gracia es lo que nos permitió ser libres. Nuestro encuentro con el Padre es lo que nos hace personas plenas y felices. Si fuera por nosotros y nuestra humanidad, ¡vaya uno a saber qué sería de nosotros! Y es por eso que no puedo ni atreverme a “indignarme” por la vida y el comportamiento de los otros. Porque he hecho cosas oscuras y a pesar de todo el Señor me extendió sus brazos y me recibió con amor. Porque no me condenó sino que tomó mi corazón y lo sanó, y lo abrazó y lo amó. Y con esta actitud, en esa cruz, me mostró el modo en el que debo cambiar y comportarme. Él marcó el camino que debemos seguir. Esa es la única forma que refleja al Maestro y le lleva la honra debida.

Ciertas veces parecemos bastante desocupados, con bastante tiempo de sobra, o preocupados por la vida de los otros (y preocupados no precisamente en el buen sentido). Y esto lleva a pararnos como jueces frente a otros. Nuestro dedo está listo para señalar. Nuestra lengua lista para ponerse en acción sin, lamentablemente muchas veces, darnos cuenta del daño o las consecuencias que podemos traer.

Entonces me percaté de que quizá, lo mejor sea trabajar en cambiarme a mí misma (labor bastante arduo y largo). Pero siempre con la certeza firma de que con la ayuda del Señor puedo hacer de mí una persona mejor, una amiga mejor, una hija mejor, un cónyuge mejor, una trabajadora mejor… Si nos ocupamos de nosotros mismos y dejamos que “el Señor se encargue del resto” (del resto de las cosas y del resto de las personas), entonces quizá lleguemos a marcar más vidas e influenciar para bien a muchos otros que están a nuestro alrededor.

Si frente a la palabra dura, hablamos el amor del Señor, podemos hallar milagros inesperados. Si frente a la maldición, redoblamos la bendición, cosas extraordinarias pueden suceder. Si frente al chusmerío, nuestros oídos se cierran, podemos cambiar patrones de comportamiento. Si frente a una botella plástica tirada, la levantamos y la ponemos en su lugar, podemos hacer de nuestra ciudad un lugar más lindo. En definitiva, si nuestra vida se empaña en reflejar el carácter y el amor del Señor cada día, podemos tocar la vida de alguien, y esta otra, la vida de otra, y así sucesivamente hasta que quizá un día nos demos cuenta de que hemos cambiado el mundo.

Por Evangelina Daldi
redacción@lacorriente.com

Se el primero en comentar

Deja Tu Comentario

Tu dirección de correo no será publicada.


*