Basta de violencia

Sí podemos hacer algo por la paz

Es hora de terminar con la violencia, y nosotros podemos hacer algo desde nuestro lugar.

Por Gabriel y Eli Salcedo

Cuando me gradué de la secundaria mi profesora de literatura me regaló un libro que ella misma había escrito. Se llamaba El peregrino de la libertad. En su dedicatoria decía: “Este joven maravilloso fue un buscador de verdades”.

El libro cuenta de la historia de cómo Martin Luther King luchó por la paz entre los negros y los blancos de su país. Allí, el desprecio hacia los negros era moneda corriente. Ser negro significaba que se burlarían de ti constantemente, serías golpeado, presionado psicológicamente, amenazado sin sentido. Como si todo eso fuera poco, no podían sentarse en la parte delantera del autobús; solo podían hacerlo al fondo. Cuando se subían a los colectivos, los trabajadores y las empleadas domésticas se sentaban obedientemente en la parte trasera y, por ley, se les requería que cedieran sus asientos si pasajeros blancos se los pedían. En algunos lugares, los negros tenían que subir por la puerta delantera para pagarle al conductor y, luego, bajarse y caminar por fuera para subir por la puerta trasera. A veces, algunos conductores malvados cerraban las puertas y partían.

Los negros eran tratados como “semipersonas” o animales. Existían carteles en parques, iglesias y escuelas que decían: “No se permiten perros ni negros”.

Frente a esta situación Martin decidió ser un agente de paz y comenzó a trabajar por una resistencia “no violenta”; un movimiento que transformó su entorno y le permitió a su país comenzar a transitar un camino de paz entre negros y blancos. Su protesta se basada en las enseñanzas de Jesús y en la actitud de Gandhi. Como pastor, Martin Luther King decidió salir de su comodidad; no miró para otro lado, no fue cómplice del horror, sino que puso manos a la obra para parar la violencia.

No fue nada fácil comenzar a transitar este camino. La gente de las iglesias de blancos comenzaron a llamarlo “Martin Lucifer”. No solo se lo acusaba de pecador sino que se lo asociaba con el mismísimo Satanás. Se lo acusó de comunista, marxista y de falso discípulo de Jesús. Amenazas de muerte, bombas en su propia casa y la cárcel fueron algunas de las consecuencias que Martín soportó por comenzar a hacer justicia. Sin embargo, todo lo que había sucedido le había dado fuerzas para seguir adelante en la lucha pacífica.

La noche antes de ser asesinado, Martin dijo que no le temía a nada que pudiera hacerle, porque sabía que su lucha tendría frutos más allá de su propia vida. Gracias a la lucha de este hombre, hoy podemos reflexionar sobre la violencia y las formas en las que podemos hacerle frente desde el lugar donde estamos. Gracias a Martin, podemos ver la luz de la paz y generar, desde nuestros grupos de amigos, desde nuestra familia, desde nuestra comunidad de fe, desde nuestro vecindario, hasociales, económicas, raciales, etc. El cambio comienza por una semilla pequeña y quizá esa semilla seas tú.

La violencia o bullying

Quizá necesitemos luz sobre quiénes parecen los más débiles e inútiles de la sociedad, y la historia de Martin nos ha dado luz frente a un tema que no podemos dejar pasar: la violencia.

El bullyinges cuando una persona o grupo atacan permanentemente a otra que no tiene la posibilidad de defenderse. Esto puede ser porque la víctima está acostumbrada a ocupar un lugar de desventaja en su familia, con sus hermanos y aun con sus amigos o bien porque se siente incapaz de poder hacerle frente a quien lo ataca.

Las consecuencias, a mediano o largo plazo, pueden ser que la víctima sufra daños físicos o que, movilizado por sed de venganza, asesine al intimidador, o que se sienta tan solo y humillado que vea en el suicidio una posible salida a este sufrimiento.

En esta situación hay, al menos, tres actores:

El agresorque es la que utiliza estrategias negativas para mantener el poder y control sobre la víctima y, también, sobre el grupo. Ella busca que el grupo lo sigue y que el agredido no encuentre a nadie que lo apoye.

La víctima (o víctimas) que es quien sufre la violencia. Generalmente es alguien que anda solo, no tiene amigos, le cuesta ir al colegio, está como “ausente”, distraído en sus pensamientos y, muchas veces, parece que “vive en otro mundo”.

El espectador es quien contempla la escena de violencia, callan y disfrutan. Pueden utilizar las redes sociales para ampliar la humillación de la víctima. A veces estos permanecen como espectadores como forma de defensa porque tienen miedo de quedar ellos en la mira del agresor.

Lamentablemente la obra de violencia puede tener diferentes representaciones según los espacios en los que nos movemos. Desde nuestro hogar, hasta nuestra escuela, nuestro trabajos y, aun nuestra iglesia, pueden ser escenarios para toda clase de violencia.

¿Qué podemos hacer?

Si eres una víctima:

  • Ignora al agresor. Haz como si no lo oyeras, ni siquiera lo mires.
  • No llores, ni te enojes, ni muestres que te afecta. Eso es lo que el agresor pretende, así que no le des esa satisfacción. Más tarde podrás hablar o escribir sobre tus reacciones y lo que sentiste en ese momento.
  • Responde al agresor con tranquilidad y firmeza. Di por ejemplo: “No, eso es solo lo que tú piensas”.
  • Si puedes, intenta ironizar o tratar con humor lo que te diga. Por ejemplo, si te dice: “¡Qué camisa tan fea!”, puede responder: “Gracias, me alegro que te hayas dado cuenta”.
  • Aléjate y corre si es necesario. Si crees que puede haber peligro, vete a un lugar donde haya un adulto.
  • Habla con un adulto. Si eres una víctima constante, lo más importante que tienes que hacer es hablar. Comienza con tus padres. Eso no es acusar, es pedir ayuda. Busca alguien en quien confíes.
  • Deja en claro tus sentimientos. Exprésale al adulto que la situación te afecta profundamente, sobre todo si eres víctima de agresiones verbales, ya que a veces los adultos no las consideran importante y, sin embargo, son las que más daño pueden hacer.

Y recuerda:

No tienes la culpa de ser agredido; no tienes que hacerle frente tú solo; el agresor es quien tiene un problema, no tú; trata a los demás como quieres que te traten a ti.

Si eres espectador:

  • Vete del sitio y díselo al adulto más cercano. Haz que vaya a ayudar.
  • Intenta conseguir que la víctima se lo cuente a sus padres o profesores. Ofrécete a ir con él o con ella si crees que eso puede ayudarle.
  • Si el acosado no quiere hablar con nadie, ofrécete para hablar con alguien en su nombre.
  • Involucra a tanta gente como puedes, incluso a otros amigos y compañeros de clase.
  • No uses la violencia contra los agresores ni trates de vengarte por tu cuenta.

Por Gabriel y Eli Salcedo
Tomado del libro:Decisiones poderosas
GAD Ediciones

Decisiones Poderosas

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