Somos una expresión de su gloria

Vivamos un Evangelio de poder de Dios

Vivimos los días de la gloria postrera. Es el tiempo de manifestar al Cristo glorificado.Prediquemos un Evangelio de acuerdo a la revelación, a la luz, al poder y a la gloria establecida para estos días.

Por Roberto Vilaseca

Todos los filósofos y pensadores, a lo largo de la historia, han intentado conocer y explicar la razón de nuestra existencia, han buscado una lógica, un propósito que explique el sentido de todo lo que existe, sin que pudieran comprender que la verdadera respuesta no parte de una reflexión filosófica o antropológica sino espiritual: fuimos creados, somos y existimos para la gloria de Dios. Somos una expresión de la gloria de Dios.

Ella es la razón de todo lo que existe, es el principio y el fin. Es el propósito divino que llevó a Dios a hacer de la nada, todo lo que nos rodea, y a nosotros mismos, y será el destino final de todas las cosas.

Cuando hablamos de la gloria de Dios, hablamos de sus atributos personales y de sus hechos maravillosos. La Biblia da a entender que la gloria es la expresión de su persona. De Génesis a Apocalipsis, La Biblia habla de la gloria de Dios. Aunque Él es invisible, su gloria es visible, es decir, el Señor se expresa y se da a conocer a través de su gloria. Adán vio la gloria de Dios en Edén; Abraham, la vio en el fuego que consumió su sacrificio; Moisés, sobre el Tabernáculo de reunión; Aarón, sobre el arca de testimonio; David, sobre el tabernáculo de alabanzas que levantó; Salomón, sobre el templo; y Elías, sobre el monte Carmelo. Pero a medida de Israel comenzó a adorar a otros dioses, la gloria de Dios se apartó del pueblo.

Los profetas hablaron de días en que la gloria volvería a verse en su pueblo, y con el nacimiento del niño Jesús, esos días llegaron. La venida de Cristo fue con el fin de revelar la gloria de Dios. Años más tarde Juan diría: “Vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre”. Juan sabía lo que decía porque vio un atisbo del Cristo glorificado en el monte de la transfiguración.Su anuncio, su gestación, su nacimiento, su vida, sus poderosos milagros, su muerte y su resurrección encierran la expresión más cabal de la gloria de Dios en esta tierra.

Jesucristo es la revelación de la gloria encarnada en un hombre. Es el resplandor de su gloria y la imagen misma de su sustancia, dice el escritor a los Hebreos.

La Iglesia nació en Pentecostés también como una manifestación visible de la gloria divina. Pablo indicó que esta sería revelada “en la iglesia en Cristo Jesús por todas las edades”. Y la ciudad celestial no tiene necesidad de sol ni de luna “porque la gloria de Dios la ilumina”. Esa misma gloria se manifestó en la salvación y redención de todos los hombres a través de Cristo, como dijo Pablo a los corintios: “Pero Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo” (2 Corintios 4:6).Otra versión dice: para irradiar el conocimiento de la gloria de Dios que está en la faz de Cristo”.

Este pasaje nos revela un secreto poderoso: Dios nos iluminó para que pudiéramos conocer su gloria a través de Jesucristo. Es decir, cuando contemplamos el rostro de Cristo, se nos revela su gloria, y al mismo tiempo irradiamos esa misma gloria para que otros puedan conocerla.

¡El fin de ser iluminados con su gloria, es darla a conocer a través de nosotros, porque la Iglesia ha sido llamada a irradiar su gloria!

El Cristo que conoces

Por eso es fundamental conocer un Cristo de poder. Conforme al Cristo que conozcas, así será el Cristo que reveles a través de tu vida. La pregunta que debemos hacernos hoy es: ¿Qué Cristo conocemos y en cuál de ellos basamos nuestra fe? Porque debemos entender que hay un Cristo encarnado, el de la historia, el que caminó las polvorientas calles de Galilea. También hay un Cristo resucitado con cuerpo glorificado, que permaneció pocos días en esta tierra, al que vieron los discípulos. Pero hay otro Cristo, el que ascendió a los cielos, y el que fue coronado Rey, y hoy gobierna en gloria. Aquel que declaró: “Yo soy el Alfa y la Omega,principio y fin, el que es y que era y que ha de venir,el Todopoderoso”.

Hemos conocido un tipo de gloria a través del Verbo hecho carne, de Jesucristo hombre, pero la revelación de la gloria de Dios en toda su plenitud la conocemos cuando miramos al Cristo glorificado, sentado en el trono, a la diestra del Padre. A ese Cristo debe apuntar nuestra mirada.

Pablo nos enseña que “si a Cristo conocimos según la carne, ya no lo conocemos así”. Y nos hace una declaración del Cristo que cree diciendo: “Indiscutiblemente,grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne, Justificado en el Espíritu, Visto de los ángeles, Predicado a los gentiles, Creído en el mundo, Recibido arriba en gloria” (1 Timoteo 3:16).

El mismo Cristo rogó diciendo antes de morir: “Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese”. Dios escuchó su oración y lo sentó en los lugares celestiales para reinar con poder.

Si tu experiencia con Cristo se limita al histórico, tendrás una experiencia limitada, religiosa e impotente de tu fe. Algunos se han quedado con el Cristo que tenía sed, otros con el Cristo sufriente.El problema de muchos cristianos que no alcanzan la vida abundante que Jesús prometió es porque se les ha enseñado mal. Se les dio a conocer una persona con atributos divinos, pero limitado a un tiempo y a un espacio. Entonces encuadramos nuestra experiencia de fe en una historia pasada.

Algunos viven y predican un evangelio de impotencia y de resignación, un evangelio estéril. Otros viven y predican uno de tradicionalismo religioso lleno de legalismo. Otros, uno intelectual, puro conocimiento, pura dialéctica, pero nada de poder ni de santidad. Otros viven un evangelio relativista, donde se bastardea la gracia y hacen de la fe un fetichismo utilitarista. Todo depende del Cristo que han conocido.

Nuestra experiencia de fe tiene que ser con el Cristo que se le reveló a Juan en la isla de Patmos: “Y me volví y vi a uno semejante al Hijo del Hombre,vestido de una ropa que llegaba hasta los pies,y ceñido por el pecho con un cinto de oro.Su cabeza y sus cabellos eran blancos como blanca lana,como nieve;sus ojos como llama de fuego; y sus pies semejantes al bronce bruñido,refulgente como en un horno;y su voz como estruendo de muchas aguas. Tenía en su diestra siete estrellas;de su boca salía una espada aguda de dos filos;y su rostro era como el sol cuando resplandece en su fuerza. Cuando le vi, caí como muerto a sus pies” (Apocalipsis 1:12).

¡Este es el Cristo que Dios quiere que conozcamos. Sobre este Cristo debe estar basada nuestra fe y deÉl debemos predicar! Si podemos contemplarlo, si podemos conocer esta gloria, entonces nuestra vida y nuestra fe será completamente revolucionada. Y daremos a conocer un Evangelio de poder y de gloria.

¡Pablo y los apóstoles predicaban el Evangelio de la gloria de Cristo! Es decir, al Cristo muerto, pero también resucitado y glorificado. Por eso no dudaban del poder que los investía, por eso no tenían temor de enfrentarse a las autoridades, por eso no les importaba sufrir ni tenían miedo a la muerte. No había obstáculo, ni límite, ni amenaza, ni dolor que pudiera detenerlos.

Pablo reconoce que esta gloria está encerrada en vasos de barro para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros. Y aclara: “que estamos atribulados en todo,mas no angustiados;en apuros,mas no desesperados; perseguidos,mas no desamparados;derribados,pero no destruidos”, y que esta leve tribulación produce en él un cada vez más excelente y eterno peso de gloria.

¡El ministerio de Pablo se basaba en vivir un Evangelio de gloria, porque se le había revelado el Cristo de la gloria!

Vivamos un Evangelio de gloria

Vivimos en el tiempo del ministerio del Espíritu, en los días donde las figuras y sombras del Antiguo Testamento han quedado atrás. Y como dice La Biblia, si el ministerio de la muerte tuvo su gloria, tanto que los hijos de Israel no pudieron fijar la vista en el rostro de Moisés a causa de la gloria de su rostro, ¿cómo no será más bien con gloria el ministerio del espíritu? “Porque si lo que perece tuvo gloria,mucho más glorioso será lo que permanece”.

Si Dios ha corrido el velo, si podemos mirarle cara a cara como en un espejo, si vivimos los días de gloriaanunciados por los profetas, si el Espíritu está siendo derramado sobre toda carne, si la revelación profética ha llegado a dimensiones nunca antes conocidas, si el Reino de Dios se extiende con autoridad para bendición de todos los hombres por todo el mundo ¡vivamos un Evangelio de acuerdo a la revelación, a la luz, al poder y a la gloria establecida para estos días! ¡No aceptemos otra cosa!

En esta era del Espíritu y de la gracia, tenemos todo al alcance de nuestras manos para vivir una vida sobrenatural ¿Necesitas revelación? Pídela. ¿Necesitas dirección? Pídela. ¿Necesitas sabiduría? Pídela. ¿Necesitas unción? Pídela.

Solo tienes que saber que lo que le pidas tiene un precio: consagración completa y obediencia absoluta al Cristo que sirves.

Dios prometió que la gloria postrera sería mayor que la primera; que su gloria se manifestará y toda carne juntamente le verá. Dios prometió restaurar todas las cosas a su imagen original. Estos son días donde las promesas se hacen realidad y donde las profecías tienen cumplimiento.¡Hoy es el día para vivir un Evangelio de gloria!

Pongamos nuestra mirada en el Cristo que reina y gobierna sobre todas las cosas y dejemos que el Espíritu nos transforme a su misma imagen, sabiendo que si miramos “a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor”.

Una vez más Pablo nos afirma que, en la medida que miramos la gloria de Cristo, somos transformados a su misma imagen. ¿Para qué? Para que recuperemos la imagen de Cristo que perdimos por el pecado y, por el poder del Espíritu, demos a conocer la gloria de Dios por todo el mundo ¡hasta que toda la tierra sea llena de su gloria!

Vivamos una vida que exprese esa gloria. Enfrentemos la batalla de cada día con gloria, carguemos nuestra cruz con gloria, luchemos contra el pecado con gloria ¡Prediquemos La Palabra con un Evangelio de gloria!

Tienes que saber que hay una gloria especial cuando perdonas la ofensa de tu hermano. Hay gloria cuando logras vencer una tentación, cuando respondes bien por mal, cuando vuelves a creer a pesar de no ver la respuesta; en cada pequeña victoria de cada día y puedes darle la gloria a tu Dios.

Vivir un Evangelio de gloria es entender que hemos sido diseñados para expresarlo, para permanecer en la presencia de Cristo como el pámpano a la vid, para hacerlo Rey y Señor de toda nuestra vida. Debemos comprometernos para que su Iglesia sea más santa cada día,estar involucrado en establecer su Reino en toda la tierra, identificarnos con su pasión por los perdidos, ser la boca de Dios para hablar a toda una generación, ser sal y luz a las naciones, y sumarnos a la visión de levantar un pueblo de sacerdotes y ministros para el Padre.

Cuando la gloria de Dios se manifiesta sobre la tierra se desata un avivamiento que transforma personas: un avivamiento de santidad, de adoración, de gozo, de salvación, de sanidad, de poder. Es lo que necesitamos en estos días, y es una promesa de nuestro Dios. Vamos a buscarla con todas nuestras fuerzas, sabiendo lo que declaró el profeta Hageo: “De aquí a poco yo haré temblar a todas las naciones,y vendrá el Deseado de todas las naciones; y llenaré de gloria esta casa,ha dicho Jehová de los ejércitos… La gloria postrera de esta casa será mayor que la primera;y daré paz en este lugar”.

 Por Roberto Vilaseca

Se el primero en comentar

Deja Tu Comentario

Tu dirección de correo no será publicada.


*