El daño del resentimiento

Las peligrosas consecuencias de alojarlo en nuestro corazón

Muchos son los testimonios de liberación y sanidad, cuando el resentimiento abandona los corazones.

Por OrvilleSwindoll

En el año 1983 invitamos a la Argentina a Scott Ross, protagonista del programa Calles del mundo de la red televisiva cristiana CBN de los Estados Unidos. Durante su visita fuimos juntos en automóvil de Buenos Aires hasta la ciudad de Rosario para participar en dos noches de reuniones.

La primera noche, Ross ministró La Palabra de Dios en inglés y yo le traduje al español. Dio una hermosa enseñanza bíblica para los cristianos y, al final, dijo que quería orar por los enfermos. Preguntó si alguien tenía un problema en la espalda. Durante el día Scott había orado y ayunado y, según me contó después, entendió que Dios le dijo que alguien en la reunión de la noche tendría esa clase de problema.

Una dama con muletas

Inmediatamente, una dama de unos 40 años alzó la mano, así que él le pidió que pasara adelante. Justo en ese momento nos dimos cuenta que solo podía movilizarse con muletas. Cuando vimos que alcanzó con sus manos las muletas que estaban a su lado en el piso, Scott me dijo: “Esto será interesante”. Con mucha dificultad logró pasar hasta que estuvo parada frente a nosotros. Después de una breve espera, Scott le preguntó algo que me pareció extraño: “¿Usted tiene resentimiento contra alguien?”. Al instante ella comenzó a llorar, y respondió que sí. Admitió que estaba resentida con su padre.

No entró en detalles pero siguió sollozando. Scott le dijo: “Tienes que perdonar a tu padre”. Entre sollozos y lágrimas le contestó que sí, que lo perdonaba.

Entonces Scott extendió su mano, y cuando apenas le tocó la frente ¡ella se cayó al piso, con muletas y todo!

Naturalmente, todos los presentes quedaron maravillados, pero Scott le dijo a todos que se tranquilizaran. Por un rato no dijo una palabra más. Cuando alguien se acercó para ayudarla, Scott le dijo que no la tocara. Allí quedamos todos mirando con asombro el cuadro delante de nuestros ojos. Después de unos instantes, ella misma volvió en sí, se sentó y luego, con dificultad, comenzó a incorporarse. Las muletas quedaron en el piso, a su lado. Una vez que logró estar de pie, comenzó alevantar una pierna y luego la otra, cada vez con más decisión y rapidez, hasta que quedó danzando delante de nosotros. Como pueden imaginarse, todos nos quedamos admirados.

La maldición del resentimiento

Siempre es grato ver la maravillosa intervención del Señor en un cuadro de enfermedad o dolor, para aliviar el sufrimiento y devolver la salud a una persona. Pero para mí, la lección que se grabó en mi mente esa noche es el daño que puede producir el resentimiento en la vida de un ser humano.

El diccionario nos dice que el resentimiento es “el sentimiento de desagrado o de indignación ante algún acto, palabra o persona que se considera como causa de una herida u ofensa”. He conocido personas que llevaron por largos años el resentimiento en su corazón contra algún familiar o contra uno que había sido amigo íntimo.

Alguien me trata mal y, en consecuencia, guardo resentimiento en mi corazón, pensando de qué manera puedo hacerle sufrir por lo que me hizo. O considero que mis padres no me trataron bien, o no me dieron las oportunidades que pudieran haberme cambiado la suerte, y me quedo resentido por años, sin poder tratarlos con honor ni con amabilidad. Quizá mantengo la fachada, pero adentro estoy

enojado con ellos.

Lo que no logro darme cuenta es que ese resentimiento dentro de mi ser me está carcomiendo, me hace mal. La amargura y el resentimiento son capaces de producir enfermedades serias. Provocan, a veces, la mala digestión de alimentos, la imposibilidad de dormir bien y hasta pueden producir ataques de asma.

Afectan negativamente, también, las relaciones entre unos y otros. Definitivamente, hacen daño a la vida espiritual y a la relación con el Señor.

En la antigüedad, Dios advirtió a su pueblo en contra de una actitud de rencor o resentimiento:“No seas vengativo con tu prójimo, ni le guardes rencor. Ama a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el SEÑOR” (Levítico 19:18).

Cuando oren, perdonen

Jesús enseñó sobre esto en Marcos 11:25: “Cuando estén orando, si tienen algo contra alguien, perdónenlo, para que también su Padre que está en el cielo les perdone a ustedes sus pecados”.

Además, en la oración modelo, Jesús enseñó a sus discípulos a orar de la siguiente manera: “Perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todos los que nos ofenden” (Lucas 11:4).

Si tienes problemas con el resentimiento, toma ánimo de esta palabra del apóstol Juan para que quedes libre de todo rencor y amargura: “Si confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos limpiará de toda maldad” (1 Juan 1:9).

Aún es posible que quedes libre de esa aflicción o renguera de muchos años. Recuerda la dama de la ciudad de Rosario. Menos mal que Dios no guarda rencor contra nosotros por todas nuestras ofensas contra Él.Procuremos vivir libres de todo resentimiento, rencor y amargura, en el nombre de Cristo.

Te dejo unos interrogantes para que puedas reflexionar: ¿Guardas aún resentimiento en el corazón contra alguien?¿Has experimentado una liberación o alivio después de perdonar a alguien?¿Cómo reaccionó Jesús frente a las ofensas e insultos de otros?

Por OrvilleSwindoll

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