Amor en acción

Tú puedes hacer algo por alguien

Si somos capaces de abrir nuestros ojos veremos que Dios quiere usarnos para bendecir a otras personas.

Por Kerry Clarensau

Su paso al andar era como si llevara sobre sus hombros el peso del mundo. ¡Al mirar a sus ojos, vi tanta tristeza y desesperanza! Conocí a Catalina en Zambia, el país africano donde yo hacía un trabajo misionero enfocado en el SIDA. Catalina era la directora de una pequeña organización indígena que recaudaba dinero para comprar cantidades limitadas de alimentos para personas que sufrían están enfermedad y derivadas que les impedían valerse por sí mismas. Los seis empleados de esta organización tenían HIV positivo, incluyendo a Catalina.

Acompañamos a Catalina y a su equipo a las visitas en los hogares de aquellos enfermos y les llevamos pequeños paquetes de comida. Preguntamos a las personas con quienes nos encontramos si podíamos orar por ellos, aunque algunos estaban tan enfermos que apenas podían responder. Noté que Catalina no se unía en la oración y se quedaba afuera.

Sentí la necesidad de pasar tiempo a solas con Catalina. Le dije: “Me parece que estás muy triste; siento que tu corazón está muy apesadumbrado. ¿Hay algo por lo que pueda orar?”. Aquellos ojos tristes se llenaron de lágrimas y ella comenzó a contarme su historia: su esposo, quien le había sido infiel, la contagió con el virus, y luego él mismo se enfermó de SIDA. En ese tiempo ella estaba encinta, pero en vez de abandonarlo lo atendió hasta que él murió. Poco después, las pruebas revelaron que ella y su pequeño estaban infectados con HVI.

Ella decidió regresar al pueblo de donde procedía para contar su historia al pastor y a su familia. El pastor le dijo que no podía entrar a la iglesia y que debía sentarse afuera. La familia no quiso saber nada de ella.

Rechazada, estigmatizada y sola regresó a la ciudad para ver cómo podía subsistir. Pero su corazón estaba lleno de amargura e ira con Dios y con la iglesia.

Le pregunté cómo era posible que sirviera a otros a pesar de su resentimiento. Ella me respondió que sabía que un día su condición se agravaría y esperaba que alguien la ayudara. Le pregunté cómo se sentía respecto a su relación con el Señor en esos momentos. Ella comenzó a llorar y dijo: “¡Lo extraño!”. En esos momentos oramos juntas, y repitiendo lo que yo decía, le pidió a Jesús que volviera a su corazón y la llenara con su amor y su paz.

Dispón tu vida

El mundo está lleno de personas heridas, a menudo atrapadas en circunstancias que no es posible manejar humanamente, pobreza, enfermedad, hambre, desamparo, abuso y relaciones quebrantadas, generalmente, resultado directo o indirecto del pecado y la maldad. Muchos, como yo misma, sufren en silencio por causa del pasado o por heridas interiores que nadie conoce. Me gusta mucho es pasaje de Romanos 5:20: “…Pero allí donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia”.

¿Cómo nosotras podemos involucrarnos en la adversidad y el sufrimiento que están presentes tanto cerca como lejos? ¿Podemos nosotros, de manera individual y colectiva, realmente influir de manera positiva en la vida de quienes están espiritualmente perdidos y en dolor? ¿Podemos nosotras, como dicen Las Escrituras, ser parte del instrumento de gracia y amar de manera extravagante, para que este amor alcance a otros?

Primero, yo conozco y entiendo el amor de Dios que me fue dado, un amor tan profundo que Él entregó a su Hijo a morir, un amor que causó que se derramara sangre por ´mi, entonces, ¿cómo, por medio de ese amor, no voy a extendérselo a otros? “Por tanto, imiten a Dios, como hijos muy amados, y lleven una vida de amor, así como Cristo nos amó y se entregó por nosotros como ofrenda y sacrificio fragante para Dios”(Efesios 5:1-2).

Segundo, yo diría que todos, de una manera u otra, hemos sufrido algún tipo de dolor. Me ha maravillado notar cómo romper finalmente el silencio y hablar de mi experiencia ante públicos selectos no ha sido motivo de rechazo, sino que ha ayudado a otros que han vivido situaciones similares a “extraerlas”. Solo el deseo de hablar y de superar la vergüenza de lo que sucedió, me ha abierto muchas puertas para ministrar. Reconozco que el Cuerpo de Cristo estaba allí ofreciendo amor y aceptación y no el rechazo que yo pensé que encontraría.

¿No es asombroso cómo Dios puede tomar tanto las experiencias buenas como las negativas y entretejerlas para hacer un tapiz, una frazada de protección y una cobertura de amor no solo para nosotros, sino para aquellos a quienes ministramos? Conforme el extravagante amor del Padre nos satura, nosotros podemos sacar el aceite de sanidad y bendición para atender a los heridos que nos rodean.

Tercero, se nos instruye a “ir”. Nada de lo que veo en La Biblia nos dice que nos sentemos detrás de las paredes de la iglesia yesperemos que los heridos vengan a nosotros, sino por el contrario, Las Escrituras nos llevan a los que nos rodean (nuestra Jerusalén) y aquellos en los confines de la tierra. Estoy segura de que Dios podía encontrar otra manera de hacerlo, pero es asombroso que Él nos haya escogidos a nosotros para ser canales.

Me gusta la historia del Buen Samaritano que se encuentra en Lucas 10, porque es una hermosa representación del amor extravagante. Presenta un compromiso que permite que se nos interrumpa, que se nos presente inconvenientes para que no solo ofrezcamos alivio inmediato, sino una atención continua para asegurar que todo esté bien. Este es un cuadro completo del ministerio a las personas y el servicio altruista. Y Él nos dice: “Haz tú lo mismo”.

Si usted y yo estamos dispuestas, el Señor puede usarnos para bendecir la vida de aquellos que están heridos y en necesidad, cerca o lejos de nosotras. Podemos proclamar las Buenas Nuevas y ver que si gracia salvadora transforma vidas y las llena hasta inundarlas con su amor, de manera que quieres reciben su amor puedan convertirse en un canal de bendición para otros.

Por Kerry Clarensau
Tomado del libro:El amor revelado
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