La fatal doble vida

Cuando lo privado se convierte lo opuesto a lo que predicamos

Judas nos enseña que la falta de integridad puede ser fatal, o por lo menos, traer consecuencias que no deseamos.

Por Charles Swindoll

Los vecinos decían: “No pierdan de vista a esa persona. Será el hombre de Dios algún día”. La gente de Keriot, una ciudad en el sur de Judea, probablemente creía que Judas los representaría bien en su lucha por la independencia. Había venido al mundo y crecido en el agreste territorio donde el poderoso rey David aprendió a convertirse en el líder más grande de Israel.

El padre de Judas se había hecho famoso como revolucionario independista durante el gobernó anterior. Como hijo de la tribu de Judá, criado en el corazón de Judea, y teniendo el honroso nombre de Judas, ¿podía haber acaso un judío más fiel que él en todo Israel?

Judas recibió la misma preparación, el mismo privilegio de la asociación íntima con el Hijo de Dios e incluso el mismo poder para sanar a los enfermos y atar a los demonios. Al final, Judas inspiró la suficiente confianza como para que se le diera la responsabilidad del dinero del grupo. Pero algo es diferente en lo más profundo de su ser. Algo ocurrió en el interior el recto discípulo que lo llevó a tomar un camino diferente al de los demás.

Judas había cultivado una doble vida durante meses, o muy posiblemente años. Su fascinante fachada religiosa ocultaba un furioso resentimiento que escondía hábilmente de los demás discípulos. Nadie sospechaba de su pecado secreto, ni pensó hacer una auditoría de los fondos del ministerio. Hasta sus equivocados valores parecían piadosos a sus compañeros. Cuando atacó el “derroche” de María, se las arregló de alguna manera para que los otros discípulos se le unieran en la crítica. Pero, a pesar de que Jesús reprendió a los discípulos como grupo, Judas sintió el aguijón de las palabras de Jesús más agudamente, no solo porque él encabezó el coro de críticos, sino además por su orgullo. Cuando usted se encuentre con una persona orgullosa, tenga cuidado, porque enfrenta un grave peligro. El orgullo es una delgada lámina que disimula capas de vergüenza privada. La persona arrogante se siente obligada a destruir a cualquiera que conozca la vergonzosa verdad que tanto se había esforzado por ocultar e ignorar.

Muy pronto después del banquete, quizás antes de la medianoche, el resentimiento de Judas se había convertido en amargura y, al amanecer, en homicidio.

No pretendo saber el pleno significado de las palabras de Lucas: “Satanás entró en Judas”, pero varios hechos son claros. Esto involucraba más que la simple influencia satánica; era algo personal. De los doce discípulos, Satanás escogió al que había alimentado el pescado secreto y cultivado una doble vida. Sin dudas, cuando la grieta que hay entre nuestra imagen pública y nuestro yo privado se ensancha, Satanás tiene mayor libertad para actuar. Judas había creado una puerta, y Satanás se introdujo invisiblemente a través de ella. Y ocurrió lo trágicamente previsible.

Judas será recordado eternamente como el más infame traidor de todos los tiempos. Sin embargo, somos necios si pensamos que su historia no puede llegar a ser la nuestra. A pesar de todos los privilegios de que disfrutaba como un íntimo colaborador de Jesús, el joven y prometedor discípulo se convirtió en un monstruo poseído por Satanás. Si pensamos que nosotros nunca seríamos capaces de hacer algo tan despreciable, es porque no hemos dado atención a la advertencia que encontramos en La Biblia. El pecado secreto es un asesino que no discrimina, y quienes piensen que son inmunes a él son los más vulnerables de todos.

Del trágico ejemplo de Judas surgen cuatro principios eternos que merecen nuestra consideración:

Primero: la relación con “la santidad” no es ninguna garantía de que eso nos volverá santos. Unirse a una buena iglesia y cultivar relaciones con personas maduras espiritualmente debe ser una prioridad para nosotros. Necesitamos influencias positivas. Pero, asociarnos con creyentes maduros no alimentará nuestras almas, de la misma manera que la mesa de un restaurante no puede alimentar a un cuerpo. Para crecer en sabiduría y desarrollarnos espiritualmente debemos digerir personalmente lo que Jesús ha ofrecido. Pero, para que eso suceda, debemos ser obedientes a la verdad que recibimos a través de su Palabra. De lo contrario, nos engañamos a nosotros mismos y nos convertimos en nuestros peores enemigos. C.J. Wight lo expresa muy bien en unos versos: “Todavía hoy, como en la antigüedad, el hombre le pone precio a su lealtad; no por treinta piezas Judas lo entregó, sino que, por ellas, fue él quien se vendió”.

Segundo: la corrupción moral en secreto es más terrible que la corrupción moral visible. No hay cáncer más mortífero que el que no es detectado, y lo mismo sucede con el pecado. El mantener cuidadosamente oculta nuestra naturaleza pecaminosa nos impide aplicarle el remedio que Jesús proveyó por medio del regalo de la salvación. Uno de sus discípulos escribió después: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9) El no confesar el pecado para recibir el perdón nos obliga a enfrentarnos con sus fatales efectos de maneras que causarán sin dudas mas daño después. En el caso de Judas, eso acabó con él.

Tercero: Satanás y sus demonios buscan todas las oportunidades para actuar contra el Señor. Varios pasajes de La Biblia enseñan que la persona que vive con pecados no resueltos es un receptáculo ideal por medio del cual el diablo puede atacar a las personas y los planes de Dios. Al comienzo, la persona parece ser inmune, pero cuando Satanás ha hecho todo el daño posible, deja que ese receptáculo sea devorado por el pecado que contenía.

Cuarto: ningún pesar es comparable con el remordimiento del que descubre demasiado tarde que no comprendió a Jesús y que despreció su amor. La herramienta principal de Satanás es el engaño, el cual utiliza para falsear el pecado y la motivación no resuelta con el fin utilizarlos para sus propósitos. Una vez que ha terminado de usar a alguien, Satanás desenmascara cruelmente la verdad para revelarle las consecuencias de sus torpes decisiones. La avalancha de sentimientos de culpa, de humillación, de remordimiento, de auto condenación y de desesperación  puede ser abrumadora.

Jesús, por el contrario, dijo (y sigue diciendo): “Si permanecéis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:31,32).

¿Me permite que le haga una pregunta? ¿Dónde se encuentra usted en todo esto?

Por Charles Swindoll
Tomado del libro:La vida más grande de todas: Jesús
Mundo Hispano

Jesus, La Vida Mas Grande de Todas

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