Parados mirando la cruz

Poder descubrir lo que realmente importa en la vida de un cristiano

Porque en realidad está allí todo lo que importa, todo lo valioso y todo lo que Jesús demanda de nosotros.

Por BrennanManning

Conozco a un hombre que durante veinticinco años se ha negado a permitirque en su casa haya una cruz o un crucifijo. Lejos de sersuperficial, es una persona íntegra. No grita con la multitud,ni tampoco desestima al cristianismo como una antigüedadmohosadel pasado medieval. ¿Por qué, entonces, esa negación? Ensus propias palabras: “No puedo soportar la cruz. Es una negaciónde todo lo que valoro en la vida. Soy un hombre orgulloso, sensualy busco el placer. La cruz me acusa. Dice: ‘Estás equivocado. Tuvida debe tomar esta forma. Esta es la única y verdadera interpretaciónde la vida, y la vida es verdadera solamente cuando tomaesta forma’”. Y así, no permite en su casa un símbolo del Cristocrucificado. En su honestidad, sabe que para hacerlo debe comprometersecon un estilo de vida que contradice la vida que vive.

Esta historia de un hombre que huye de Dios no es nada nuevo.Francis Thompson la contó hace más de cien años como unapoesía cuando escribió: “Le huía noche y día (…) y le huía a porfíapor entre los tortuosos aledaños de mi alma,y me cubría con la niebla del llantoo con la carcajada, como un manto”.

Y el Lebrel del Cielo responde:“Todo te huye, porque tú me huyes.¡Extraña, fútil cosa, miserable!”.

Para el apóstol Pablo, la hostilidad hacia la cruz es la principalcaracterística del mundo. A los gálatas, Pablo escribe que lo quesella a los cristianos con mayor profundidad es el hecho de que através de la Cruz de Jesús el mundo es crucificado con Él y Él conmundo. Para los corintios, Pablo dice que manifestamos la vida deJesús solo si llevamos con nosotros su muerte. Lo que declara seaplica a todos los cristianos. Somos discípulos solamente siemprey cuando estemos a la sombra de la Cruz.

El Maestro dijo que “… el que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí” (Mateo 10:38). DietrichBonhoeffer, el mártir alemán,comprendió el significado de esta frase cuando escribió:“Cuando Jesús llama a un hombre, lo invita a acercase y morir”.No tenemos ninguna razón ni ningún derecho de elegir otro caminoque el camino que Dios eligió en Jesucristo. La Cruz es tanto el símbolo de nuestra salvación como el patrón de nuestras vidas.

Cuando nuestras creencias dogmáticas y nuestros principiosmorales no se llevan a cabo en el discipulado, entonces, nuestrasantidad es una ilusión. Y el mundo no tiene tiempo para ilusiones.En la actualidad, la comunidad cristiana no es una molestiapara el mundo. ¿Por qué debería serlo? La cruz es un objeto comúntanto en un arete de la cantante de rock Madonna como en una lápida. La piedad cristiana ha trivializado al Dios apasionadodel Gólgota. El arte cristiano ha tornado la furia inexplicable del Calvario en una joya decorosa.

La alabanza cristiana ha tratadode un modo sentimental los monstruosos escándalos y losha convertido en procesiones sagradas. La religión organizada hadomesticado al Señor de gloria crucificado, y lo ha transformadoen un símbolo aburrido. Vista como una reliquia de la Iglesia,la cruz no molesta nuestra cómoda religiosidad. Pero cuando elCristo crucificado y resucitado, en lugar de permanecer como unsímbolo, toma vida y nos libera con el fuego que sale a la luz, creamás estragos que todos los heréticos, los humanistas seculares ylos predicadores ventajeros juntos.

Existe una preocupación aterradora por la banalidad en laIglesia de la actualidad. Con la solemnidad deun juez implacable, discutimos por pequeñeces por las cancionesque entonamos y por aquellas que nos negamos a cantar. WilliamPenn dijo: “Ser como Cristo es ser cristiano”. Y Jesús pide nadamenos que dejemos nuestro ego y nuestros deseos en la Cruz. Hoyen día muchas iglesias intentan eliminar el riesgo y el peligro deeste llamado. Amortiguamos el riesgo y quitamos el peligro deldiscipulado al crear una lista de reglas morales que nos otorganseguridad en lugar de una santa inseguridad. La Palabra de laCruz, el poder y la sabiduría de Jesucristo crucificado, es evidentea través de su ausencia.

Hace poco, un amigo me llamó de larga distancia para preguntarmesi estaba enojado por lo que cierto predicador evangelistatelevisivo dijo en su programa sobre los católicos romanos.Le contesté que nada de lo que dijera me molestaba; sino que memolestaba lo que no decía. El Dr. Martin Marty, exprofesor dehistoria de la Iglesia en la Universidad de Chicago, lo dijo de lasiguiente manera: “El problema es que el cristianismo y la fama no van de la mano. Una persona famosa tiene un ego grande y necesitaalimentarlo. Esto demuestra una representación equivocada delgobierno, el humanismo y las principales religiones. No convierten,confirman. No puedo imaginármelos cambiando personas”.

Pero el punto es cambiar personas: desengancharnos de losvalores mundanos. El apóstol Pablo estaba consciente de lamundanalidad que se había injertado y había ganado lugar en laIglesia. Dijo que había enemigos de la Cruz de Cristo en Galaciay Corinto, en Filipos y Roma, no tanto entre aquellas personasque dudaban como entre los miembros más devotos de la Iglesia.Jesús no murió en manos de ladrones, violadores o mafiosos.Cayó en las manos bien limpias de sacerdotes y abogados, personasde renombre y profesores: los miembros más respetadosde la sociedad.

En su libro, El costo del discipulado, Bonhoeffer define a la“gracia barata” como la gracia sin la Cruz. Cuando el Cristo crucificado no es proclamado ni vivido en amor, la Iglesia es aburrida y aburre a la sociedad. No hay poder, no hay desafíos, no hayfuego. No hay cambio. Hacemos monótono lo que debiera serespectacular. Un cristiano es un amante de Cristo y de su Cruz.

Ernst Kasemann dijo: “Un hombre se considera amante de la cruz solamente en lamedida en que esta le permite reconciliarse con sí mismo y conotras personas, y con los poderes y encantos del mundo. Bajola cruz, el hombre alcanza la madurez… no se participa en lagloria del Señor resucitado sin el discipulado de la cruz”.

En abril de 1944, un año antes de su muerte, mientras estabaprisionero en un campo de concentración en Flossenburg, Alemania,Bonhoeffer escribió: “Lo que me fastidia incesantemente es preguntarme qué es el cristianismo en realidad, o de hecho,qué es verdaderamente Cristo para nosotros hoy en día”. Esa esla pregunta que cada uno de nosotros debemos explicar. ¿Quiénes Jesús? ¿Qué implica el discipulado en la actualidad? Todo lodemás es una distracción.

El Jesús de mi viaje es aquel resucitado. La señal de su señoríoes la Cruz y solamente la Cruz. Es la firma del resucitado. El Cristoglorificado puede identificarse con el histórico Jesús de Nazaretsolamente como el Hombre de la Cruz.

Tan importante para la historia de la salvación es la firmade Jesús que Pablo no duda en decir: “Me propuse más bien (…) no saber de cosa alguna, excepto de Jesucristo, y de éste crucificado”(1 Corintios 2:2). Cuando Pablo llegó a Corinto, recién habíaregresado de Atenas, donde se había desalentado al no poderganar a la comunidad griega mediante el uso de la teología natural.Para las personas de esta promiscua ciudad portuaria deCorinto donde la inmoralidad sexual florecía, Pablo abandonóel enfoque en la sabiduría y, en cambio, predicó sobre la locurade la Cruz.

Con una sorprendente paradoja, les dice a los corintos:“El mensaje de la cruz es una locura para los que se pierden; en cambio, para los que se salvan, es decir, para nosotros, este mensaje es el poder de Dios. Los judíos piden señales milagrosas y los gentiles buscan sabiduría, mientras que nosotros predicamos a Cristo crucificado. Este mensaje es motivo de tropiezo para los judíos, y es locura para los gentiles, pero para los que Dios ha llamado, lo mismo judíos que gentiles, Cristo es el poder de Dios y la sabiduría de Dios. Pues la locura de Dios es más sabia que la sabiduría humana, y la debilidad de Dios es más fuerte que la fuerza humana” (1 Corintios 1:18,22-25).

La palabra griega para “locura” sugiere algo que es aburrido,insulso, estúpido, no en el sentido de ser públicamente peligroso,sino públicamente despreciado, ignorado por el hecho de serridículo. Y esto es precisamente lo que Pablo proclama. Su revelaciónes directamente contraria a las expectativas de los judíos ylos griegos. Los judíos esperaban a un Mesías, pero la vergonzosamuerte de Jesús en una cruz les demostró que no era el gloriosolibertador que esperaban. La Cruz creó un obstáculo para la fe.Los griegos estaban seguros de que el Mesías sería un filósofomayor que Platón, capaz de demostrar el orden y la armonía deluniverso. Un Mesías que desafiase a esta piedad culta e intelectualal revertir sus valores y morir en una cruz, víctima de lo irracionaly lo salvaje en la humanidad, sería de todas formas una estupidezpara los griegos.

Sin embargo, Pablo predicó La Palabra de la Cruz en el poderdel Espíritu, y experimentó un éxito asombroso. Tanto los judíoscomo los griegos dejaron de lado sus prejuicios para dejarse llevarpor el poder y la sabiduría de la Cruz. Porque la Cruz no es unmensaje de sufrimiento sino un mensaje de Cristo, “… quien meamó y dio su vida por mí” (Gálatas 2:20).

El Viernes Santo nos recuerda que no es el poder lo que nosva a ayudar, sino el hecho de que Dios deja de lado su poder poramor a nosotros. El poder nos fuerza a cambiar; solo el amorpuede hacernos cambiar. El poder afecta el comportamiento;el amor afecta el corazón. Y nada en la Tierra moviliza tanto elcorazón como el amor que sufre. Esa es la razón por la cual laexpresión perfecta del amor de Dios por nosotros es la figuraagonizante de Jesús pidiendo que alguien le humedeciera losardientes labios.

Durante el invierno de 1968, viví en una cueva en las montañasdel desierto de Zaragoza en España. Durante siete meses no vi a nadie, nunca escuché el sonido de una voz humana. Excavadaen una pared de la montaña, la cueva sobrepasaba los milochocientos metros por encima del nivel del mar. Cada domingoa la mañana un hermano de Farlete, un pueblo cercano, dejabacomida, agua y kerosene en un lugar estipulado. Dentro de lacueva, un muro de rocas dividía la capilla a la derecha de la casaa la izquierda. Un bloque de piedra cubierto con bolsas de papahacía las veces de cama. Los otros muebles eran un resistente escritoriode granito, una silla de madera, un calentador enlatadoy una lámpara a kerosene. En la pared de la capilla colgaba uncrucifijo de noventa centímetros. Me despertaba cada noche a lasdos de la mañana y me dirigía a la capilla para dedicar una horade adoración nocturna.

Durante la noche del 13 de diciembre, en lo que comenzabacomo una larga y solitaria hora de oración, escuché con fe decira Jesucristo: “Por amor a ti dejé mi lugar al lado del Padre. Vinehacia ti, y tú huiste de mí, te escapaste, no querías escuchar minombre. Por amor a ti, me escupieron, me dieron puñetazos, megolpearon, y me fijaron a la madera de la Cruz”.

Observé el crucifijo porun largo tiempo; veía en sentido imaginario la sangre derramadade su cuerpo, y escuchaba el llanto de sus heridas: “No es una broma.El hecho de que te haya amado no es algo para reírse”. Cuantomás observaba, más me daba cuenta de que ningún hombre me haamado ni podría amarme de la manera en que Él lo hizo. Salí dela cueva, me paré en el precipicio, y grité en la oscuridad: “Jesús,¿acaso estás loco? ¿Te has vuelto loco para amarme tanto?”.

Esa noche aprendí lo que un sabio hombre me había dichounos años atrás: “Solo aquella persona que lo ha experimentado puede saber lo que es el amor de Jesucristo. Una vez que lo hayasexperimentado, ninguna otra cosa en el mundo parecerá más bellao deseable”.

Cristo en la cruz no es una simple precondición teológica para lasalvación. Es La Palabra perdurable de Dios al mundo que dice:“Observa cuánto te amo. Observa cómo deben amarse los unosa los otros”.

El amor cristiano básicamente no es ni romántico ni heroico,escribió el teólogo John Shea, pero en un mundo que llama alos cristianos que intentan vivir el Sermón del Monte de maneraingenua, irrelevante, irrealista, simple y hasta loca, el discipuladode Jesús trata simplemente de “permanecer un poco firme”, vulnerablea las burlas y los dardos.

El Cristo del Nuevo Testamento no es el Dios de los filósofos,que hablan con indiferencia sobre el Ser Supremo. No esperamosencontrar al Ser Supremo con el rostro escupido. Nos sobresaltadescubrir que la invitación que Jesús hace es: “No lloren por mí;únanse a mí. La vida que planeé para ustedes es una vida cristiana,muy parecida a la mía”.

Como me dijo una vez Dominique Voillaume: “La vida es dura”. La vida es difícil.Es arduo ser cristiano, pero es demasiado aburrido ser cualquierotra cosa. Cuando Jesús llega a nuestras vidas con su escandalosaCruz en forma de angustia mental, sufrimiento físico y heridasdel espíritu que no cierran, oramos por valentía para “permanecerun poco firmes” frente al insidioso realismo del mundo, la carney el diablo.

La firma de Jesús: la Cruz. Para mí la dimensión más difícil ydemandante del discipulado diario es el compromiso a una vida de disponibilidad sin fin.

Serun siervo es algo tan realista como el deber, tan constantementedemandante como la necesidad. Las personas heridas siempreestán allí, y a veces el poder de su necesidad, como una succiónsobre mi espíritu, me vacía de todo. Uno de los problemas que yotengo con Jesús es que siempre parece que llegara en el momentoincorrecto. Una pequeña duda de la que se quejó Teresa de Ávila:“Señor, si esta es la manera en que tratas a tus amigos, no es desorprenderse que tengas tan pocos”.

Con respecto a esto, parafraseando la vida de Jesús, es comosi les dijera a sus oyentes: “De hecho tendrán una señal, pero noserá la señal de que los romanos serán echados al mar, o de queel sol se oscurezca; será la señal del Siervo de Jehová, que se vaa manifestar primero en mi vida y en mi muerte, y después enla vida de mis discípulos. Mi gozoso compromiso con las BuenasNuevas del Reino de mi Padre se transformará en vidas de servicio,que no dejarán ninguna duda acerca de la validez del mensaje.Las principales referencias que ofrezco como orador para mi Padre celestial serán la forma de vida que viviremos, yo y misseguidores después de mí”.

Si de hecho lleváramos una vidaque imite la de Él, nuestra presencia sería irresistible. Si nos atreviéramosa vivir más allá de nuestras propias preocupaciones; sino tuviésemos temor por ser vulnerables; si tomáramos una actitudde compasión con el mundo; si fuéramos una contraculturapara la codicia lunática de nuestra cultura por el orgullo de unlugar, poder y posesiones; si prefiriéramos ser fieles en lugar deexitosos, las paredes de la indiferencia hacia Jesucristo sucumbirían.Un puñado de nosotros podría ser ignorado por la sociedad;pero cientos, miles, millones de esos siervos abrumarían al mundo.Los cristianos llenos con la autenticidad, el compromiso y lagenerosidad de Jesús serán la señal más espectacular de la historiade la raza humana. El llamado de Jesús es revolucionario. Si loimplementamos, cambiaremos el mundo en unos pocos meses.

Ernst Kasemann dijo de un grupo de personas: “Se dicenamantes de la cruz, en la medida que les permita reconciliarse,no con Dios, sino con los poderes y la seducción del mundo”. Loextravagante acerca del discípulo de Jesús es que puede permitirseser indiferente. Muerto al mundo pero gloriosamente vivoen Cristo, puede decir junto con Pablo: “Sé lo que es estar satisfecho,y sé lo que es estar desamparado”. El mundo nos va a respetar si lo cortejamos,y nos va a respetar aun más si lo rechazamos con desprecioo enojo; pero nos va a odiar si simplemente ignoramos sus prioridadeso lo que piensa de nosotros. Hay una incompatibilidadradical entre el respeto humano y la fe en Jesucristo.

Es la 1:30 de la madrugada, voy a mi oscuro estudio, enciendola luz del techo que brilla sobre una cruz. Postrado sobre el piso,susurro: “Ven, Señor Jesús” una y otra vez. Oro con la impotenciay la pobreza de un niño, al saber que no puedo liberarme a mímismo; debo ser hecho libre. El simple hecho de presentarme a lahora acordada y permitiendo a Dios que haga los cambios en míque yo no puedo hacer.

Lo que puede suceder en la oración se describe en una escenaen El hombre de la Mancha.En la película hay un diálogo entre Alonso Chiana (tambiénconocido como Don Quijote) y Aldonza, una cantinera y prostituta.En su ilusión, Alonso ve a esta vagabunda como una aristócratay la trata en consecuencia. Llama a esta ordinaria y vulgar ramera “señora” y “Dulcinea, mi más dulce”. Al principio, ellaestá desconcertada y enojada. No puede entender a este loco.Pero hay una belleza inquietante en él. ¿Por qué se sienteatraída por este misterioso hombre? La razón es que de él provienela afirmación de que ella es un tesoro y va a ser valorada ytratada como tal. Él destroza su actitud defensiva y su temor.

—¡Dulcinea! —llama a Aldonza.

—Mi Dios, él conoce toda mi vida. Soy una zorra. ¡Y aun asíme llama Dulcinea!

Para esta mujer cubierta de vergüenza, es un mundo que surgecomo un faro desde las profundidades de un mar negro. Cegadapor su simpleza, transformada por su poder, asombrada por susabiduría, Dulcinea es la afirmación indecible desde las místicasprofundidades de Dios mismo. Dulcinea es la revelación asombrosade que Dios ve todo diferente a nosotros. No puedes echar demenos lo que es obvio hasta en su siervo Don Quijote: los perdedoresserán ganadores y lo ganadores serán perdedores. Jesúsles dijo a los sumos sacerdotes: “Les aseguro que los recaudadoresde impuestos y las prostitutas van delante de ustedes hacia el reino deDios” (Mateo 21:31). El cristianismo es más simple y más grandede lo que los comentaristas y los teólogos lo han hecho: “Trataa los demás de la manera en que te gustaría que te traten” es lasíntesis de toda la ley y los profetas.

Hacia el final de la historia, el mundo de ensueño de DonQuijote se hace añicos, y confundido Alonso Quijano muere enla casa de su familia. Aldonza entra a la habitación. Alonso no lareconoce. Está débil, enfermo y confundido.

—Es posible que alguna vez te haya conocido, pero no te reconozco—le dice.

Aldonza se arrodilla a su lado y le ruega:

—¡Por favor! ¡Intenta recordar!

—¿Es tan importante? —pregunta.

—¡Es todo! —le contesta ella. Toda mi vida. Tú me hablaste y todo fue… diferente.

—¿Te hablé? —susurra Alonso.

—Me diste otro nombre. Dulcinea… cuando dijiste el nombre,parecía que un ángel susurraba: “Dulcinea… Dulcinea…”.

Todo el anhelo reprimido en el corazón humano de Aldonzaexplotó cuando abrió su corazón a Alonso y le contaba lo quesucedía cuando él la llamaba con ese nombre, el terremoto ensu espíritu provocado por su amor y aceptación. El hecho de quela llamara “señora” despertó algo en ella que pensó que nuncapodría ser. Había estado muerta, helada, inmune a la emociónhumana. El único objetivo que tenía en su vida era no necesitar anadie, pero de pronto, él había irrumpido en la cámara sellada desu corazón, y ella comenzó a descongelarse. Comenzó a creer queera Dulcinea. Todo era diferente porque había sido tocada por elamor de un anciano hombre soñador que se llamaba a sí mismoDon Quijote.

Mientras yo, en mi cuarto, me arrodillo e imagino el rostrohumano de Dios en el madero, donde Jesús firmó, veo que a lolargo de su peregrinaje no condenó a nadie. Durante su vida, suspalabras no fueron ni de culpa o vergüenza, ni de acusación ocondenación, ni de amenaza, ni de soborno o descalificación.

Tampoco debieran ser mis palabras.Aquel Crucificado me mira directamente. Tiene los ojos tanllenos de lágrimas, dolor y sangre que apenas puede verme. Entoncesdesde su herido corazón, susurra mi nombre. No cualquiernombre. Es el nombre por el cual me conoce, el que está en lapiedrecita blanca. “Al que venciere, daré a comer del maná escondido,y le daré una piedrecita blanca, y en la piedrecita escrito unnombre nuevo, el cual ninguno conoce sino aquel que lo recibe” (Apocalipsis 2:17). En la brillante oscuridad de la fe, todo es diferente.
Siento una nueva vida que palpita dentro de mí. El nombreme sorprende. Expresa aceptación, afirmación, cariño, sanidad,y es lo que significa. Porque su Palabra ignora la evaluación demi ego. Dios ve todo de manera diferente. Hay paz, gozo, certeza,asombro y maravilla. Una sensación abrumadora de misterioinexpresable. Me levanto, y sé con las palabras de Pablo que soyuna carta de Cristo escrita no con tinta sino con el Espíritu delDios viviente, no en una tabla de piedra sino en la tabla de carne

de mi corazón (ver 2 Corintios 3:3).Y al menos por este día mi carta será sellada con la firma deJesús.

Por BrennanManning
Tomado del libro:La firma de Jesús
Peniel

La Firma De Jesus

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