Amigos de la disciplina

Cómo formar hijos seguros de sí mismos

Aunque la cultura moderna diga lo contrario, la disciplina en amor es de suma importancia en una familia saludable.

Por Gary Smalley y John Trent

Todos los días vemos padres que no fijan límites adecuados para sus hijos, y como resultado de eso, sus hijos e hijas se meten directamente en desiertos. Aun cuando no haya peligros extremos, esos muchachos y muchachas enfrentan problemas emocionales y espirituales que son igual de riesgosos; todo debido a que casi no tuvieron supervisión, o se les permitió que ignoraran las señales de peligro, o debido a que sus padres nunca hallaron el tiempo que es necesario para fijar los límites, en primer lugar.

¿Cómo puede fijarse límites saludables para sus hijos, límites que les protejan de las muchas experiencias peligrosas en su vida? ¿Por qué usted debe fijar límites para sus hijos? ¿Qué clase de límites son los de mayor importancia? Sin duda, los límites de amor inculcan en sus hijos un sentido de valía propia, y es por eso importante que usted fije las mejores cercas protectoras para ellos.

Cuando nos referimos a límites en la familia, hablamos de “cercas” protectoras que se ponen alrededor de un niño para su seguridad, respaldo, y para exigir responsabilidad. Estas cercan ayudan al niño a comprender estas tres cosas, al ver claramente límites de lo que es un comportamiento aceptable y de lo que no lo es. También le proveen de un muy necesario sentido de responsabilidad al abrir su vida a personas y experiencias positivas de cerrar su puerta a las personas y experiencias negativas.

La tolerancia en algunos hogares se ha convertido simplemente en sinónimo de licencia abierta. Desafortunadamente, los niños de aquellos hogares son los que más sufren.

Vital importancia

Una de las principales maneras en que Dios hace saber a sus hijos que los ama es al establecer un límite protector alrededor de ellos, y disciplinándolos si se salen de la cerca de su Palabra. Y ya han olvidado por completo las palabras de aliento que como a hijos se les dirige: ‘Hijo mío, no tomes a la ligera la disciplina del Señor ni te desanimes cuando te reprenda, porque el Señor disciplina a los que ama, y azota a todo el que recibe como hijo’. Lo que soportan es para su disciplina, pues Dios los está tratando como a hijos. ¿Qué hijo hay a quien el padre no disciplina? Si a ustedes se les deja sin la disciplina que todos reciben, entonces son bastardos y no hijos legítimos” (Hebreos 12: 5-8).

En nuestro estudio de Las Escrituras, no hemos podido encontrar ni un solo ejemplo de que Dios ama a alguien y no lo haya disciplinado cuando esa persona se ha salido del perímetro de su Palabra. Dios amaba a Adán y a Eva, y les proveyó de un ambiente perfecto para que vivieran. Sin embargo, cuando se salieron de los límites de Dios, allá en el Edén, Dios los disciplinó. Abraham mintió y fue disciplinado, Moisés pudo haberse enfrentando al más poderoso gobernante de su tiempo, y sacado al pueblo de Dios en las mismas narices de faraón, pero fue disciplinado cuando se salió de los límites fijados por Dios, y golpeó la roca dos veces.

Podríamos mencionar a muchos otros, gente que experimentó de primera mano el amor de Dios, y que, debido a que Dios los amaba, los disciplinó cuando erraron. Esto no quiere decir que ninguno de aquellos santos recibieron perdón. Lo que significa es que había límites fijados para sus acciones.

La palabra disciplina procede de una raíz aramea que quiere decir “sujetar”. Cuando disciplinamos a alguien, lo sujetamos. La palabra en el Nuevo Testamento llega un significado gráfico igualmente. Se empleaba para referirse a los jóvenes atletas a quienes se enseñaba a competir en un juego “manteniéndose dentro de las líneas”.

¿Quiere decir esto que la gente a quien se “sujeta” y a quienes se obliga a “quedarse dentro de los límites”, siente que se le quiere? Límites y fronteras en verdad dan a la persona un sentido de seguridad.

Por un largo período se hicieron estudios con dos grupos de niños en los primeros grados. Eran dos escuelas diferentes, y ambas tenían el mismos equipo en el patio, el mismo tiempo para que los niños jugaran, y la misma proporción de profesores por alumnos. ¿Cuál era la diferencia entre los dos grupos? Un grupo jugaba en un patio cercado, en tanto que el patio de la otra escuela no tenía ninguna cerca, sino que era un potrero abierto y grande.

Cuando el estudio concluyó, ¿cuál grupo mostró que jugaba con mayor cooperación, tenía menos pleitos, y demostraba niveles más bajos de ansiedad? ¿Cuál grupo usaba más espacio en el patio y tenía mejor actitud dada al trabajo escolar después del recreo? ¿Acaso los niños que jugaban en el espacio abierto? Falso.

Los niños que jugaban en el patio cercado estaban mucho más contentos, eran mucho más felices y se ajustaban mucho mejor. ¿Por qué? Los niños que tenían límites claros sentían una seguridad que los otros niños no podían sentir. Muchos de los muchachos que jugaban en el patio cercado corrían hasta llegar a la cerca, e incluso en el perímetro interior de ella, sintiéndose libres  de poner a prueba los límites, pero a la vez sintiéndose seguros dentro de ellos. Los niños del grupo donde no había sino espacio abierto permanecían en un área mucho más reducida que los niños en el patio cercado.

Vivir sin límites claros y protectores puede producir verdaderos problemas. Esa es parte de la razón por la que Dios nos ha fijado límites tan claros en su Palabra.

El genuino amor (elagape), quiere decir comprometernos completa y sacrificadamente a los mejores intereses de la persona a quien se ama. Cristo demostró esto cuando murió por nosotros en la cruz. Si el amor y la disciplina son inseparables, dos cosas se deducen. Primero: el amor genuino involucra disciplina propia. Si no fijamos límites para nuestras acciones y actitudes (tales como preocupación, cólera, el tono de la voz, cumplir lo que se promete, etc.) ni direcciones que seguir, ni cuerdas que nos sujeten a los que es correcto, no tendremos tampoco un amor saludable, equilibrado, que dar a nuestros hijos.

Segundo: si amamos genuinamente a nuestros hijos y queremos lo mejor para ellos, los disciplinaremos. La mayoría de los niños parecen comprender desde muy temprana edad que el cariño y la disciplina pueden marchar juntos, y de hecho marchan juntos.

Por Gary Smalley y John Trent
Tomado del libro:El don de la honra
Vida

El Don de la Honra

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